(Rom. 9:20)
Ya se ha enfatizado la verdad de la declaración «todo
el que quiera, puede venir», y repetidamente se ha subrayado
que nunca ha habido, ni habrá, un pecador que quiera ir
a Cristo y encuentre el camino cerrado; o que se sienta frenado
de acercarse y apropiarse de Cristo y todos sus beneficios de
salvación. Por otra parte, también se ha dado el
énfasis necesario a la verdad de que nadie tiene de sí
mismo el querer para ir a Cristo y que ninguna persona humana
puede producir ese querer en el alma. Muchos himnos de
invitación
dejan la impresión de que cada cual tiene el poder de aceptar
a Cristo, lo que, ya hemos señalado, es falso; estos himnos
están calculados para introducir en el corazón y
la mente de los hombres el veneno del pelagianismo. La salvación
no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que
tiene misericordia (Ro. 9:16). La voluntad para ir es el fruto
de la obra de llevar que el Padre realiza. Y el número
de este «todo el que quiera» está limitado a
los que el Padre ha querido dar a Cristo, concederles un nuevo
corazón, y llamarlos de las tinieblas a su luz admirable.
No hay ninguna actividad por parte del pecador que preceda a este
llevar que ejecuta el Padre, que le valga en algún sentido
para su salvación.
Lo cual, como se puede comprender, coloca la salvación
por entero fuera de las manos del pecador y la deja solamente
en las de Dios. La salvación es una obra divina desde el
principio al fin. Es tan propia de Dios como lo fue la de la
creación;
el hombre no coopera en manera alguna. Sólo Dios determina
quién será salvo, y solamente él lleva a
cabo la obra de la salvación; la salvación es del
Señor. En el sentido fundamental de la palabra, pues, la
voluntad para ir a Cristo tiene su raíz y es el resultado
de la elección incondicional, libre y soberana de Dios,
que ha escogido a los suyos para vida eterna.
Que Dios determina soberanamente quién será salvo
y quién no; la doctrina de que Dios es DIOS; que es el
Soberano Señor también en la cuestión de
la salvación y condenación del hombre, es una verdad
que de ninguna manera se amolda a la carne, y no recibe precisamente
una aprobación general. ¿Cómo podría
ser bien recibida ante los ojos del hombre pecador, si humilla
todo su orgullo? Esta verdad arroja al hombre al polvo y, en
relación
a Dios, lo hace menos que la vanidad. Lo presenta como es realmente:
menos que una gota en el cubo, o el polvo de la balanza. No le
deja ningún poder, bondad, sabiduría o gloria. Y
Dios es exaltado como el único Soberano Señor, que
está en los cielos y hace todo lo que quiere: que forma
la luz y crea las tinieblas, que hace la paz y crea el mal (Is.
45:7). Él, que es el Alfarero, mientras nosotros sólo
barro; y que forma según su buena voluntad vasos para honra
y vasos para deshonra (Ro. 9:21), y puede decirle a Faraón:
«Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder,
y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra» (Ro.
9:17). ¿Quién puede esperar que esta doctrina, que
exalta a Dios y derriba al orgullo humano, encuentre favor ante
los pecadores que siempre se ensalzan frente al Dios vivo?
No vamos a discutir las muchas objeciones que siempre se han
presentado
contra esta verdad. Sin embargo, existe una que es tan antigua
como esta verdad misma, y que pretende presentar la doctrina de
que la salvación es del Señor como algo horrible
y absurdo. A ésta sí le dedicaremos atención.
Se trata del bien conocido argumento que dice que la doctrina
de la infalible soberanía de Dios en la materia de la
salvación
supone una negación de la responsabilidad humana. Si la
salvación es la obra de Dios de manera tan absoluta que
sólo él determina y puede decidir, y el hombre no
puede hacer nada de sí mismo para redimirse y liberarse
del pecado, entonces, dice la objeción, el hombre no es
un agente moral, y Dios no puede en justicia considerarle responsable
en el día del juicio. La doctrina de la soberanía
de Dios y la responsabilidad humana están en oposición;
envuelven una contradicción y, por eso, no pueden ser verdad.
¿Qué responderemos a tal objeción?
En primer lugar, quiero insistir en que esta objeción es
muy antigua, siempre levantada contra el proceder soberano de
Dios en el asunto de la salvación. Si estudias la historia
de la Iglesia y su doctrina, verás que la principal
objeción
de los oponentes a la doctrina de la gracia infalible y soberana
ha sido siempre la misma. Siempre han acusado a los que proclaman
fielmente esta verdad fundamental de hacer con ella a Dios el
autor del pecado y destruir la responsabilidad humana. Podemos
sentirnos confortados si recibimos los mismos ataques, pues eso
demuestra que estamos predicando la verdad. Y esto es especialmente
importante si tenemos en cuenta que las mismas acusaciones le
fueron hechas al apóstol Pablo y, por lo tanto, se trata
de una objeción puesta directamente contra la verdad revelada
en la Escritura. En el capítulo noveno de Romanos, el
apóstol
Pablo establece esta misma verdad de la soberanía de Dios
en la salvación y condenación de los pecadores;
y anticipa dos objeciones que sabe le harán, y se han hecho,
contra tal doctrina. La primera se expresa por la pregunta:
«¿Hay
injusticia en Dios?»; y la segunda, negando la responsabilidad
humana, con las palabras: «¿Por qué, pues, condena?
porque ¿quién ha resistido a su voluntad?» Por
lo cual, si uno predica un evangelio contra el que no se susciten
esas objeciones, puede con acierto pensarse que existe algo falso
en tal predicación; mientras que, por otro lado, esos cuya
predicación provoque tales objeciones, pueden consolarse
sabiendo que están en el lado bueno.
Segundo, quiero llamar la atención al hecho de que el
apóstol
Pablo no se disculpa ante esas objeciones, ni se retracta de una
sola palabra de lo que ha escrito con relación a la
soberanía
de Dios en la salvación. No responde diciendo que el oponente
no había interpretado su verdadero significado, y que su
objeción era debida a un error de comprensión de
su enseñanza. No; en el plantemiento del apóstol
está claro que el objetante entiende perfectamente que
se ha enseñado la predestinación incondicional de
Dios. Sólo así tendrían sentido las objeciones
citadas. Un predicador arminiano, uno que presente la salvación
dependiente del libre albedrío de los pecadores, nunca
se encontrará con esas objeciones. Pero el apóstol
ha estado enseñando que la salvación no es del que
quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia;
y que Dios, según su buena voluntad, muestra misericordia
a quien él quiere, y al que quiere endurecer, endurece.
Es a esta doctrina a la que se le presenta la doble objeción:
entonces Dios es injusto; y el hombre no es responsable, porque
nadie puede resistir la voluntad de Dios. Es evidente que si la
objeción se hubiera debido a una mala interpretación,
el apóstol habría solucionado el problema con sólo
modificar y explicar sus declaraciones. En tal caso ahora
tendríamos
en el capítulo noveno de Romanos algo así como:
«Bien, señores, ustedes no me han comprendido, no
han interpretado bien mis palabras. Ciertamente no era mi
intención
dejar la idea de que Dios sea soberano hasta el extremo de estar
por encima de la voluntad humana; al contrario, su soberanía
está limitada por esa voluntad. Él endurece sólo
a los que resisten sus sinceros esfuerzos para salvarles; y salva
a todos los que lo desean». Con toda seguridad tales
explicaciones
del apóstol hubieran quitado toda base a la objeción
de los oponentes. Pero dado que él no dice nada de eso,
es evidente que admite que los objetantes han entendido correctamente
sus palabras. En Romanos 9 se enseña la predestinación
incondicional, y no hay lugar para la posición arminiana.
La salvación es toda del Señor; y a esto nos aferramos
y mantenemos sobre la base de la Escritura, a pesar de cualquier
posible objeción que presenten los que se oponen.
Tercero, quisiera indicar que el apóstol ni por un momento
modifica su enseñanza apelando a la «otra cara»
de la doctrina. Él no se apunta a la «otra
vía».
Eso queda para muchos que proclaman creer en la infalible gracia
soberana de Dios, exactamente esa que recibe las objeciones de
Romanos 9, pero que luego intentan mantener una teología
de dos caras. Profesan creer en la predestinación infalible
y la soberanía de Dios en la salvación; pero si
les argumentan que con ello están violando la libertad
del hombre y destruyendo su responsabilidad, entonces se ponen
en otra vía de razonamiento. Dicen que aunque Dios elige
a los que serán salvos antes de la fundación del
mundo, y que ciertamente los salvará, no obstante,
también
es verdad que quiere sinceramente la salvación de todos
y cada uno de los hombres. Profesan creer que la expiación
es limitada, y que Cristo murió sólo por los elegidos,
mas, por otro lado, también insisten en que Dios ofrece
con sincera y buena intención la salvación a todos
los hombres. Admiten que el pecador está muerto en el pecado
y que de sí mismo no puede ir a Cristo, sin embargo, predican
que Dios sinceramente, es decir, con el propósito de salvarlos,
invita a los pecadores a que vayan a él, aunque no les
da el don indispensable de la gracia que debe capacitarlos para
acudir. Y si alguien les dice que esto es una contradicción
clarísima, y que es imposible para un creyente admitir
ambos elementos de la contradicción, responden que eso
es un misterio profundo, y que nadie debe inquirir curiosamente
más allá de esta profunda verdad.
Ahora bien, me gustaría enfatizar que para el creyente
cristiano no sería dificultad alguna el aceptar misterios.
Dios es grande, y nunca lo comprenderemos aunque podamos conocerle
por su propia revelación. Él es el Eterno y nosotros
somos hijos del tiempo. Él es infinito y nosotros no. Él
es el creador del cielo y de la tierra y nosotros simples criaturas
sacadas del polvo. Él es el Incomparable que mora en luz
inaccesible. Cuanto más lo contemplamos, más profundo
es el misterio. No admitir esto sería negar a Dios. Por
lo tanto, el creyente no pretende que pueda resolver todos los
problemas, y menos aún los que se refieren a la relación
de Dios con sus criaturas. El creyente no niega los misterios;
al contrario, su contemplación hace que caiga al suelo
y adore. Sin embargo, insistimos con igual énfasis en que
los misterios no son lo mismo que contradicciones evidentes;
éstas
no son misterios, sino muy claras insensateces. Una de dos: o
Dios quiere que todos y cada uno de los hombres sean salvos, o
no lo quiere. Ambas cosas no pueden ser verdad. O Dios ofrece
sinceramente a Cristo que murió por todos los hombres a
cada pecador, o no lo hace. Mantener ambas cosas es sencillamente
imposible. O el hombre tiene una voluntad que está libre
para aceptar o rechazar a Cristo, o depende absolutamente de la
gracia soberana. Decir que ambas cosas son verdad es un necio
despropósito. Por otra parte, si esto pudiera ser así,
si esta teología de la doble vía fuese la respuesta
adecuada a los objetantes de la soberanía de Dios en la
salvación, seguramente la encontraríamos en el
capítulo
noveno de Romanos, ese sería el lugar más idóneo,
pues es el lugar donde el apóstol enseña en los
términos más fuertes la verdad de la infalible
predestinación
y soberanía de Dios para salvar a quien él quiere.
Y es contra esa doctrina que se levanta la objeción de
que entonces Dios tiene que ser culpable de injusticia y el hombre
carente de responsabilidad. Sin embargo, el apóstol no
saca «otra cara» de esta verdad. No pide disculpas;
ni se cambia a otra vía de razonamiento. Deja la verdad
tal como la ha declarado, con todas sus implicaciones.
En cuarto lugar, se debe señalar que la objeción
de que la doctrina de la soberanía infalible de Dios destruye
la responsabilidad humana es algo que sólo puede sostenerse
de manera artificial. Esas dos realidades no se contradicen. La
objeción no se basa en una dificultad lógica, sino
que procede de una actitud pecaminosa y radicalmente mala contra
Dios. El objetante no conoce el lugar en que se encuentra. Está
motivado por el deseo de destronar a Dios y ocupar su puesto.
La mentira del diablo: «Seréis como Dios», ciega
sus ojos, distorsiona su juicio y pervierte su voluntad. Es el
pecado, la enemistad contra quien es DIOS, lo que le hace argumentar
que no se puede ser responsable ante un Dios que sea soberano.
Que esto es así lo demuestra la respuesta de la Palabra
de Dios al oponente: «¿Quién eres tú,
oh hombre, para que alterques con Dios?». Cuando la Escritura
dice que Dios es soberano incluso en el destino eterno del hombre,
que tendrá misericordia con el que quiera tenerla, es Dios
mismo el que está hablando. Y cuando tú o yo objetamos
que si eso es así entonces no puede condenar, que no puede
juzgarnos, y que no somos responsables delante de él, estamos
altercando y replicándole. Pero si el hombre alterca contra
Dios se debe a que es rebelde. Al hombre hay que recordarle cuál
es su lugar. Es una mera criatura y ¡Dios es DIOS! El hombre
es como una mota de polvo en la balanza, una simple gota de agua
que cae del cubo. Bueno, realmente es menos que eso. Y si comprendiera
su verdadera posición y la asumiera, entonces no
altercaría
contra Dios, ni argumentaría insensatamente diciendo que
la soberanía de Dios elimina su responsabilidad. Antes
bien, comprendería que cuanto mayor sea Dios, más
responsable será el hombre ante el soberano Señor
del cielo y de la tierra. La responsabilidad humana en relación
al proceder infalible soberano de Dios es un misterio; eso es
cierto. Yo no puedo penetrar en él; es demasiado profundo.
Pero no es una contradicción; y la objeción es una
insensatez, no tiene sentido.
Hemos hablado de responsabilidad, ¿qué es eso?: es ese estado en el cual yo estoy bajo obligación respecto a Dios. Y el hombre está por siempre bajo la obligación de amar al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas. Es ese estado en el cual el hombre permanece en juicio delante de Dios y es responsable de sus obras delante de él. Dios nunca destruye esa responsabilidad. Tanto si endurece a un hombre, como si lo atrae irresistiblemente por su gracia y lo salva, Dios siempre lo trata como un ser racional y moral. Cuando el hombre está en juicio delante de Dios y es llamado a cuentas por su pecado, aún el más endurecido pecador tendrá que admitir que él pecó porque amó la iniquidad y aborreció a Dios y su justicia, y que, por tanto, es digno de condenación. Cuando, a través del evangelio, fue llamado al arrepentimiento, rehusó. Al ser, por el mismo evangelio, puesto en contacto con Cristo, no quiso nada con él y le volvió a crucificar. Y aun así, con todo su pecado y rebelión contra Dios, no tiene otra alternativa que la de estar subordinado al soberano consejo de Dios. El Señor es Dios, no el hombre. Tampoco es el caso de que el pecador no sea consciente de este señorío absoluto de Dios. Tanto su propia responsabilidad, como la infalible soberanía de Dios están inscritas indelebles en su conciencia. En el mismo infierno todos los diablos y los impíos tendrán que admitir siempre que jamás prevalecieron contra la voluntad de Dios, que él es el Señor absoluto que hace todo lo que quiere, y que es justo cuando juzga. La voz rebelde será entonces silenciada para siempre.
Por otra parte, tampoco destruye Dios el sentido moral del hombre cuando por su gracia irresistible lo lleva a Cristo y le hace heredero de la salvación eterna. Pregunta a un creyente por qué fue a Cristo, y te responderá: «Porque estoy perdido en el pecado, y lo sé; porque estoy arrepentido y anhelo el perdón; porque tengo hambre y sed de justicia, y veo y conozco a Cristo como mi única justicia delante de Dios; porque deseo vivir en comunión con Dios según sus mandamientos, y sé que eso es posible sólo por la gracia de Cristo. ¡Sí, por todo eso quiero ir a él!». Preguntadle a este mismo creyente cómo llegó a saber y reconocer todo esto, y responderá sin dudarlo: «Sólo a través de la soberana e irresistible gracia de Dios en Cristo; eso me guió, me dio ojos para ver y oídos para oír, y un corazón para suspirar por él. ¡Sí, mi salvación es del Señor!». Y en el cielo los hijos de Dios redimidos caminarán por siempre en la suprema y más perfecta libertad reconociendo, sin embargo, que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. ¡Ninguna carne se gloriará en su presencia!