ESCOGIDOS POR DIOS
Por
R. C. Sproul
1
El
Conflicto
Las
reglas se hacen para quebrantarlas. Quizá no haya regla que con
más frecuencia
se quebrante que la que tiene que ver con no discutir de
religión o política.
Repetidamente nos embarcamos en tales discusiones. Y cuando el asunto
tiene que
ver con la religión, éste gira con frecuencia en torno al
tema de la
predestinación. Tristemente, eso significa a menudo el fin de la
discusión y el
comienzo de la disputa, produciendo más calor que luz.
Argüir
acerca de la predestinación es virtualmente irresistible.
(Perdón por el juego
de palabras) ¡El tema es tan jugoso! Provee una oportunidad para
estimular
todos los asuntos filosóficos. Cuando se aviva el tema, nos
volvemos
súbitamente súper patrióticos, guardando el
árbol de la libertad humana con
gran celo y tenacidad. El espectro de un Dios todopoderoso eligiendo
por
nosotros, y quizá aun contra nosotros, nos hace chillar:
"¡Dame libre
albedrío o me muero!"
La
palabra misma predestinación conlleva un tono siniestro.
Está vinculada a la
desesperante noción del fatalismo y, de alguna manera, da a
entender que dentro
de su esfera nos vemos reducidos a necias marionetas. La palabra
conjura
visiones de una deidad diabólica que juega caprichosamente con
nuestras vidas.
Parecemos estar sujetos a los antojos de horribles decretos que fueron
determinados mucho antes de que naciésemos. Mejor sería
que nuestras vidas
estuvieran determinadas por las estrellas, pues entonces al menos
podríamos
encontrar pistas con respecto a nuestro destino en los
horóscopos diarios.
Si
añadimos al horror de la palabra predestinación la imagen
pública de su más
famoso maestro,
Con
un tema que la gente encuentra tan desagradable, es de maravillarse que
lo
discutamos en absoluto ¿Por qué hablamos del mismo?
¿Porque disfrutamos de lo
desagradable? No en absoluto. Lo discutimos porque no podemos evitarlo.
Es una
doctrina claramente expresada en la Biblia. Hablamos acerca de la
predestinación porque la Biblia habla acerca de la
predestinación. Si deseamos
construir nuestra teología sobre la Biblia, nos tropezamos con
este concepto.
Pronto descubrimos que no lo inventó
Virtualmente
todas las iglesias cristianas tienen alguna forma doctrinal sobre la
predestinación. Sin duda, la doctrina de la
predestinación en la Iglesia
Católica Romana es diferente de la que sostiene la Iglesia
Presbiteriana. Los luteranos
tienen un punto de vista sobre el asunto diferente al de los
episcopales. El
hecho de que abunden tantas opiniones distintas de la
predestinación sólo sirve
para subrayar el hecho de que, si somos bíblicos en nuestro
pensamiento,
debemos tener alguna doctrina de la predestinación. No podemos
ignorar pasajes
tan bien conocidos como:
Según
nos escogió en él antes de la fundación del mundo,
para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en
amor
habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por
medio de
Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad... (Ef. 1:4,5).
En
él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados
conforme al propósito del que hace todas las cosas según
el designio de su
voluntad... (Ef. 1:11).
Porque
a los que antes conoció, también los predestinó
para que
fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que
él sea el
primogénito entre muchos hermanos (Ro. 8:29).
Si
hemos de ser bíblicos, pues, la cuestión no es si debemos
tener una doctrina de
la predestinación o no, sino qué clase debemos abrazar.
Si la Biblia es la
Palabra de Dios y no mera especulación humana, y si Dios mismo
declara que
existe tal cosa como la predestinación, entonces se sigue
irresistiblemente que
debemos abrazar alguna doctrina de la predestinación.
Si
hemos de seguir esta línea de pensamiento, pues, desde luego,
debemos dar un
paso más. No es suficiente tener simplemente cualquier idea de
la
predestinación. Es nuestro deber buscar la idea correcta de la
predestinación,
no sea que nos hagamos culpables de distorsionar o ignorar la Palabra
de Dios.
Es aquí donde comienza el verdadero conflicto, el conflicto por
clarificar con
exactitud todo lo que la Biblia enseña acerca de este asunto.
Mi
conflicto con la predestinación comenzó al principio de
mi vida cristiana.
Conocía a un profesor de filosofía en la facultad que era
un convencido
calvinista. Él expuso la llamada idea "reformada" de la
predestinación. No me gustaba. No me gustaba en lo absoluto.
Luché con uñas y
dientes contra ella todo el tiempo que pasé en la facultad.
Me
gradué de la facultad sin estar persuadido de la idea reformada
o calvinista de
la predestinación, sólo para ir a parar a un seminario
que incluía en su
claustro al rey de los calvinistas, John H. Gerstner. Gerstner es a la
predestinación lo que Einstein es a la física o lo que
Arnold Palmer es al
golf. Habría preferido desafiar a Einstein acerca de la
relatividad o haber
jugado un partido de golf con Palmer antes que vérmelas con
Gerstner. Pero...
los necios se precipitan donde los ángeles temen pisar.
Desafié
a Gerstner en la clase una y otra vez, convirtiéndome en una
plaga total y
absoluta. Resistí durante más de un año. Mi
rendición final vino por etapas.
Penosas etapas. Comenzó cuando empecé a trabajar como
pastor estudiante en una
iglesia. Escribí una nota para mí mismo que guardaba en
mi escritorio en un
lugar donde siempre podía verla.
SE
TE REQUIERE QUE CREAS, PREDIQUES Y ENSEÑES LO QUE LA BIBLIA DICE
QUE ES VERDAD,
NO LO QUE QUIERES QUE LA BIBLIA DIGA QUE ES VERDAD.
La
nota me perseguía. Mi crisis final llegó en el curso
superior. Me hallaba
realizando un curso en el estudio de Jonathan Edwards. Pasamos el
semestre
estudiando el libro más famoso de Edwards, The freedom of
the will, bajo
la tutela de Gerstner. Al mismo tiempo realizaba un curso de
exégesis griega en
el libro de Romanos. Era el único estudiante en aquel curso, a
solas con el
profesor de Nuevo Testamento. No había donde pudiera esconderme.
La
combinación era demasiado para mí. Gerstner, Edwards, el
profesor de Nuevo
Testamento y, sobre todo, el apóstol Pablo, eran un equipo
demasiado formidable
para que yo lo resistiese. El capítulo 9 de Romanos fue el punto
crucial.
Simplemente no podía encontrar la manera de evitar la
enseñanza del apóstol en
ese capítulo. A regañadientes, suspiré y me
rendí, pero con la cabeza, no con
el corazón. "Está bien, creo en esto, ¡pero no
tiene que gustarme!"
Pronto
descubrí que Dios nos había creado para que se suponga
que el corazón sigue a
la cabeza. No podía amar impunemente con la cabeza algo que
odiaba en el
corazón. Una vez que comencé a ver la coherencia de la
doctrina y sus más
amplias implicaciones, mis ojos fueron abiertos a la benevolencia de la
gracia
y al gran consuelo de la soberanía de Dios. Comenzó a
agradarme la doctrina
poco a poco, hasta que recibí en mi alma la impresión de
que la doctrina
revelaba la profundidad y las riquezas de la misericordia de Dios. Ya
no temía
a los demonios del fatalismo o al desagradable pensamiento de ser
reducido a
una marioneta. Ahora me regocijaba en un benévolo Salvador, que
era el único
inmortal e invisible, el único y sabio Dios.
Se
dice que no hay nada más ofensivo que un bebedor convertido. Haz
la prueba con
un arminiano convertido. Los arminianos convertidos tienden a volverse
fervorosos calvinistas, entusiastas de la causa de la
predestinación. La obra
que estás leyendo es de uno de esos convertidos. Mi conflicto me
ha enseñado
algunas cosas a lo largo del camino. He aprendido, por ejemplo, que no
todos
los cristianos son tan celosos acerca de la predestinación como
yo. Hay mejores
hombres que yo que no comparten mis conclusiones. He aprendido que
muchos malentienden
la predestinación. He aprendido también el dolor de estar
equivocado.
Cuando
enseño la doctrina de la predestinación, frecuentemente
me siento frustrado
ante aquellos que rehúsan obstinadamente someterse a la misma.
Siento ganas de
gritar: "¿No te das cuenta que estás resistiendo la
Palabra de Dios?"
En estos casos soy culpable de al menos uno de dos posibles pecados. Si
mi
entendimiento de la predestinación es correcto, entonces, en el
mejor de los
casos, estoy siendo impaciente con personas que están meramente
en un conflicto
como en el que yo estuve en algún tiempo y, en el peor de los
casos, estoy
mostrando una condescendencia arrogante a aquellos que no están
de acuerdo
conmigo. Si mi entendimiento de la predestinación no es
correcto, entonces mi
pecado es peor aun, puesto que estaría calumniando a los santos
que, por
oponerse a mi idea, están luchando por los ángeles. Los
riesgos, pues, que
corro en este asunto son elevados.
El
conflicto acerca de la predestinación es tanto más
confuso debido a que las
mayores mentes en la historia de la Iglesia han estado en desacuerdo
acerca de
la misma. Los eruditos y dirigentes cristianos, pasados y presentes,
han
adoptado diferentes posiciones. Un breve vistazo a la historia de la
Iglesia
revela que el debate acerca de la predestinación no tiene lugar
entre liberales
y conservadores o entre creyentes e incrédulos. Es un debate
entre creyentes,
entre cristianos piadosos y fervientes.
Puede
ser de ayuda el ver cómo los grandes maestros del pasado se
alinean con
respecto a la cuestión.
Idea
reformada
Ideas opuestas
San
Agustín
Pelagio
Martín
Lutero
Jonathan
Edwards
Charles Finney
Debe
parecer que "estoy arrimando el ascua a mi sardina". Los pensadores
que son más ampliamente considerados como los titanes de la
erudición cristiana
clásica se hayan claramente en el bando reformado. Estoy
convencido, sin embargo,
que éste es un hecho de la Historia que no debe ser ignorado.
Sin duda, es
posible que Agustín, Aquino, Lutero, Calvino y Edwards
estuviesen todos
equivocados en este asunto. Estos hombres ciertamente están en
desacuerdo entre
sí en otros puntos doctrinales. No son infalibles ni
individuales ni
colectivamente.
No
podemos determinar cuál es la verdad por los números. Los
grandes pensadores
del pasado pueden estar equivocados. Pero es importante que veamos que
la
doctrina reformada de la predestinación no fue inventada por
Dejando
a un lado la lección de la Historia, debemos tomar seriamente el
hecho de que
tales eruditos estuvieron de acuerdo en este difícil tema. Una
vez más, el que
estuvieran de acuerdo no prueba que sea cierta la
predestinación. Podían haber
estado equivocados. Pero ello reclama nuestra atención. No se
puede desechar la
idea reformada como una noción peculiarmente presbiteriana.
Sé que durante mi
gran conflicto con la predestinación estaba profundamente
preocupado por las
voces unidas de los titanes de la erudición cristiana
clásica acerca de este
punto. Ciertamente, no son infalibles, pero merecen nuestro respeto y
ser
escuchados honestamente.
Entre
los dirigentes cristianos contemporáneos encontramos una lista
más equilibrada
de acuerdos y desacuerdos. (Téngase en cuenta que estamos
hablando aquí en
términos generales y que hay diferencias significativas entre
los que se
encuentran en cada bando.)
No
sé cual sea la posición de Bill Bright, Chuck Swindoll,
Pat
Mi
esperanza es que todos continuemos en el conflicto. Nunca debemos
asumir que ya
hemos llegado. Sin embargo, no hay virtud alguna en el mero
escepticismo.
Miramos con malos ojos a los que siempre están aprendiendo y
nunca pueden
llegar al conocimiento de la verdad. Dios se deleita en los hombres y
las
mujeres que tienen convicciones. Por supuesto, está interesado
en que nuestras
convicciones sean conforme a la verdad. Participa en el conflicto
conmigo,
pues, al embarcarnos en el difícil pero, espero, provechoso
viaje examinando la
doctrina de la predestinación.
2
En nuestro conflicto a lo largo de la doctrina de la
predestinación, debemos comenzar con una clara
comprensión de lo que significa
la palabra. Aquí afrontamos dificultades inmediatamente. Nuestra
definición
está a menudo influida por nuestra doctrina. Podríamos
esperar que si
recurriéramos a una fuente neutral para nuestra
definición -una fuente como el
diccionario de Webster- evitaríamos tal prejuicio. No tenemos
tal suerte. (O,
debiera decir, tal providencia.) Consideremos los siguientes
artículos en el
Webster's New Collegiate Dictionary.
Predestinado: destinado
o determinado de antemano; preordenado a una suerte o destino terrenal
o eterno
por decreto divino.
Predestinación:
la doctrina de que Dios, consecuentemente con su presciencia de todos
los
eventos, guía infaliblemente a los que están destinados
para salvación.
Predestinar: destinar,
decretar, determinar, designar o establecer de antemano.
No estoy seguro de cuánto podemos aprender de
estas
definiciones del diccionario, aparte de que Noah Webster debe de haber
sido
luterano. Lo que podemos deducir, sin embargo, es que la
predestinación tiene
algo que ver con relación a nuestro destino final, y que algo se
hace acerca de
ese destino por parte de alguien antes que neguemos allí. El pre
de
predestinación se refiere al tiempo. Webster habla de
"antemano". Destino se refiere al lugar a donde vamos, como vemos en
el uso normal de la palabra destino.
Cuando llamo a mi agente de viajes para reservar un
vuelo, pronto surge la pregunta: "¿Cuál es su destino?" A
veces, la
pregunta se expresa de forma más simple: "¿A donde va
usted?" Nuestro
destino es el lugar a donde vamos. En teología se refiere a uno
de dos lugares;
o bien vamos al cielo, o vamos al infierno. En cualquiera de los dos
casos no
podemos cancelar el viaje. Dios sólo nos da dos opciones
finales. La una o la
otra es nuestro destino final. Aun el catolicismo romano, que tiene
otro lugar
al otro lado de la tumba, el purgatorio, considera éste como una
parada
intermedia a lo largo del viaje. Sus viajeros siguen la ruta local,
mientras
que los protestantes prefieren la ruta directa.
Lo que la predestinación significa, en su forma
más
elemental, es que nuestro destino final, el cielo o el infierno,
está decidido
por Dios no sólo antes de llegar allí, sino aun antes de
que nazcamos. Nos
enseña que nuestro destino final está en las manos de
Dios. Otra forma de
decirlo es ésta: Desde toda la eternidad, antes de que
viviésemos, Dios decidió
salvar a algunos miembros de la raza humana y dejar que el resto de la
raza
humana pereciera. Dios hizo una elección: escogió algunos
individuos para ser
salvados y gozar de eterna bienaventuranza en el cielo, y
escogió pasar por
alto a otros, dejarles seguir las consecuencias de sus pecados en el
tormento
eterno del infierno.
Esta es una afirmación dura, cualquiera que sea la
forma en que la enfoquemos. Nos preguntamos: "¿Tienen algo que
ver
nuestras vidas individuales con la decisión de Dios? Aun cuando
Dios haga su
elección antes de que nazcamos, Él conoce aun todo acerca
de nuestras vidas
antes que las vivamos. ¿
Antes de comenzar a responder eso, debemos clarificar
un punto más. Frecuentemente, la gente piensa acerca de la
predestinación con
respecto a cuestiones cotidianas acerca de accidentes de tráfico
y cosas
parecidas. Se preguntan si Dios decretó que los yanquis ganaran
el campeonato
mundial o si el árbol cayó sobre su automóvil por
un decreto divino. Aun las
pólizas de seguros tienen cláusulas que se refieren a los
"actos de Dios".
Cuestiones como éstas se tratan normalmente en
teología bajo el epígrafe de la Providencia. Nuestro
estudio enfoca la
predestinación en el sentido estricto, restringiéndola a
la cuestión final de
la salvación o condenación predestinadas, lo que llamamos
elección y
reprobación. Las otras cuestiones son interesantes e
importantes, pero
están fuera de los límites de este libro.
LA
SOBERANÍA DE DIOS.
En la mayoría de las discusiones acerca de la
predestinación, existe una gran preocupación acerca de
proteger la dignidad y
libertad del hombre. Debemos también observar la importancia
crucial de la
soberanía de Dios. Si bien Dios no es una criatura, Él es
personal, con una
dignidad y libertad supremas. Somos conscientes de los intrincados
problemas
que rodean la relación entre la soberanía de Dios y la
libertad humana. Debemos
también ser conscientes de la estrecha relación entre la
soberanía y la
libertad de Dios. La libertad de un soberano es siempre mayor que la
libertad
de sus súbditos.
Cuando hablamos de la soberanía divina, estamos
hablando acerca de la autoridad de Dios y el poder de Dios. Como
soberano, Dios
es la suprema autoridad del cielo y la Tierra. Toda otra autoridad es
una
autoridad inferior. Cualquier otra autoridad que exista en el universo
se
deriva y es dependiente de la autoridad de Dios. Todas las demás
formas de
autoridad existen bien por el mandato de Dios o con el permiso de Dios.
La palabra
autoridad contiene dentro de sí la palabra autor. Dios es el
autor de todas las
cosas sobre las cuales tiene autoridad. Él creó el
universo. Es el propietario
del universo. Su propiedad le da ciertos derechos. Puede hacer con su
universo
lo que agrade a su santa voluntad. Asimismo todo poder en el universo
fluye del
poder de Dios. Todo poder en este universo está subordinado a
Él. Aun Satanás
carece de poder sin el soberano permiso de Dios para actuar.
El cristianismo no es dualismo. No creemos en dos
poderes finales iguales entablando una lucha eterna por la
supremacía. Si
Satanás fuese igual a Dios, no tendríamos confianza ni
esperanza alguna de que
el bien triunfase sobre el mal. Estaríamos destinados a un
eterno equilibrio
entre dos fuerzas iguales y opuestas. Satanás es una criatura.
Sin duda, es
malvado, pero aun su maldad está sometida a la soberanía
de Dios, como lo está
nuestra propia maldad. La autoridad de Dios es final; su poder es
omnipotente.
Él es soberano.
Uno de mis
deberes como profesor de seminario es enseñar la teología
de la Confesión de Fe
de Westminster. La Confesión de Westminster ha sido el documento
confesional
central del presbiterianismo histórico. Expresa las doctrinas
clásicas de la
Iglesia Presbiteriana.
En cierta ocasión, mientras enseñaba en
este curso,
anuncié a mi clase nocturna que la siguiente semana
estudiaríamos la sección de
la confesión que trata de la predestinación. Puesto que
la clase nocturna
estaba abierta al público, mis estudiantes se precipitaron a
invitar a sus
amigos para la jugosa discusión. La siguiente semana la clase
estaba abarrotada
de estudiantes e invitados. Comencé la clase leyendo los
primeros renglones del
capítulo 3 de la Confesión de Westminster:
Dios, desde
la eternidad, por el sabio y santo
consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo
que sucede.
Detuve la lectura en ese punto. Pregunté:
"¿Hay
alguien en esta clase que no crea las palabras que acabo de leer?" Se
levantó una multitud de manos. Entonces pregunté:
"¿Hay algunos ateos
convencidos en la habitación?" Ninguna mano se levantó.
Entonces dije algo
ofensivo: 'Todos los que levantaron la mano a la primera pregunta
deberían
haber levantado la mano a la segunda pregunta." Mi afirmación
fue recibida
por un coro de murmullos y protestas. ¿Cómo podía
yo acusar a alguien de
ateísmo por no creer que Dios preordena todo lo que sucede? Los
que protestaron
contra estas palabras no estaban negando la existencia de Dios. No
estaban
protestando contra el cristianismo. Estaban protestando contra el
calvinismo.
Traté de explicar a la clase que la idea de que
Dios
preordena todo lo que sucede no es una idea peculiar al calvinismo. No
es ni
siquiera peculiar al cristianismo. Es simplemente un principio del
teísmo: un
principio necesario del teísmo. Que Dios, en algún
sentido, preordena todo lo
que sucede es un resultado necesario de su soberanía. En
sí mismo no arguye a
favor del calvinismo. Solamente declara que Dios es absolutamente
soberano
sobre su creación. Dios puede preordenar las cosas de diferentes
maneras. Pero
todo lo que sucede debe, al menos, suceder con su permiso. Si Él
permite algo,
entonces debe decidir permitirlo. Si decide permitir algo, entonces en
un
sentido lo está preordenando. ¿Quién, entre
los cristianos, argumentaría que
Dios no podría impedir que ocurriese algo en este mundo? Si
Dios así lo
desea, tiene poder para parar el mundo entero.
Decir que Dios preordena todo lo que sucede es decir
simplemente que Dios es soberano sobre toda su creación. Si
algo pudiera
suceder aparte de su permiso soberano, entonces lo que sucediese
frustraría su
soberanía. Si Dios rehusara permitir que algo sucediera y
sucediese a pesar
de todo, entonces cualquiera que fuese lo que lo hizo suceder
tendría más
autoridad y poder que Dios mismo. Si hay alguna parte de la
creación fuera de
la soberanía de Dios, entonces Dios, simplemente, no es
soberano. Si Dios no es
soberano, entonces Dios no es Dios.
Si hay una sola molécula en este universo que
esté
suelta y totalmente libre de la soberanía de Dios, entonces no
tenemos garantía
de que ni una sola promesa de Dios se cumpla jamás. Quizá
esa molécula indómita
destruya los grandes y gloriosos planes que Dios ha hecho y nos ha
prometido.
Si un grano de arena en el riñón de Oliver Cromwell
cambió el curso de la
historia de Inglaterra, así nuestra indómita
molécula podría cambiar el curso
de toda la historia de la redención. Es posible que una
molécula sea lo que le
impida a Cristo regresar.
Hemos oído la historia: Por falta de un clavo se
perdió la herradura; por falta de la herradura se perdió
el caballo; por falta
del caballo se perdió el jinete; por falta del jinete se
perdió la batalla; por
falta de la batalla se perdió la guerra. Recuerdo mi angustia
cuando oí que
Bill Vukovich, el mejor piloto de su época, se mató en un
accidente en las 500
millas de Indianápolis. Posteriormente se descubrió que
el fallo se debió a un
pasador que costaba 10 centavos. Bill Vukovich controlaba de manera
asombrosa
los coches de carreras. Era un magnífico conductor. Sin embargo,
no era
soberano. Una pieza de ínfimo valor le costó la vida.
Dios no tiene que
preocuparse de que haya pasadores de 10 centavos que arruinen sus
planes. No
existen moléculas indómitas moviéndose libremente.
Dios es soberano. Dios es
Dios.
Mis estudiantes comenzaron a ver que la soberanía
divina no es un asunto peculiar al calvinismo, ni siquiera al
cristianismo. Sin
soberanía, Dios no puede ser Dios. Si rechazamos la
soberanía divina, entonces
debemos abrazar el ateísmo. Este es el problema que todos
afrontamos. Debemos
aferrarnos con todas nuestras fuerzas a la soberanía de Dios.
Sin embargo,
debemos hacerlo de tal manera que no violemos la libertad humana.
En este punto debería hacer para el lector lo que
hice
para mis estudiantes en la clase nocturna: Terminar la
declaración de la
Confesión de Westminster. La declaración completa dice lo
siguiente:
“Dios,
desde la eternidad, por el sabio y santo
consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo
que sucede; y
sin embargo, de tal manera que ni Dios es el autor del pecado, ni hace
violencia a la voluntad de las criaturas, ni quita la libertad o
contingencia
de las causas segundas, sino que las establece”.
Nótese
que,
mientras que afirma la soberanía de Dios sobre todas las cosas,
la confesión
también afirma que Dios no hace violencia o viola la libertad
humana. La
libertad humana y el mal están bajo la soberanía de Dios.
Sin duda alguna, la cuestión más
difícil de todas es
cómo el mal puede coexistir con un Dios que es totalmente santo
y totalmente
soberano. Me temo que la mayoría de los cristianos no se dan
cuenta de la
profunda severidad de este problema. Los escépticos llaman este
asunto el
"talón de
Entonces, como ahora, me di cuenta de que el mal era
un problema para la soberanía de Dios. ¿Se introdujo el
mal en el mundo contra
la voluntad soberana de Dios? En ese caso, El no es absolutamente
soberano. Si
no, debemos concluir que en algún sentido aun el mal ha sido
preordenado por
Dios. Durante años busqué la respuesta a este problema,
explorando las obras de
teólogos y filósofos. Encontré algunos intentos
ingeniosos de resolver el
problema, pero, hasta ahora, nunca he encontrado una respuesta
plenamente
satisfactoria.
La solución más común que
oímos para este dilema es
una simple referencia al libre albedrío del hombre. Oímos
afirmaciones tales
como: "El mal se introdujo en el mundo por el libre albedrío del
hombre.
El hombre es el autor del pecado, no Dios." Sin duda, esa
afirmación
encaja con el relato bíblico del origen del pecado. Sabemos que
el hombre fue
creado con libre albedrío y que el hombre libremente
escogió pecar. No fue Dios
quien cometió el pecado, fue el hombre. El problema, sin
embargo, aún persiste.
¿De dónde sacó el hombre la más
mínima inclinación a pecar? Si fue creado con
algún deseo de pecar, entonces se arroja una sombra sobre la
integridad del
Creador. Si fue creado sin deseo alguno de pecar, entonces debemos
preguntar de
dónde vino ese deseo.
El misterio del pecado está ligado a nuestro
entendimiento del libre albedrío, el estado del hombre en la
creación y la
soberanía de Dios. La cuestión del libre albedrío
es tan vital para nuestro
entendimiento de la predestinación que dedicaré un
capítulo entero al tema.
Hasta entonces restringiremos nuestro estudio a la cuestión del
primer pecado
del hombre. ¿Cómo pudieron caer Adán y Eva? Ellos
fueron creados buenos.
Podríamos sugerir que su problema fue la astucia de
Satanás. Satanás los
engañó. Los embaucó para que comiesen del fruto
prohibido. Podríamos suponer
que la serpiente fue tan aduladora que embaucó totalmente a
nuestros primeros
padres.
Esta explicación conlleva varios problemas. Si
Adán y
Eva no se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, si fueron
totalmente
embaucados, entonces el pecado habría sido todo de
Satanás. Pero la Biblia deja
claro que, a pesar de su astucia, la serpiente habló desafiando
directamente el
mandamiento de Dios. Adán y Eva habían oído a Dios
promulgar su prohibición y
advertencia. Oyeron a Satanás contradiciendo a Dios. La
decisión estaba clara ante
ellos. No podían apelar a la astucia de Satanás para
excusarse.
Aun si Satanás no hubiera sólo embaucado
sino forzado
a Adán y Eva a pecar, aún no estamos libres de nuestro
dilema. Si hubieran
podido decir con razón: "El diablo nos hizo hacerlo", aún
tendríamos
que afrontar el problema del pecado del diablo. ¿De dónde
procede el diablo?
¿Cómo consiguió caer de la bondad? Tanto si
estamos hablando de la Caída del
hombre o de la caída de Satanás, estamos tratando
aún el problema de criaturas
buenas que se vuelven malas.
Oímos la explicación "fácil" de que
el mal
vino a través del libre albedrío de la criatura. El libre
albedrío es algo
bueno. El que Dios nos diera libre albedrío no hace recaer la
culpa sobre Él.
En la creación, al hombre le fue dada la capacidad para pecar y
la capacidad
para no pecar. El escogió pecar. La cuestión es:
"¿Por qué?" Aquí es
donde reside el problema. Antes que una persona pueda cometer un acto
de
pecado, debe tener primero un deseo de realizar ese acto. La Biblia nos
dice
que las malas acciones fluyen de los malos deseos. Pero la presencia de
un
deseo malo es ya pecado. Pecamos porque somos pecadores. Nacimos con
una
naturaleza de pecado. Somos criaturas caídas. Pero Adán y
Eva no fueron creados
caídos-. No tenían una naturaleza de pecado. Eran
criaturas buenas con libre
albedrío. Sin embargo, escogieron pecar. ¿Por qué?
No lo sé. Ni he encontrado
aún a alguien que lo sepa.
A pesar de este intrincado problema, debemos afirmar
aún que Dios no es el autor del pecado. La Biblia no revela las
respuestas a
todas nuestras preguntas. Revela la naturaleza y el carácter de
Dios. Una cosa
es absolutamente impensable: que Dios pudiera ser el autor o realizador
del
pecado. Pero este capítulo trata de la soberanía de Dios.
Nos queda aún por
responder la pregunta de que, dado el hecho del pecado humano,
¿cómo se
relaciona éste con la soberanía de Dios? Si es cierto
que, en algún sentido,
Dios preordena todo lo que sucede, entonces se sigue sin duda que Dios
debe de
haber preordenado la entrada del pecado en el mundo. Eso no quiere
decir que
Dios obligara a que ocurriera, o que impusiera el mal a su
creación. Lo único
que significa es que Dios debe de haber decidido permitir que ocurra.
Si no
permitió que ocurriese, entonces no podía haber ocurrido,
pues de otra forma no
sería soberano.
Sabemos que Dios es soberano porque sabemos que Dios
es Dios. Por tanto, debemos concluir que Dios preordenó el
pecado. ¿Qué otra
cosa podemos concluir? Debemos concluir que la decisión de Dios
de permitir que
el pecado entrase en el mundo fue una buena decisión. Esto no
quiere decir que
nuestro pecado es realmente algo bueno, sino meramente que el que Dios
nos
permita cometer el pecado, que es malo, es algo bueno. El que Dios
permita el
mal es bueno, pero el mal que Él permite es aún mal. La
implicación de Dios en
todo esto es perfectamente justa. Nuestra implicación en ello es
inicua. El
hecho de que Dios decidiese permitirnos pecar no nos absuelve de
nuestra
responsabilidad por el pecado.
Una objeción que oímos con frecuencia es
que, si Dios
conocía de antemano que nosotros íbamos a pecar,
¿por qué nos creó en primer
lugar? Un filósofo expresó el problema de esta manera:
"Si Dios sabía que
nosotros pecaríamos pero no lo impidió, entonces no es ni
omnipotente ni
soberano. Si podía impedirlo pero escogió no hacerlo,
entonces no es ni amante
ni benévolo." Mediante este enfoque Dios aparece como malo, no
importa
cómo respondamos a la pregunta.
Debemos asumir que Dios sabía de antemano que el
hombre
caería. Debemos también asumir que Él podía
haber intervenido para impedirlo. O
podía haber escogido no crearnos en absoluto. Concedemos todas
estas
posibilidades hipotéticas. Para empezar, sabemos que Él
sabía que caeríamos, y
que siguió adelante y nos creó a pesar de todo.
¿Por qué significa eso que El
no es amante? También sabía de antemano que iba a llevar
a cabo un plan de
redención para su creación caída que
incluiría una perfecta manifestación de su
justicia y una perfecta expresión de su amor y misericordia. Fue
ciertamente
amante por parte de Dios predestinar la salvación de su pueblo,
los que la
Biblia llama sus "elegidos" o escogidos.
Son los no elegidos los que constituyen el problema.
Si algunos no son elegidos para salvación, entonces
parecería que Dios no es
tan amante hacia ellos. Según ellos, parece que hubiera sido
más amante por
parte de Dios no haber permitido que nacieran. Ese puede, ciertamente,
ser el
caso. Pero debemos hacer la pregunta verdaderamente difícil:
¿Existe alguna razón
para que un Dios justo deba ser amante hacia una criatura que le odia y
se
revela constantemente contra su divina autoridad y santidad? La
objeción
suscitada por el filósofo implica que Dios le debe su amor a
criaturas
pecaminosas. Esto es, lo que se da por supuesto, sin palabras, es que
Dios está
obligado a ser clemente para con los pecadores. Lo que el
filósofo pasa por
alto es que si la gracia está obligada, ya no es gracia. La
esencia misma de la
gracia es que es inmerecida. Dios siempre se reserva el derecho de
tener
misericordia de quien quiera tener misericordia. Dios puede deberle
justicia a
la gente, pero nunca misericordia.
Es importante indicar una vez más que estos
problemas
surgen a todos los cristianos que creen en un Dios soberano. Estas
cuestiones
no son peculiares a una idea concreta de la predestinación. La
gente argumenta
que Dios es suficientemente amante como para proveer un camino de
salvación
para todos los pecadores. Puesto que el calvinismo restringe la
salvación sólo
a los elegidos, parece requerir un Dios menos amante. En la superficie
al
menos, parece que una idea no calvinista provee una oportunidad para
que se
salven grandes multitudes de personas que no hubieran sido salvadas en
la idea
calvinista.
Una vez más, esta cuestión afecta asuntos
que deben
ser desarrollados más plenamente en capítulos
posteriores. Por ahora
permítaseme decir simplemente que, si la decisión final
para la salvación de
pecadores caídos fuese dejada en las manos de pecadores
caídos, desesperaríamos
de toda esperanza en cuanto a que alguien fuese salvado. Cuando
consideramos la
relación de un Dios soberano con un mundo caído,
afrontamos básicamente cuatro
opciones:
1. Dios pudo decidir no proveer una oportunidad
para que alguien fuese salvado.
2. Dios pudo proveer una oportunidad para que
todos fuesen salvados.
3. Dios pudo intervenir directamente para
asegurar la salvación de todos.
4. Dios pudo intervenir directamente y asegurar
la salvación de algunos.
Todos los cristianos descartan inmediatamente la
primera opción. La mayoría de los cristianos descartan la
tercera. Afrontamos
el problema de que Dios salva a algunos y no a todos. El calvinismo
corresponde
a la cuarta opción. La idea calvinista de la
predestinación enseña que Dios interviene
activamente en las vidas de los elegidos para hacer absolutamente
segura la
salvación. Por supuesto, el resto es invitado a Cristo y se le
da una
"oportunidad" para ser salvado "si quiere". Pero el
calvinismo da por supuesto que, sin la intervención de Dios,
nadie querrá jamás
a Cristo. Nadie escogerá jamás a Cristo por sí
mismo.
Este es precisamente el punto en disputa. Las ideas no
reformadas de la predestinación asumen que a toda persona
caída le queda la
capacidad de escoger a Cristo. Al hombre no se le considera tan
caído que
requiera la intervención directa de Dios hasta el grado que
afirma el
calvinismo. Todas las ideas no reformadas dejan en manos del hombre el
dar el
voto decisivo para el destino final del hombre. Según estas
ideas, la mejor
opción es la segunda. Dios provee oportunidades para que todos
sean salvados.
Pero, ciertamente, no existe una igualdad de oportunidades, puesto que
grandes
multitudes de gente mueren sin haber oído jamás el
Evangelio.
El no reformado objeta a la cuarta opción porque
limita la salvación a un grupo selecto que Dios escoge. El
reformado objeta a
la segunda opción porque ve que la oportunidad universal de
salvación no provee
lo suficiente para salvar a nadie. El calvinista ve a Dios haciendo
mucho más
por la raza humana caída a través de la cuarta
opción que a través de la
segunda. El no calvinista ve justamente lo contrario. Piensa que dar
una
oportunidad universal, aunque está lejos de asegurarla
salvación de nadie, es
más benévolo que asegurar la salvación de algunos
y no de otros.
El desagradable problema que tiene el calvinista se ve
en la relación de las opciones tercera y cuarta. Si Dios puede,
y de hecho
escoge, asegurar la salvación de algunos, ¿por qué
no asegura la salvación de
todos? Antes de tratar de responder a esa pregunta, permítaseme
primero indicar
que éste no es simplemente un problema calvinista. Todo
cristiano debe sentir
el peso de este problema. En primer lugar, afrontamos la
cuestión: "¿Tiene
Dios el poder para asegurar la salvación de todos?" Ciertamente
está
dentro del poder de Dios cambiar el corazón de todo pecador
impenitente y
llevar ese pecador hacia sí. Si carece de tal poder, entonces no
es soberano.
Si tiene ese poder, ¿por qué no lo usa con todos?
El pensador no reformado responde en general diciendo
que el hecho de que Dios imponga su poder a personas reacias es violar
la
libertad del hombre. Violar la libertad del hombre es pecado. Puesto
que Dios
no puede pecar, no puede imponer unilateralmente su gracia salvadora a
pecadores reacios. Forzar al pecador a que quiera cuando el pecador no
quiere,
es hacer violencia al pecador. La idea es que, al ofrecer la gracia del
Evangelio, Dios hace todo lo que puede para ayudar al pecador a ser
salvo. Él
tiene suficiente poder para forzar a los hombres, pero el uso de tal
poder
sería ajeno a la justicia de Dios.
Eso no proporciona mucho consuelo al pecador en el
infierno. El pecador en el infierno debe de estar preguntando: "Dios,
si
tú realmente me amabas, ¿por qué no me forzaste a
creer? Preferiría que mi
libre albedrío fuese violado que estar aquí en este lugar
de tormento
eterno." Aun así, las súplicas de los condenados no
determinarían la
justicia de Dios si, de hecho, fuese erróneo que Dios se
impusiera a la voluntad
de los hombres. La pregunta que el calvinista hace es:
"¿Qué hay de
erróneo en que Dios origine la fe en el corazón del
pecador?"
A Dios no se le requiere que busque el permiso del
pecador para hacer con el pecador lo que le plazca. El pecador no
pidió nacer
en el país de su nacimiento, a sus padres, ni aun nacer en
absoluto. Tampoco
pidió el pecador nacer con una naturaleza caída. Todas
estas cosas fueron
determinadas por la decisión soberana de Dios. Si Dios hace todo
esto que
afecta al destino eterno del pecador, ¿qué habría
de erróneo en que Él diera un
paso más para asegurar su salvación? ¿Qué
quería decir Jeremías cuando clamó:
"¿Me sedujiste, Oh Señor, y fui seducido" (Jer. 20:7)?
Ciertamente,
Jeremías no invitó a Dios a seducirle.
La cuestión permanece. ¿Por qué
salva Dios solamente a
algunos? Si concedemos que Dios puede salvar a los hombres forzando sus
voluntades, ¿por qué entonces no fuerza la voluntad de
todos y les lleva a
todos a la salvación? (Estoy utilizando aquí la palabra
forzar no porque piense
que existe un forzamiento erróneo, sino porque los no
calvinistas insisten en
este término.) La única respuesta que puedo dar a esta
pregunta es que no lo
sé. No tengo ni idea de porqué Dios salva a algunos pero
no a todos. No dudo
por un momento que Dios tenga poder para salvar a todos, pero sé
que no escoge
salvar a todos. No sé por qué. Una cosa sí
sé. Si agrada a Dios salvar a
algunos y no a todos, nada hay en ello que sea erróneo. Dios no
está obligado a
salvar a nadie. Si escoge salvar a algunos, esto en ninguna manera le
obliga a
salvar al resto. Una vez más la Biblia insiste que es la
prerrogativa divina de
Dios tener misericordia de quien quiera tener misericordia.
La alarma que oye gritar el calvinista generalmente en
este punto es: "¡Eso no es equitativo!" ¿Pero qué
se da a entender
por equidad aquí? Si por equidad queremos decir igualdad,
entonces, desde
luego, la protesta es acertada. Dios no trata a todos los hombres por
igual.
Nada podría estar más claro en la Biblia que eso. Dios se
apareció a Moisés de
una manera en que no se apareció a
Probablemente lo que se quiere decir por
"equitativo" en la protesta es "justo". No parece justo que
Dios escoja a algunos para recibir su misericordia, mientras que otros
no
reciben el beneficio de la misma. Para tratar este problema debemos
llevar a
cabo una breve pero importante reflexión. Demos por supuesto que
todos los
hombres son culpables de pecado a los ojos de Dios. De esa masa de
humanidad
culpable, Dios decide soberanamente conceder misericordia a algunos de
ellos.
¿Qué recibe el resto? Recibe justicia. Los salvados
reciben misericordia y los
no salvados reciben justicia. Nadie recibe injusticia.
La no justicia incluye todo lo que está fuera de
la
categoría de justicia. En la categoría de no justicia
encontramos dos
sub-conceptos, injusticia y misericordia. La misericordia es una buena
forma de
no justicia mientras que la injusticia es una mala forma de no
justicia. En el
plan de la salvación Dios no hace nada malo. Nunca comete
injusticia alguna.
Algunos reciben justicia, que es lo que merecen, mientras que otros
reciben
misericordia. Una vez más, el hecho de que uno recibe
misericordia no demanda
que los demás la reciban también. Dios se reserva el
derecho de conceder
clemencia.
Como ser humano, yo podría preferir que Dios
concediese su misericordia a todos por igual, pero no puedo demandarlo.
Si a
Dios no le agrada dispensar su misericordia salvadora a todos los
hombres,
entonces debo someterme a su santa y justa decisión. Dios
jamás, jamás, jamás
está obligado a ser misericordioso hacia los pecadores. Ese es
el punto que
debemos enfatizar si hemos de comprender la plena medida de la gracia
de Dios.
La verdadera cuestión es por qué Dios se
inclina a ser
misericordioso para con alguien. Su misericordia no le es demandada y,
sin
embargo, la concede a sus elegidos. La concedió a Jacob de una
manera en que no
la concedió a Esaú. La concedió a Pedro de una
manera en que no la concedió a
Judas. Debemos aprender a alabar a Dios tanto en su misericordia como
en su
justicia. Cuando Él ejecuta su justicia, no está haciendo
nada erróneo. Está
ejecutando su justicia conforme a su rectitud.
Todo cristiano afirma alegremente que Dios es
soberano. La soberanía de Dios es un consuelo para nosotros. Nos
asegura que Él
puede hacer lo que promete hacer. Pero el mero hecho de la
soberanía de Dios
suscita una gran cuestión más. ¿Cómo se
relaciona la soberanía de Dios con la
libertad humana? Cuando afrontamos la cuestión de la
soberanía divina y la
libertad humana, podemos vernos confrontados por el dilema de "luchar o
huir". Podemos luchar para abrirnos paso hacia una solución
lógica del
mismo, o volvernos y alejarnos corriendo de él tan rápido
como podamos.
Muchos de nosotros escogemos huir de él. La huida
toma
diferentes rutas. La más común es decir, simplemente, que
la soberanía divina y
la libertad humana son contradicciones que debemos tener el valor de
abrazar.
Buscamos analogías que alivien nuestras atribuladas mentes. Como
estudiante en
la facultad, oí dos analogías que me proporcionaron un
alivio temporal, como un
paquete teológico de Rolaids:
La primera vez que oí estas analogías
sentí alivio.
Sonaban simples y, sin embargo, profundas. La idea de dos líneas
paralelas que
se encuentran en la eternidad me satisfizo. Me dio algo ingenioso que
decir
para el caso en que un escéptico empedernido me preguntara
acerca de la
soberanía divina y la libertad humana. Mi alivio fue temporal.
Pronto necesité
una dosis más fuerte de Rolaids. La molesta pregunta rehusaba
dejarme en paz.
¿Cómo, me preguntaba, pueden las líneas paralelas
encontrarse jamás? ¿En la
eternidad o en alguna otra parte? Si las líneas se encuentran,
entonces no son
finalmente paralelas. Si son finalmente paralelas, entonces nunca se
encontrarán. Cuanto más pensaba acerca de la
analogía, tanto más me daba cuenta
que ésta no resolvía el problema. Decir que las
líneas paralelas se encuentran
en la eternidad es una afirmación sin sentido; es una
contradicción flagrante.
No me gustan las contradicciones. Encuentro poco
consuelo en ellas. Nunca cesaba de asombrarme ante la facilidad con que
los
cristianos parecen sentirse confortables con ellas. Oigo afirmaciones
como:
"¡Dios es mayor que la lógica!", o: "¡La fe es
más elevada que
la razón!" Para defender el uso de las contradicciones en la
teología.
Ciertamente, estoy de acuerdo en que Dios es mayor que la lógica
y que la fe es
más elevada que la razón. Estoy de acuerdo con todo mi
corazón y con toda mi
cabeza. Lo que quiero evitar es a un Dios que es menor que la
lógica y una fe
que es inferior a la razón. Un Dios que es menor que la
lógica sería y debería
ser destruido por la lógica. Una fe que es inferior a la
razón es irracional y
absurda.
Supongo que es la tensión entre la
soberanía divina y
la libertad humana, más que cualquier otra cosa, lo que ha
conducido a muchos
cristianos a pretender que las contradicciones son un elemento
legítimo de la
fe. La idea es que la lógica no puede reconciliar la
soberanía divina con la
libertad humana. Ambas desafían la lógica armonía.
Puesto que la Biblia enseña
ambos polos de la contradicción, debemos estar dispuestos a
afirmarlos ambos, a
pesar del hecho de ser contradictorios. ¡De ninguna manera! El
que los
cristianos abracen ambos polos de una contradicción flagrante es
cometer
suicidio intelectual y calumniar al Espíritu Santo. El
Espíritu Santo no es autor
de confusión. Dios no habla con una doble lengua.
Si la libertad humana y la soberanía divina son
verdaderas contradicciones, entonces una de ellas, al menos, debe
desaparecer.
Si la soberanía excluye la libertad, y la libertad excluye la
soberanía, entonces
o bien Dios no es soberano o el hombre no es libre. Felizmente, existe
una
alternativa. Podemos sostener tanto la soberanía como la
libertad si podemos
mostrar que no son contradictorias. A un nivel humano, podemos ver
fácilmente
que la gente goza de una verdadera medida de libertad en un país
gobernado por
un monarca soberano. La soberanía no pone fin a la libertad; es
la autonomía lo
que no puede coexistir con la soberanía.
¿Qué es la autonomía? La palabra
procede del prefijo
auto y la raíz nomos. Auto significa "uno mismo". Un
automóvil es
algo que se mueve por sí mismo. "Automático" describe
algo que actúa
por sí mismo. La raíz nomos es la palabra griega para
"ley". La
palabra autonomía significa, pues, "ley de uno mismo". Ser
autónomo
significa ser ley a uno mismo. Una criatura autónoma no
sería responsable ante
nadie. No tendría un gobernante, menos aún tendría
un gobernante soberano. Es
lógicamente imposible tener un Dios soberano existiendo al mismo
tiempo que una
criatura autónoma. Los dos conceptos son totalmente
incompatibles. Pensar en su
coexistencia sería como imaginar el encuentro de un objeto
inamovible con una
fuerza irresistible. ¿Qué ocurriría? Si el objeto
se moviera, entonces no
podría ya ser considerado inamovible. Si no se moviera, entonces
la fuerza
irresistible ya no sería irresistible.
Así
ocurre
con la soberanía y la autonomía. Si Dios es soberano, no
es posible que el
hombre sea autónomo. Si el hombre es autónomo, es
imposible que Dios sea
soberano. Serían contradicciones. No tenemos que ser
autónomos para ser libres.
La autonomía implica libertad absoluta. Somos libres, pero hay
límites para
nuestra libertad. El límite final es la soberanía de Dios.
Una vez leí una afirmación de un cristiano
que dijo: "La
soberanía de Dios nunca puede restringir la libertad humana."
Imaginemos a un pensador cristiano haciendo tal afirmación. Esto
es puro
humanismo. ¿Pone restricciones la ley de Dios a la libertad
humana? ¿No se le
permite a Dios imponer límites a lo que yo escoja? No
sólo puede Dios imponer
límites morales a mi libertad, sino que tiene todo derecho en
cualquier momento
a golpearme en la cabeza si es necesario refrenarme de ejercer mis
malas
decisiones. Si Dios no tiene derecho a la represión, entonces no
tiene derecho
a gobernar su creación. Es mejor que invirtamos la
afirmación: "La
libertad humana nunca puede restringir la soberanía de Dios." En
esto
consiste la soberanía. Si la soberanía de Dios
está restringida por la libertad
humana, entonces Dios no es soberano; el hombre es soberano.
Dios es libre. Yo soy libre. Dios es más libre que
yo.
Si mi libertad va en contra de la libertad de Dios, yo salgo perdiendo.
Su
libertad restringe la mía; mi libertad no restringe la suya.
Existe una
analogía en la familia humana. Yo tengo una voluntad libre. Mis
hijos tienen
voluntades libres. Cuando nuestras voluntades chocan, tengo autoridad
para
predominar sobre sus voluntades. Sus voluntades han de estar
subordinadas a mi
voluntad; mi voluntad no está subordinada a la de ellos. Desde
luego, en el
nivel humano de la analogía, no estamos hablando en
términos absolutos.
La soberanía divina y la libertad humana se
consideran
frecuentemente como contradictorias porque en la superficie suenan
contradictorias. Hay algunas distinciones importantes que deben hacerse
y
aplicarse consecuentemente a esta cuestión si hemos de evitar
una confusión
desesperante. Consideremos tres palabras en nuestro vocabulario que
están tan
estrechamente relacionadas que son a menudo confundidas:
1.
Contradicción
2. Paradoja
3. Misterio
1.
Contradicción. La ley
lógica de la contradicción dice que una
cosa no puede ser lo que es y no ser lo que es al mismo tiempo y en la
misma
relación. Un hombre puede ser padre e hijo al mismo tiempo, pero
no puede ser
hombre y no ser hombre al mismo tiempo. Un hombre puede ser tanto padre
como
hijo al mismo tiempo, pero no en la misma relación.
Ningún hombre puede ser su
propio padre. Aun cuando hablamos de Jesús como el Dios/hombre,
tenemos cuidado
de decir que, aunque es Dios y hombre al mismo tiempo, no es Dios y
hombre en
la misma relación. Tiene una naturaleza divina y una naturaleza
humana. Ambas
no deben ser confundidas. Las contradicciones nunca pueden coexistir,
ni aun en
la mente de Dios. Si ambos polos de una contradicción genuina
pudieran ser
ciertos en la mente de Dios, entonces nada que Dios nos haya revelado
jamás
podría tener significado alguno. Si el bien y el mal, la
justicia y la
injusticia, Cristo y el Anticristo pudieran todos significar lo mismo
para la
mente de Dios, entonces la verdad de cualquier clase sería
totalmente
imposible.
2. Paradoja.
Una paradoja es una contradicción aparente que, al examinarse
más
detenidamente, puede ser resuelta. He oído a maestros declarar
que la noción
cristiana de la Trinidad es una contradicción. Simplemente, no
lo es. No viola
ninguna ley de la lógica. Supera la prueba objetiva de la ley de
la
contradicción. Dios es uno en esencia y tres en persona. Nada
hay de
contradictorio en ello. Si dijésemos que Dios es uno en esencia
y tres en
esencia entonces tendríamos una contradicción genuina que
nadie podría
resolver. Entonces el cristianismo sería irremediablemente
irracional y
absurdo. La Trinidad es una paradoja, pero no una contradicción.
Para complicar un poco más las cosas, existe otro
término, antinomia. Su significado primario es un
sinónimo de contradicción,
pero su significado secundario es un sinónimo de paradoja.
Examinándolo, vemos
que tiene la misma raíz que autonomía, nomos, que
significa "ley".
Aquí el prefijo es anti, que significa "contra" o "en lugar de
". El significado literal, pues, del término antinomia es
"contra la
ley". ¿Qué ley se supone que tenemos aquí a la
vista? La ley de la
contradicción. El significado original del término era
"lo que viola la
ley de la contradicción". De ahí, originalmente y en la
discusión
filosófica normal, la palabra antinomia es un equivalente exacto
de la palabra
contradicción.
La confusión surge cuando la gente utiliza el
término
antinomia no para referirse a una contradicción genuina, sino a
una paradoja o
contradicción aparente. Recordamos que una paradoja es una
afirmación que
parece una contradicción, pero que realmente no lo es. En Gran
Bretaña,
especialmente, la palabra antinomia se utiliza a menudo como
sinónimo de
paradoja. Estoy elaborando estas distinciones tan sutiles por dos
razones.
La primera es que, si hemos de evitar la
confusión,
debemos tener una clara idea en nuestras mentes acerca de la diferencia
crucial
entre una contradicción real y una contradicción
aparente. Es la diferencia
entre la racionalidad y la irracionalidad, entre la verdad y el
absurdo.
La segunda razón por la que es necesario expresar
estas definiciones claramente es que uno de los mayores defensores de
la doctrina
de la predestinación en nuestro mundo actual utiliza el
término antinomia.
Estoy pensando en el destacado teólogo que es el Dr. J. I.
Packer. Packer, ha
ayudado a incontables miles de personas a tener una más profunda
comprensión
del carácter de Dios, especialmente con respecto a la
soberanía de Dios.
Nunca he discutido este asunto de la utilización
por
parte del Dr. Packer del término antinomia con él. Doy
por supuesto que lo
utiliza en el sentido británico de paradoja. No puedo imaginar
que hable
intencionadamente de contradicciones en la Palabra de Dios. De hecho,
en su
libro Evangelism and the sovereignty of God (El evangelismo y
la
soberanía de Dios) elabora el punto de que, en última
instancia, no existen
contradicciones en la Palabra de Dios. El Dr. Packer no sólo ha
sido incansable
en su defensa de la teología cristiana, sino que ha sido
igualmente incansable
en su brillante defensa de la inerrancia de la Biblia. Si la Biblia
contuviese
antinomias en el sentido de contradicciones reales, eso sería el
fin de la
inerrancia.
Algunos
verdaderamente sostienen que existen contradicciones reales en la
verdad
divina. Piensan que la inerrancia es compatible con ellas. La
inerrancia
significaría entonces que la Biblia revela inerrantemente las
contradicciones
de la verdad de Dios. Por supuesto, si pensamos por un momento,
quedaría claro
que si la verdad de Dios es una verdad contradictoria, entonces no es
verdad en
absoluto. Ciertamente, la misma palabra verdad estaría
vacía de significado. Si
las contradicciones pueden ser verdad, no habría manera alguna
de discernirla
diferencia entre la verdad y una mentira. Esta es la razón por
la que estoy
convencido de que el Dr. Packer utiliza antinomia cuando quiere decir
paradoja
y no contradicción.
3. Misterio.
El término misterio se refiere a aquello que es verdad pero que
no entendemos.
La Trinidad, por ejemplo, es un misterio. No puedo penetrar en el
misterio de
la Trinidad o de la encamación de Cristo con mi débil
mente. Tales verdades son
demasiado elevadas para mí. Sé que Jesús era una
persona con dos naturalezas,
pero no puedo entender cómo puede ser eso. El mismo tipo de cosa
se encuentra
en la esfera natural. ¿Quién entiende la naturaleza de la
gravedad, o aun del
movimiento? ¿Quién ha penetrado en los misterios finales
de la vida? ¿Qué
filósofo ha sondeado las profundidades del significado del ser
humano? Estos
son misterios. No son contradicciones.
Es fácil confundir el misterio con la
contradicción.
No entendemos ninguno de los dos. Nadie entiende una
contradicción porque las
contradicciones son intrínsecamente ininteligibles. Ni siquiera
Dios puede
entender una contradicción. Las contradicciones son absurdas.
Nadie puede
darles sentido. Los misterios pueden ser entendidos. El Nuevo
Testamento nos
revela cosas que estaban ocultas y no entendidas en los tiempos el
Antiguo
Testamento. Hay cosas que en otros tiempos nos resultaban misteriosas,
pero que
ahora entendemos. Esto no significa que todo lo que ahora es un
misterio para
nosotros quedará claro un día, sino que muchos misterios
actuales quedarán
desentrañados. Algunos serán desentrañados en este
mundo. No hemos alcanzado
aún los límites del descubrimiento humano. Sabemos
también que en el cielo se
nos revelarán cosas que se hallan aún ocultas. Pero aun
en el cielo no
comprenderemos plenamente el significado de la infinidad. Para entender
eso
plenamente, tendríamos que ser infinitos. Dios puede entender la
infinidad no
porque opere sobre la base de alguna clase de sistema lógico
celestial, sino
porque El mismo es infinito. Tiene una perspectiva infinita.
Permítaseme expresarlo de otra manera: Todas las
contradicciones son misteriosas. No todos los misterios son
contradicciones. El
cristianismo concede amplio lugar a los misterios. No tiene lugar para
las
contradicciones. Los misterios pueden ser verdad. Las contradicciones
nunca
pueden ser verdad, ni aquí en nuestras mentes, ni allí en
la mente de Dios.
Permanece la gran cuestión. El gran debate que remueve el
caldero de la
controversia se centra en la cuestión: "¿Cómo
afecta la predestinación a
nuestro libre albedrío?"
Resumen del
capítulo
1.
Definición de la predestinación.
"La predestinación significa que nuestro destino
final, el cielo o el infierno, está decidido por Dios antes que
nazcamos."
2.
La soberanía de Dios. Dios es la autoridad suprema del cielo y
la Tierra.
3.
Dios es el poder supremo. Toda otra autoridad y poder están
sometidos a Dios.
4.
Si Dios no es soberano, no es Dios
5.
Dios ejerce su soberanía de tal manera que no obra el mal ni
viola la libertad
humana.
6.
El primer acto pecaminoso del hombre es un misterio. El hecho de que
Dios
permitiera pecar a los hombres no refleja nada malo en Dios.
7.
Todos los cristianos afrontan la difícil cuestión de por
qué Dios, que
teóricamente podría salvar a todos, escoge salvar a
algunos, pero no a todos.
8.
Dios no le debe la salvación a nadie.
9.
La misericordia de Dios es voluntaria. No está obligado a ser
misericordioso.
Se reserva el derecho de tener misericordia de quien quiera tener
misericordia.
10.
La soberanía de Dios y la libertad del hombre no son
contradictorias.
3
La
predestinación parece arrojar una sombra sobre el corazón
mismo de la libertad
humana. Si Dios ha decidido nuestros destinos desde toda la eternidad,
esto
sugiere fuertemente que nuestras elecciones libres no son sino
charadas,
ejercicios vacíos en una comedia predeterminada. Es como si Dios
nos escribiera
el guión en detalle, y nosotros estuviésemos llevando a
cabo meramente la
puesta en escena.
Para
conseguir un asidero en la desconcertante relación entre la
predestinación y el
libre albedrío, debemos en primer lugar definir el libre
albedrío. La definición
misma es objeto de mucho debate. Probablemente, la definición
más corriente
dice que el libre albedrío es la capacidad de hacer elecciones
sin ningún
prejuicio, inclinación o disposición previos. Para que la
voluntad sea libre,
debe actuar desde una posición de neutralidad, sin prejuicio
alguno en
absoluto.
Aparentemente,
esto resulta muy atractivo. No existen elementos represivos, ya sea
interno o
externo, que se hallen presentes. Bajo la superficie, sin embargo, hay
dos
graves problemas al acecho. Por una parte, si hacemos nuestras
elecciones
estrictamente desde una posición neutral, sin inclinación
previa alguna,
entonces hacemos las elecciones sin razón alguna. Si no tenemos
razón alguna
para nuestras elecciones, si nuestras elecciones son completamente
espontáneas,
entonces nuestras elecciones no tienen significado moral. Si una
elección tiene
lugar simplemente -surge porqué sí, sin ton ni son-
entonces no puede ser
juzgada buena o mala. Cuando Dios evalúa nuestras elecciones,
Él está interesado
en nuestros motivos.
Consideremos
el caso de José y sus hermanos. Cuando José fue vendido a
la esclavitud por sus
hermanos, la providencia de Dios estaba actuando. Años
más tarde, cuando José
se reunió de nuevo con sus hermanos en Egipto, les
declaró: "Vosotros pensasteis mal
contra mí, mas Dios lo encaminó
a bien" (Gn. 50:20). El motivo fue aquí el factor
decisivo que
determinó si la acción era buena o mala. La
implicación de Dios en el dilema de
José fue buena; la implicación de los hermanos fue mala.
Había una razón por la
que los hermanos de José le vendieron a la esclavitud.
Tenían una motivación
mala. Su decisión no fue espontánea ni neutral. Estaban
celosos de su hermano.
Su elección de venderlo fue dictada por sus malos deseos.
El
segundo problema que esta popular idea afronta no es tanto moral como
racional.
Si no existe una inclinación, deseo o tendencia, previos, ni
motivación o razón
para una elección, ¿cómo puede hacerse
jamás una elección? Si la voluntad es
totalmente neutral, ¿por qué habría de escoger la
derecha o la izquierda? Es
algo así como el problema que afrontó
Consideremos
el dilema de
Otra
famosa ilustración del mismo problema se encuentra en la
historia de la mula de
voluntad neutral. La mula no tenía deseos previos, o deseos
iguales en dos
direcciones. Su propietario puso una cesta de avena a su izquierda y
una cesta
de trigo a su derecha. Si la mula no tenía deseo alguno por la
avena o por el
trigo, no escogería ninguno de los dos y moriría de
inanición. Si tenía
exactamente la misma disposición hacia la avena que hacia el
trigo, aún moriría
de inanición. Su igualada disposición la dejaría
paralizada. No habría motivo
alguno. Sin motivo, no habría elección. Sin
elección, no habría alimento. Sin
alimento, pronto no habría mula.
Debemos
rechazar la teoría de la voluntad neutral no sólo por ser
irracional, sino
porque, como veremos, es radicalmente antibíblica. Los
pensadores cristianos
nos han dado dos importantísimas definiciones del libre
albedrío.
Consideraremos primero la definición ofrecida por Jonathan
Edwards en su obra
clásica On the freedom of the will (Sobre la libertad
de la voluntad).
Edwards definía la voluntad como "la mente escogiendo". Antes de
poder hacer elecciones morales, debemos tener primero alguna idea de
qué es lo
que estamos escogiendo. Nuestra selección se basa entonces sobre
lo que la
mente aprueba o rechaza. Nuestro entendimiento de los valores juega un
papel
crucial en nuestras decisiones. Mis inclinaciones y motivos, al igual
que mis
elecciones en sí, están moldeados por mi mente.
Además, si la mente no está
implicada, entonces se hace la elección por ninguna razón
y sin razón alguna.
Es, pues, un acto arbitrario y moralmente absurdo. El instinto y la
elección
son dos cosas diferentes.
Una
segunda definición del libre albedrío es "la
capacidad de escoger lo
que queremos". Esto se apoya en el importante fundamento del deseo
humano. Tener libre albedrío es ser capaz de escoger conforme a
nuestros deseos.
Aquí el deseo juega un papel vital en cuanto a proveer una
motivación o una
razón para hacer una elección. Ahora viene la parte
engañosa. Según Edwards, un
ser humano no sólo es libre para escoger lo que desee, sino que
debe escoger lo
que desea, para ser capaz de escoger en absoluto. Lo que yo llamo ley
de la
elección de Edwards es esto: "La voluntad siempre escoge
según su más
fuerte inclinación en el momento." Esto significa que toda
elección es
libre y toda elección está determinada.
Dije
que esto era engañoso. Parece una flagrante contradicción
decir que toda
elección es libre y, sin embargo, que toda elección
esté determinada. Pero
"determinada" aquí no significa que algún agente externo
fuerce la
voluntad. Por el contrario, se refiere a nuestra motivación o
deseo interno. En
resumen, la ley es ésta: nuestras elecciones están
determinadas por nuestros
deseos. Continúan siendo nuestras elecciones porque están
motivadas por
nuestros propios deseos. Esto es lo que llamamos
autodeterminación, que es la
esencia de la libertad.
Piensa
por un momento en tus propias elecciones. ¿Cómo y por
qué las haces? En este
mismo instante estás leyendo las páginas de este libro.
¿Por qué? ¿
Pero
las circunstancias no son todas iguales, ¿verdad? Si
estás leyendo esto por
algún tipo de deber o para cumplir una petición,
aún tienes que tomar una
decisión acerca de cumplir la petición o no cumplirla. Es
obvio que decidiste
que te resultaba mejor o más deseable leer esto que dejarlo sin
leer. De esto
puedo estar seguro, pues de lo contrario no estarías
leyéndolo ahora mismo.
Toda
decisión que tomas la tomas por una razón. La
próxima vez que vayas a un lugar
público y escojas un asiento (en un teatro, clase, iglesia),
pregúntate por qué
estás sentado donde lo estás. Quizá sea el
único asiento disponible, y
prefieres sentarte en lugar de estar de pie. Quizá descubras que
surge un
modelo casi inconsciente en tus decisiones en cuanto a sentarte.
Quizá
descubras que, siempre que te es posible, te sientas hacia el frente de
la sala
o hacia el final. ¿Por qué? Quizá tenga que ver
algo con tu vista. Quizá seas
tímido o gregario. Puede que pienses que te sientas donde te
sientas por
ninguna razón, pero el asiento que escojas lo escogerás
siempre por la
inclinación más fuerte que tengas en el momento de la
decisión. Esa inclinación
puede ser meramente que el asiento más cercano está libre
y no te gusta andar
largas distancias para encontrar un lugar donde sentarte.
Ahora
bien, en igualdad de circunstancias, me gustaría tener un cuerpo
delgado y
esbelto. No me gusta que me queden estrechos los trajes y que las
viejecitas me
den palmaditas en el estómago. Dar palmaditas en el
estómago parece una
tentación irresistible para algunas personas. Sé que debo
librarme de esos
kilos de más. Tengo que dejar de comer helados. Así pues,
me pongo a dieta. Me
pongo a dieta porque quiero ponerme a dieta. Quiero perder peso. Deseo
mejorar
mi apariencia. Todo va bien hasta que alguien me invita a ir a
Swenson's.
Swenson's hace los mejores super helados del mundo. Sé que no
debería ir a
Swenson's. Pero me gusta ir a Swenson's. Cuando llega el momento de la
decisión, me veo enfrentado con deseos conflictivos. Tengo
deseos de estar
delgado y tengo deseos de tomar helados. Cualquiera de los deseos que
sea más
fuerte al tiempo de la decisión es el deseo que escogeré.
Es así de sencillo.
Consideremos
ahora a mi esposa. Al prepararnos para celebrar nuestras bodas de
plata, me doy
cuenta que ella tiene exactamente el mismo peso que tenía el
día que nos
casamos. Su vestido de novia aún le queda perfectamente. No
tiene grandes
problemas con los helados. La mayoría de las heladerías
sólo disponen de
helados de vainilla, chocolate y fresas. Cualquiera de estos sabores
hace que
se me vuelva agua la boca, pero no suponen tentación alguna para
mi esposa.
¡Ah! Pero ahí está Baskin Robbins. Ahí
tienen nueces confitadas y helados de
nata. Cuando vamos de paseo y pasamos por Baskin Robbins, a mi mujer le
ocurre
una extraña transformación. Aminora el paso, las manos se
le vuelven pegajosas
y casi puedo detectar el comienzo de la salivación. (Digo
salivación, no
salvación.) Ella experimenta ahora el conflicto de deseos que me
asaltan a mí
diariamente.
Siempre
escogemos según nuestras inclinaciones más fuertes en el
momento. Aun los actos
externos de represión no pueden quitarnos totalmente la
libertad. La represión
implica actuar con algún tipo de fuerza, imponiendo elecciones a
las personas
que, por su propia cuenta, no harían. Ciertamente, no siento
deseo alguno de
pagar el tipo de impuestos que el gobierno me hace pagar. Puedo rehusar
pagarlos, pero las consecuencias son menos deseables que pagarlos.
Amenazándome
con la cárcel, el gobierno puede imponerme su voluntad para que
pague los
impuestos.
O
consideremos el caso de un robo a mano armada. Un hombre armado se me
acerca y
dice: "La cartera o la vida." Con esto ha reducido mis opciones
simplemente a dos. En igualdad de circunstancias, no tendría
ningún deseo de
donarle mi dinero. Existen instituciones benéficas mucho
más dignas que él.
Pero, de repente, mis deseos han cambiado como resultado de la
presión externa
que ha ejercido sobre mí. Está utilizando la fuerza para
provocar ciertos
deseos dentro de mí. Ahora debo escoger entre mi deseo de vivir
y mi deseo de
darle mi dinero. Lo mejor sería darle el dinero, porque si me
mata, se llevará
mi dinero en cualquier caso. Algunos rehusarían, diciendo:
"Prefiero morir
antes que escoger entregar mi dinero a este hombre armado.
Tendrá que tomarlo
de mi cadáver."
En cualquier
caso, se hace una elección. Y se hace según la
inclinación más fuerte en ese
momento. Piensa, si puedes, en alguna elección que hayas hecho
jamás que no
fuese según la inclinación más fuerte que tuvieras
en el momento de la
decisión. ¿Qué del pecado? Todo cristiano tiene
algún deseo en su corazón de
obedecer a Cristo. Amamos a Cristo y queremos agradarle. Sin embargo,
todo
cristiano peca. La cruda verdad es que en el momento de nuestro pecado
deseamos
el pecado más fuertemente de lo que deseamos obedecer a Cristo.
Si siempre
deseáramos obedecer a Cristo más que lo que deseamos
pecar, nunca pecaríamos.
¿No
enseña una cosa diferente el apóstol Pablo? ¿No
nos relata una situación en la
que él actúa contra sus deseos? Dice en Romanos: "No
hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago" (Rom.
7:19).
Aquí parece como si, bajo la inspiración de
Dios el Espíritu Santo,
Pablo está enseñando claramente que hay ocasiones en las
que actúa contra su
más fuerte inclinación.
Es
extremadamente improbable que el apóstol nos esté dando
aquí una revelación acerca
de la actuación técnica de la voluntad. Por el contrario,
está afirmando
claramente lo que todos nosotros hemos experimentado. Todos tenemos
deseos de
huir del pecado. El síndrome de "en igualdad de circunstancias"
está
aquí en perspectiva. En igualdad de circunstancias,
desearía ser perfecto.
Querría librarme del pecado, exactamente como me gustaría
librarme de mi exceso
de peso. Pero mis deseos no permanecen constantes. Fluctúan.
Cuando tengo el
estómago lleno, es fácil seguir una dieta. Cuando tengo
el estómago vacío, mi
nivel de deseos cambia. Las tentaciones surgen con el cambio de mis
deseos y
apetitos. Entonces hago cosas que, en circunstancias normales, no
querría
hacer.
Pablo
nos expone el conflicto tan real de los deseos humanos, deseos que
resultan en
malas elecciones. El cristiano vive en un campo de batalla de deseos
conflictivos. El crecimiento cristiano implica el fortalecimiento de
los deseos
de agradar a Cristo acompañado del debilitamiento de los deseos
de pecar. Pablo
lo llamaba la lucha entre la carne y el Espíritu.
Decir
que siempre escogemos según nuestra inclinación
más fuerte en el momento es
decir que siempre escogemos lo que queremos. En el momento mismo de la
elección, estamos libres y autodeterminados. Estar
autodeterminado no es lo
mismo que determinismo. El determinismo significa que estamos forzados
o
presionados a hacer cosas por fuerzas externas. Las fuerzas externas
pueden,
como hemos visto, limitar severamente nuestras opciones, pero no pueden
destruir la elección completamente. No pueden imponer delicia en
cosas que
odiamos. Cuando eso ocurre, cuando el odio se vuelve una delicia, es
cuestión
de persuasión, no de presión. No puedo ser forzado a
hacer aquello que ya me
produce deleite hacer.
La
idea neutral del libre albedrío es imposible. Implica
elección sin deseo. Es
como tener un efecto sin una causa. Es algo que procede de nada, lo
cual es
irracional. La Biblia deja claro que escogemos por causa de nuestros
deseos. Un
deseo inicuo produce elecciones inicuas y acciones inicuas. Un deseo
piadoso
produce hechos piadosos. Jesús habló en términos
de árboles malos produciendo
frutos malos. Una higuera no produce manzanas, y un manzano no produce
higos.
Así también, los deseos rectos producen elecciones
rectas, y los malos deseos
producen elecciones malas.
Capacidad
moral y natural
Jonathan
Edwards hizo otra distinción que sirve para entender el concepto
bíblico del
libre albedrío. Él distinguía entre capacidad
natural y capacidad moral. La
capacidad natural tiene que ver con los poderes que recibimos como
seres
humanos naturales. Como ser humano, tengo la capacidad natural de
pensar,
andar, hablar, ver, oír y, sobre todo, hacer elecciones. Yo
carezco de ciertas
capacidades naturales. Otras criaturas pueden poseer la capacidad de
volar sin
la ayuda de máquinas. Yo no tengo esa capacidad natural.
Podría desear elevarme
en el aire como Superman, pero no tengo esa capacidad. La razón
por la que no
puedo volar no es debida a una deficiencia moral en mi carácter,
sino porque mi
Creador no me ha dado el equipamiento natural necesario para volar. No
tengo
alas.
La
voluntad es una capacidad natural que nos ha sido dada por Dios.
Tenemos todas
las facultades naturales necesarias para hacer elecciones. Tenemos una
mente y
tenemos una voluntad. Tenemos la capacidad natural de escoger lo que
deseamos.
¿Cuál es, pues, nuestro problema? Según la Biblia,
la localización de nuestro
problema está clara. Está en la naturaleza de nuestros
deseos. Este es el punto
focal de nuestra condición caída. La Escritura declara
que el corazón del
hombre caído abriga continuamente deseos que son solamente
inicuos (Gn. 6:5).
La
Biblia tiene mucho que decir acerca del corazón del hombre. En
la Escritura, el
corazón se refiere no tanto a un órgano que bombea la
sangre a través del
cuerpo como al centro del alma, el asiento más profundo de los
afectos humanos.
Jesús vio una estrecha relación entre la ubicación
de los tesoros del hombre y
los deseos de su corazón. Encuentra el mapa del tesoro de un
hombre, y tendrás
el camino a su corazón.
Edwards
declaraba que el problema del hombre con respecto al pecado reside en
su
capacidad moral, o carencia de la misma. Antes que una persona pueda
hacer una
elección que sea agradable a Dios, debe tener primero el deseo
de agradar a
Dios. Antes que podamos encontrar a Dios, debemos tener primero el
deseo de
buscarle. Antes que podamos escoger el bien, debemos tener primero un
deseo
hacia el bien. Antes que podamos escoger a Cristo, debemos tener
primero un
deseo hacia Cristo. La esencia de todo el debate sobre la
predestinación
consiste plenamente en este punto: ¿Tiene el hombre
caído, en y por sí mismo,
un deseo natural por Cristo?
Edwards
responde a esta pregunta con un enfático " ¡no!" Insiste
que, en la
Caída, el hombre perdió su deseo original hacia Dios.
Cuando perdió ese deseo,
algo ocurrió con su libertad. Perdió la capacidad moral
de escoger a Cristo.
Para escoger a Cristo, el pecador debe tener primero un deseo de
escoger a
Cristo. O bien tiene ya ese deseo dentro de sí, o debe recibir
ese deseo de
Dios. Edwards y todos los que abrazan la idea reformada de la
predestinación
están de acuerdo en que, si Dios no planta ese deseo en el
corazón humano,
nadie, por sí mismo, escogerá jamás libremente a
Cristo. Los seres humanos
rechazarán el Evangelio siempre y en todo lugar, precisamente
porque no desean
el Evangelio. Rechazarán a Cristo siempre y en todo lugar,
porque no desean a
Cristo. Rechazarán libremente a Cristo en el sentido de que
actuarán conforme a
sus deseos.
En
este momento no estoy tratando de probar la verdad de la idea de
Edwards. Hacer
eso requiere una observación detenida del punto de vista
bíblico de la
capacidad o incapacidad moral del hombre. Haremos esto posteriormente.
Debemos
también responder la pregunta: "Si el hombre carece de capacidad
moral
para escoger a Cristo, ¿cómo puede Dios hacerle
responsable de no escoger a
Cristo? Si el hombre nace en un estado de incapacidad moral, sin deseo
alguno
por Cristo, ¿no tiene entonces Dios la culpa de que los hombres
no escojan a
Cristo? Una vez más ruego al lector que tenga paciencia, con la
promesa de que
consideraré pronto estas importantes cuestiones.
La
idea de san Agustín acerca de la libertad
Al
igual que Edwards hizo una distinción crucial entre la capacidad
natural y la
capacidad moral, así también Agustín, antes que
él, hizo una distinción
similar. Agustín encaró el problema diciendo que el
hombre caído tiene libre
albedrío, pero carece de libertad. A primera vista, parece una
extraña
distinción. ¿Cómo puede alguien tener libre
albedrío y, sin embargo, no tener
libertad?
Agustín
estaba yendo a parar a lo mismo que Edwards. El hombre caído no
ha perdido su
capacidad para hacer elecciones. El pecador es capaz aún de
escoger lo que
quiere; puede actuar aún según sus deseos. Sin embargo,
debido a que sus deseos
son corruptos, no tiene la libertad real de los que son liberados para
justicia. El hombre caído se halla en un grave estado de
esclavitud moral. Ese
estado de esclavitud se llama pecado original.
El
pecado original es un tema muy difícil que prácticamente
toda denominación
cristiana ha tenido que afrontar. La Caída del hombre se
enseña tan claramente
en la Escritura que no podemos construir una idea del hombre sin
tomarla en
consideración. Hay pocos cristianos, si es que los hay, que
argumenten que el
hombre no está caído. Sin reconocer que estamos
caídos, no podemos reconocer
que somos pecadores. Si no reconocemos que somos pecadores,
difícilmente podemos
acudir a Cristo como nuestro Salvador. Admitir nuestra condición
caída es un
requisito previo para ir a Cristo.
Es
posible admitir que estamos caídos sin abrazar alguna doctrina
del pecado
original, pero sólo con severas dificultades en el proceso. No
es por accidente
que casi todos los colectivos cristianos han formulado alguna doctrina
del
pecado original. En este punto hay multitudes de cristianos que
están en
desacuerdo. Estamos de acuerdo en que debemos tener una doctrina del
pecado
original, pero aún hay mucho desacuerdo en cuanto al concepto
del pecado
original y su extensión.
Comencemos
afirmando lo que no es el pecado original. El pecado original no es el
primer
pecado. El pecado original no se refiere específicamente al
pecado de Adán y
Eva. El pecado original se refiere al resultado del pecado de
Adán y Eva. El
pecado original es el castigo dado por Dios al primer pecado. Es
más o menos lo
siguiente: Adán y Eva pecaron. Ese es el primer pecado. Como
resultado de su
pecado, la humanidad se hundió en la ruina moral. La naturaleza
humana sufrió
una caída moral. Las cosas cambiaron para nosotros
después de cometerse el
primer pecado. La raza humana se volvió corrupta. Esta
corrupción subsiguiente
es lo que la Iglesia llama pecado original.
El
pecado original no es un acto pecaminoso específico. Es una
condición de
pecado. El pecado original se refiere a una naturaleza de pecado, de la
cual
fluyen actos pecaminosos en particular. Es decir, cometemos pecados
porque está
en nuestra naturaleza pecar. El pecar no estaba en la naturaleza
original del
hombre, pero, tras la Caída, su naturaleza moral cambió.
Ahora, debido al
pecado original, tenemos una naturaleza caída y corrupta. El
hombre caído, como
declara la Biblia, nace en pecado. Está "bajo" el pecado. Por
naturaleza somos hijos de ira. No nacemos en un estado de inocencia.
John
Gerstner fue invitado una vez a predicar en una iglesia local
presbiteriana.
Fue saludado en la puerta por los ancianos de la iglesia, quienes
explicaron
que el orden de culto para el día incluía la
administración del sacramento del
bautismo infantil. El Dr. Gerstner accedió a realizar el culto.
Entonces uno de
los ancianos explicó una tradición especial de la
iglesia. Pidió al Dr.
Gerstner que presentara una rosa blanca a cada uno de los padres del
niño antes
del bautismo. El Dr. Gerstner inquirió acerca del significado de
la rosa
blanca. El anciano respondió: "Presentamos la rosa blanca como
símbolo de
la inocencia del niño delante de Dios." "Ya veo",
respondió el Dr.
Gerstner. "¿Y qué simboliza el agua?"
Imagínate
la consternación del anciano cuando trató de explicar el
propósito simbólico de
lavar el pecado de bebés inocentes. La confusión de esta
congregación no es
única. Cuando reconocemos que los infantes no son culpables de
cometer actos
específicos de pecado, es fácil precipitarse a la
conclusión de que, por tanto,
son inocentes. Este es un gran salto teológico hacia un
montón de espadas.
Aunque el infante es inocente de actos específicos de pecado,
aún es culpable
del pecado original. Para entender la idea reformada de la
predestinación, es
absolutamente necesario entender la idea reformada del pecado original.
Los dos
asuntos están en pie o caen juntos (no pretendo con esto hacer
un juego de
palabras).
La
idea reformada sigue el pensamiento de Agustín. Agustín
explica el estado de
Adán antes de la Caída y el estado de la humanidad tras
la Caída. Antes de la
Caída, Adán gozaba de dos posibilidades: tenía
la capacidad de pecar y la
capacidad de no pecar. Tras la Caída, Adán
tenía la capacidad de pecar y la
incapacidad de no pecar. La idea de la "incapacidad de no" nos
resulta un poco confusa, porque en español es una doble
negación. La fórmula
latina de Agustín era nonposse nonpeccare. Expresado de
otra manera,
significa que, tras la Caída, el hombre era moralmente incapaz
de vivir sin
pecado. La capacidad de vivir sin pecado se perdió en la
Caída. Esta
incapacidad moral es la esencia de lo que llamamos pecado original.
Cuando
nacemos de nuevo, se alivia nuestra esclavitud al pecado.
Después de ser
vivificados en Cristo, tenemos una vez más la capacidad de pecar
y la capacidad
de no pecar. En el cielo tendremos la incapacidad de pecar. Observemos
esto con
un diagrama:
el hombre antes de la
caída
el hombre tras la caída
capaz de
pecar
capaz de pecar
capaz de no
pecar
incapaz de no pecar
el
hombre nacido de
nuevo
el hombre glorificado
capaz de
pecar
capaz de no pecar
capaz de no
pecar
incapaz de pecar
El
diagrama muestra que el hombre antes de la Caída, tras la
Caída y después de
nacer de nuevo es capaz de pecar. Antes de la Caída es capaz de
no pecar. Esta
capacidad, la capacidad de no pecar, está perdida en la
Caída. Se restaura
cuando una persona nace de nuevo y continúa en el cielo. En la
creación, el
hombre no sufría una incapacidad moral. La incapacidad moral es
un resultado de
la Caída. Para expresarlo de otra manera: antes de la
Caída, el hombre era
capaz de refrenarse de pecar; después de la Caída el
hombre ya no era capaz de
refrenarse de pecar. Eso es lo que llamamos el pecado original. Esta
incapacidad moral o esclavitud moral es vencida por el nuevo nacimiento
espiritual. El nuevo nacimiento nos libera del pecado original. Antes
del nuevo
nacimiento, aún tenemos una voluntad libre, pero no tenemos esta
liberación del
poder del pecado, lo que Agustín llamaba "libertad".
La
persona que nace de nuevo puede aún pecar. La capacidad de pecar
no es
eliminada hasta que seamos glorificados en el cielo. Tenemos la
capacidad de
pecar, pero ya no estamos bajo la esclavitud del pecado original. Hemos
sido
liberados. Esto, por supuesto, no significa que ahora vivamos vidas
perfectas.
Aún pecamos. Pero nunca podemos decir que pecamos debido a que
eso es lo único
que nuestras naturalezas caídas tienen la capacidad de hacer.
La
idea de Jesús acerca de la capacidad moral
Hemos
bosquejado brevemente las ideas de Jonathan Edwards y san
Agustín acerca del
tema de la incapacidad moral. Pienso que son útiles, y
también estoy persuadido
que son correctas. Sin embargo, a pesar de su autoridad como grandes
teólogos,
ninguno de ellos puede demandar de nosotros nuestra sumisión
absoluta a su
enseñanza. Ambos son falibles. Para el cristiano, la
enseñanza de Jesús es otro
asunto. Para nosotros, y para cualquier otro también, si
Jesús es ciertamente
el Hijo de Dios, la enseñanza de Jesús debe ligar
nuestras conciencias. Su
enseñanza acerca de la cuestión de la capacidad moral del
hombre es
definitiva. Una de las enseñanzas más importantes
de Jesús acerca de este
asunto se encuentra en el Evangelio de
Observemos
atentamente este versículo. El primer elemento de esta
enseñanza es una
negación universal. La palabra "ninguno" incluye a todos. No
permite
excepción alguna aparte de las excepciones que añade
Jesús. La siguiente
palabra es crucial. Es la palabra puede. Esto tiene que ver con
capacidad, no
con permiso. En este pasaje, Jesús no está diciendo: "A
nadie se le
permite venir a mí..." Está diciendo: "Ninguno es capaz
de venir a
mí..."
La
siguiente palabra en el pasaje es también vital. "Si no" se
refiere a
lo que llamamos una condición necesaria. Una condición
necesaria se refiere a
algo que debe ocurrir antes que pueda ocurrir otra cosa. El significado
de las
palabras de Jesús es claro. No es posible que un ser humano
venga a Cristo si
no ocurre algo que haga posible que venga. Esa condición
necesaria Jesús
declara ser: "le fuere dado del Padre." Jesús está
diciendo aquí que
la capacidad para ir a él es un don de Dios. El hombre no tiene
la capacidad,
en y por sí mismo, de ir a Cristo. Dios debe hacer algo antes.
El
pasaje enseña esto al menos: no está dentro de la
capacidad natural del hombre
caído el ir a Cristo por sí mismo, sin alguna clase de
asistencia divina. Hasta
aquí, al menos, Edwards y Agustín están totalmente
de acuerdo con la enseñanza
de nuestro Señor. La cuestión que permanece aún es
ésta: ¿Da Dios la capacidad
de ir a Jesús a todos los hombres? La idea reformada de la
predestinación dice
que no. Algunas otras ideas acerca de la predestinación dicen
que sí. Pero una
cosa es cierta; el hombre no puede hacerlo por sus propias fuerzas sin
alguna
clase de ayuda por parte de Dios.
¿Qué
clase
de ayuda se requiere? ¿Hasta dónde debe ir Dios para
vencer nuestra incapacidad
natural para ir a Cristo? Encontramos una pista en otro lugar del mismo
capítulo. En efecto, hay otras dos afirmaciones hechas por
Jesús que hacen
referencia directamente a esta cuestión.
Un
poco antes en el capítulo 6 del Evangelio de
Estoy
persuadido de que la explicación anterior, que es tan popular,
es incorrecta.
Hace violencia al texto de la Escritura, particularmente al significado
bíblico
de la palabra traer. La palabra griega que se utiliza es elko.
El Theological
Dictionary of the New Testament de Kittel la define diciendo que
significa
compeler mediante superioridad irresistible. Lingüística y
lexicográficamente,
la palabra significa "compeler".
Compeler
es un concepto mucho más fuerte que galantear. Para ver esto
más claramente,
observemos por un momento otros dos pasajes en el Nuevo Testamento
donde se
utiliza la misma palabra griega. En Santiago 2:6 leemos: "Pero vosotros habéis afrentado al pobre.
¿No os
oprimen los ricos y no son ellos los mismos que os arrastran a los
tribunales?" Adivina qué palabra en este pasaje es la
misma
palabra griega que en otro lugar se traduce por la palabra
española traer. Es
la palabra arrastrar. Reemplacemos ahora la palabra galantear en el
texto.
Entonces se leería de la siguiente manera: "¿No os
oprimen los ricos y no
son ellos los mismos que os galantean a los tribunales?"
La
misma palabra ocurre en Hechos 16:19. "Viendo
sus amos que había desaparecido la esperanza de su ganancia,
prendieron a Pablo
y a Silas, y los arrastraron hasta la plaza pública, ante las
autoridades"
(RVR 77). Una vez más, intenta sustituir la palabra galantear
por la palabra
arrastrar. Pablo y Silas no fueron arrestados y luego galanteados para
que
fuesen a la plaza.
En
cierta ocasión se me pidió debatir la doctrina de la
predestinación en un foro
público en un seminario arminiano. Mi oponente era el titular
del departamento
de Nuevo Testamento del seminario. En un punto crucial en el debate
fijamos
nuestra atención en el pasaje acerca del Padre trayendo a la
gente. Mi oponente
fue el que sacó a colación el pasaje como texto de prueba
para apoyar su
pretensión de que Dios nunca fuerza o compele a nadie a ir a
Cristo. Insistía
que la influencia divina sobre el hombre caído estaba
restringida a traer, lo
cual interpretaba como queriendo decir galantear.
En
ese punto del debate le remití rápidamente a Kittel y a
los otros pasajes en el
Nuevo Testamento que traducen la palabra arrastrar. Estaba seguro de
haberle
puesto en un aprieto. Estaba seguro de que se había metido en
una dificultad
insoluble para su propia posición. Pero me sorprendió. Me
tomó completamente
descuidado. Nunca olvidaré aquel momento angustioso cuando
citó una referencia
de un oscuro poeta griego en el cual se utilizaba la misma palabra
griega para
describir la acción de sacar agua de un pozo. Me miró y
dijo: "Bueno,
profesor Sproul, ¿arrastra uno agua de un pozo?"
Instantáneamente, la
audiencia soltó una carcajada ante esta sorprendente
revelación del significado
alternativo de la palabra griega. Me quedé parado con cara de
tonto.
Cuando
cesaron las carcajadas respondí: "No, señor. Debo admitir
que no
arrastramos agua de un pozo. Pero ¿cómo sacamos el agua
de un pozo? ¿La
galanteamos? ¿Nos ponemos de pie encima del pozo y gritamos:
'Agua, agua, agua,
ven aquí'?" Es tan necesario que Dios venga a nuestros corazones
para
volvernos a Cristo como lo es para nosotros poner el cubo en el agua y
sacarlo
si queremos beber algo. El agua, simplemente no viene por sí
misma,
respondiendo a una mera invitación externa.
Cruciales
como son estos pasajes del Evangelio de
Nos
encontramos aquí con la frase clave el que no. Jesús
está expresando
enfáticamente una condición previa necesaria para la
capacidad de cualquier ser
humano de ver el reino de Dios y entrar en él. Esa
enfática condición previa es
el nuevo nacimiento espiritual. La idea reformada de la
predestinación enseña
que antes que una persona pueda escoger a Cristo, su corazón
debe ser
transformado. Debe nacer de nuevo. Las ideas no reformadas dicen que
las
personas caídas escogen primero a Cristo y luego nacen de nuevo.
Aquí
encontramos personas no regeneradas viendo el reino de Dios y entrando
en él.
En el momento en que una persona recibe a Cristo está en el
reino. No se trata
de creer primero, luego nacer de nuevo y después ser introducido
en el reino.
¿Cómo
puede alguien escoger un reino que no puede ver? ¿Cómo
puede alguien entrar en
el reino sin nacer de nuevo primero? Jesús estaba indicando la
necesidad que
tenía
Un
punto cardinal de la teología reformada es la máxima: "La
regeneración
precede a la fe." Nuestra naturaleza está tan corrompida, el
poder del
pecado es tan grande, que a menos que Dios haga una obra sobrenatural
en
nuestras almas, nunca escogeremos a Cristo. No creemos con objeto de
nacer de
nuevo; nacemos de nuevo con objeto de poder creer.
Es
irónico que en el mismo capítulo, ciertamente en el mismo
contexto, en el cual
nuestro Señor enseña la absoluta necesidad del nuevo
nacimiento para ver
siquiera el reino, no digamos para escogerlo, las ideas no reformadas
encuentran uno de sus principales textos de prueba para argumentar que
el
hombre caído retiene una pequeña isla de capacidad para
escoger a Cristo. Es
¿Qué
enseña este famoso versículo acerca de la capacidad del
hombre caído para
escoger a Cristo? La respuesta, simplemente, es nada. El argumento
utilizado
por los no reformados es que el texto enseña que toda persona en
el mundo tiene
capacidad para aceptar o rechazar a Cristo. Una cuidadosa
observación del texto
revela, sin embargo, que nada enseña al respecto. Lo que el
texto enseña es que
todo aquel que cree en Cristo será salvo. El que haga A (crea)
recibirá B (vida
eterna). El texto nada dice, absolutamente nada, acerca de
quiénes creerán
jamás. Nada dice acerca de la capacidad natural y moral del
hombre caído. Los
reformados y los no reformados están ambos sinceramente de
acuerdo en que todos
los que creen serán salvos. Están sinceramente en
desacuerdo acerca de quién
tiene la capacidad de creer.
Algunos
pueden responder: "Bien. El texto no enseña
explícitamente que los hombres
caídos tengan la capacidad de escoger a Cristo sin haber nacido
de nuevo
primero, pero ciertamente lo implica" No estoy dispuesto a conceder que
el
texto ni aun implique tal cosa. Sin embargo, aun en ese caso no
haría ninguna
diferencia en el debate. ¿Por qué no? Nuestra regla para
interpretar la
Escritura es que las implicaciones sacadas de la Escritura deben
subordinarse
siempre a la enseñanza explícita de la Escritura. Nunca,
nunca, nunca debemos
trastocar esto para subordinar la enseñanza explícita de
la Escritura a
posibles implicaciones sacadas de la Escritura. Esta regla es
compartida tanto
por los pensadores reformados como por los no reformados.
Si
Preguntamos,
pues: "¿Quiénes son los que viven 'según la
carne'?" Pablo
continúa declarando: "Mas
vosotros no vivís
según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en
vosotros" (Ro.
8:9). La palabra crucial aquí es si.
Lo que distingue
a los que viven según la carne de los que no viven según
la carne es la morada
del Espíritu Santo. Dios el Espíritu Santo no mora en
nadie que no haya
nacido de nuevo. Los que viven según la carne no han nacido de
nuevo. A
menos que nazcan de nuevo primero, nazcan del Espíritu Santo, no
pueden
someterse a la ley de Dios. No pueden agradar a Dios.
Dios
nos manda creer en Cristo. El se agrada en aquellos que escogen a
Cristo. Si
los no regenerados pudieran escoger a Cristo, entonces podrían
someterse, al
menos, a uno de los mandatos de Dios y podrían, al menos, hacer
algo que es
agradable a Dios. Si eso es así, entonces el apóstol ha
errado aquí al insistir
que los que viven según la carne no pueden someterse a Dios ni
agradarle.
Concluimos
que el hombre caído es aún libre de escoger lo que desee,
pero debido a que sus
deseos son solamente inicuos, carece de la capacidad moral para ir a
Cristo.
Tanto en cuanto permanezca en la carne, sin regenerar, nunca
escogerá a Cristo.
No puede escoger a Cristo precisamente porque no puede actuar contra su
propia
voluntad. No siente ningún deseo por Cristo. No puede escoger lo
que no desea.
Su caída es grande. Es tan grande que sólo la gracia
eficaz de Dios obrando
en su corazón puede llevarle a la fe.
Resumen
del capítulo 3
1.
Al libre albedrío se le define como "la capacidad de hacer
elecciones
según nuestros deseos".
2.
El concepto de un "libre albedrío neutral", una voluntad sin
disposición o inclinación previa, es una idea falsa del
libre albedrío. Es
tanto irracional como antibíblica.
3.
El verdadero libre albedrío implica una especie de
autodeterminación, que
difiere de la presión procedente de una fuerza externa.
4.
Luchamos con las elecciones, en parte porque vivimos con deseos
conflictivos y
cambiantes.
5.
El hombre caído tiene la capacidad natural de hacer elecciones,
pero carece de
la capacidad moral para hacer elecciones piadosas.
6.
El hombre caído, como dijo san Agustín, tiene "libre
albedrío" pero
carece de "libertad".
7.
El pecado original no es el primer pecado, sino la condición
pecaminosa que es
el resultado del pecado de Adán y Eva.
8.
El hombre caído es "incapaz de no pecar".
9.
Jesús enseñó que el hombre es incapaz de ir a El
sin ayuda divina.
10.
Antes que una persona pueda jamás escoger a Jesús, debe
primero nacer de nuevo.
4
La
Caída de Adán y la mía
Otra
difícil cuestión que
rodea la doctrina de la predestinación es la cuestión de
cómo puede heredarse
de Adán nuestra naturaleza pecaminosa. Si nacemos con una
naturaleza caída, si
nacemos en pecado, si nacemos en un estado de incapacidad moral,
¿Cómo puede
Dios hacernos responsables de nuestros pecados? Recordamos que el
pecado
original no se refiere al primer pecado, sino al resultado de ese
primer
pecado. Las Escrituras hablan repetidamente de la entrada del pecado y
la
muerte en el mundo a través de "la trasgresión de uno".
Como
resultado del pecado de Adán, todos los hombres son ahora
pecadores. La Caída
fue grande. Tuvo repercusiones radicales para toda la raza humana.
Ha habido
muchos intentos
para explicar la relación de la Caída de Adán con
el resto de la humanidad.
Algunas de las teorías presentadas son bastante complejas e
imaginativas. Tres
teorías, sin embargo, han surgido de la lista como las
más ampliamente
aceptadas. La primera de ellas la llamaré la Teoría
Mítica de la Caída.
La
teoría mítica de la Caída
La
teoría mítica de la Caída,
como sugiere el nombre, sostiene que no hubo en realidad una
Caída histórica. A
Adán y Eva no se les considera personas históricas. Son
símbolos mitológicos descritos
para explicar y representar el problema de la corrupción del
hombre. La
historia de la Caída en la Biblia es una especie de
parábola; enseña una
lección moral.
Según
esta teoría, los
primeros capítulos del Génesis son mitológicos.
Jamás hubo un Adán; nunca hubo
una Eva. La estructura misma de la historia sugiere una parábola
o un mito
porque incluye elementos tales como una serpiente que habla y objetos
tan
obviamente simbólicos como el árbol del conocimiento del
bien y del mal.
La verdad
moral comunicada
por el mito es que la gente cayó en el pecado. El pecado es un
problema
universal. Todos cometen pecado; nadie es perfecto. El mito indica una
realidad
más elevada: cada uno es su propio Adán. Toda persona
tiene su propia caída
particular. El pecado es una condición humana universal
precisamente porque
toda persona sucumbe a su propia tentación particular.
Los
elementos atractivos de
esta teoría son importantes. En primer lugar, esta idea absuelve
a Dios
totalmente de cualquier responsabilidad de hacer responsables a las
futuras
generaciones por lo que hizo una pareja. Aquí nadie puede culpar
a sus padres o
a su Creador por su propio pecado. Según este planteamiento, mi
condición caída
es un resultado directo de mi propia caída, no de la de otro.
Una segunda
ventaja de esta
idea es que esquiva toda necesidad de defender el carácter
histórico de los
primeros capítulos de la Biblia. Esta idea no sufre ansiedad
alguna por parte
de ciertas teorías de la evolución o de disputas
científicas acerca de la
naturaleza de la creación. La verdad positiva de un mito nunca
necesita ser
defendida.
Las
desventajas de esta idea,
sin embargo, son más graves. Su fallo más crucial es que
realmente nada ofrece
con respecto a una explicación de la universalidad del pecado.
Si cada uno de
nosotros nace sin una naturaleza pecaminosa, ¿qué
explicación damos a la
universalidad del pecado? Si cuatro mil millones de personas nacieran
sin
inclinación a pecar, sin corrupción en su naturaleza,
podríamos esperar razonablemente
que al menos algunas de ellas se refrenaran de caer. Si nuestro estado
moral
natural es de inocente neutralidad, esperaríamos
estadísticamente que la mitad
de la raza humana permaneciera perfecta. Admito que explicar la
caída de una
persona inocente presenta un enorme problema intelectual. Pero cuando
multiplicamos esa dificultad por los miles de millones de personas que
han
caído, el problema se vuelve varios miles de millones de veces
más difícil.
También admitimos que si una persona creada a la imagen de Dios
pudo caer,
entonces es ciertamente posible que miles de millones puedan caer
igualmente.
Es la probabilidad estadística aquí la que resulta tan
asombrosa. Cuando
pensamos en la caída de una persona, eso es una cosa. Pero si
todos lo hacen,
sin excepción, entonces comenzamos a preguntarnos por
qué. Comenzamos a
preguntarnos si el estado natural del hombre es neutral en absoluto.
La respuesta
general de los
que abogan por la idea mítica es que la gente no nace
universalmente en un
medio ambiente idílico como el Edén. La sociedad es
corrupta. Nacemos en un
medio ambiente corrupto. Somos como el "salvaje inocente" de
Rousseau, que es corrompido por las influencias negativas de la
civilización.
Esta
explicación demanda la
cuestión: ¿Cómo se volvió corrupta la
sociedad o la civilización en primer
lugar? Si todos nacen inocentes, sin traza alguna de corrupción
personal,
esperaríamos encontrar sociedades que no fuesen más que
medio corrompidas. Si
las personas de la misma calaña se juntan, podríamos
encontrar sociedades donde
todas las personas corruptas se agruparan, y otras sociedades donde no
existiera ninguna maldad. La sociedad no puede ser una influencia
corruptora
hasta que primero se vuelva corrupta ella misma. Para explicar la
caída de una
sociedad o civilización entera, debemos afrontarlas dificultades
que ya hemos
indicado.
En otra de
las famosas obras
de Jonathan Edwards, su tratado sobre el pecado original, hace la
importante
observación de que debido a la universalidad del pecado del
hombre, aun si la
Biblia nada dijera acerca de una Caída original de la raza
humana, la razón
demandaría tal explicación. Nada clama más
fuertemente acerca del hecho de que
nacemos en un estado de corrupción que el hecho de que todos
pecamos.
Otra
cuestión espinosa que
surge tiene que ver con la relación entre el pecado y la muerte.
La Biblia deja
claro que la muerte no es "natural" para el hombre. Esto es, se dice
repetidamente que la muerte ha entrado en el mundo como resultado del
pecado.
Si eso es así, ¿qué explicación damos a la
muerte de los infantes? Si todos los
hombres nacen inocentes, sin corrupción innata, Dios
sería injusto por permitir
que bebés que aún no han caído muriesen.
La idea
mitológica de la
Caída debe afrontar también el hecho de que hace una
violencia radical a la
enseñanza de la Escritura. La idea hace algo más que
interpretar meramente los
primeros capítulos de la Biblia como ficticios. Al hacerlo, la
idea se sitúa en
clara oposición a la idea del Nuevo Testamento acerca de la
Caída. Requeriría
una gimnasia intelectual de la más severa especie argüir
que el apóstol Pablo
no enseñó una Caída histórica. Los
paralelos que él traza entre el primer Adán
y el segundo Adán son demasiado fuertes para permitir esto, a
menos que
argumentemos que, en la mente de Pablo, Jesús fuese
también un personaje
mitológico.
Admitimos
que el relato del
Génesis acerca de la Caída contiene algunos elementos
literarios inusuales. La
presencia de un árbol que no sigue el modelo normal de
árboles sigue ciertas
figuras poéticas. Es correcto interpretar la poesía como
poesía, y no como
narración histórica. Por otra parte, existen fuertes
elementos de literatura
narrativa histórica en Génesis 3. La ubicación del
Edén se sitúa en el capítulo
2 en medio de cuatro ríos, incluyendo el Pisón, el
Gihón, el Hidekel (o Tigris)
y el Eufrates.
Sabemos que
las parábolas
pueden enmarcarse en un contexto histórico real. Por ejemplo, la
parábola del
buen samaritano se enmarca en el contexto geográfico del camino
a Jericó. Por
tanto, la mera presencia de ríos históricos reales no
demanda de forma absoluta
que identifiquemos esta sección del Génesis como una
narración histórica.
Existe otro
elemento en el
texto, sin embargo, que es más convincente. El relato de
Adán y Eva contiene
una genealogía significativa. Los romanos, con su afición
a la mitología,
pueden no tener dificultad en trazar su linaje hasta Rómulo y
Remo; pero los
judíos eran, sin duda, más escrupulosos acerca de tales
asuntos. Los judíos tenían
un fuerte compromiso con la historia real. A la luz de la inmensa
diferencia
entre la idea judía de la historia y la idea griega de la
historia, es
impensable que los judíos incluyeran personajes
mitológicos en sus propias
genealogías. En los escritos judíos, la presencia de una
genealogía indica una
narración histórica. Nótese que el historiador del
Nuevo Testamento,
Es mucho
más fácil explicar
un árbol real sirviendo como punto focal de una prueba moral y,
por lo mismo,
siendo llamado un árbol del conocimiento del bien y el mal que
lo es acomodarla
genealogía a una parábola o un mito. Esto, por supuesto,
podría hacerse si
otros factores lo demandaran. Pero no existen tales factores. No hay
una sana razón
por la que no interpretemos Génesis 3 como narración
histórica, y múltiples
razones por las que no tratarlo como una parábola o un mito.
Tratarlo como
historia es tratarlo como lo hicieron los judíos, incluyendo a
Pablo y a Jesús.
Tratarlo de otra manera está generalmente motivado por
algún presupuesto
contemporáneo que nada tiene que ver con la historia
judía.
La
idea realista de la Caída
¿Recuerdas
aquella famosa
serie televisiva titulada “El túnel del tiempo?”
Llevaba a los espectadores,
mediante la magia de la televisión, a escenas históricas
famosas. Pero, en
realidad, no se ha inventado aún ingenio electrónico
alguno que nos haga
retroceder en el tiempo. Vivimos en el presente. Nuestro único
acceso al pasado
es a través de los libros, los artefactos de la
arqueología y nuestras memorias
y las de otros.
Recuerdo
haber enseñado un
curso sobre la Biblia que incluía un breve estudio de los
soldados romanos.
Mencioné el estandarte romano que llevaba las iniciales SPQR.
Pregunté si
alguien sabía lo que aquellas letras significaban. Un querido
amigo de unos
setenta y tantos años exclamó: "Senatus Populas Que
Romanus, 'El senado y
el pueblo de Roma'." Sonreí a mi amigo y dije: " ¡Eres el
único en
esta sala que es lo suficientemente viejo para recordar!"
Ninguno de
nosotros es lo
suficientemente viejo para conservar en la memoria imágenes de
la caída de
Adán. ¿O lo somos? La idea realista de la Caída
propugna que somos lo
suficientemente viejos para recordar la Caída. Debiéramos
ser capaces de
recordarla porque estábamos realmente allí.
El realismo
no es un
ejercicio en alguna especie de reencarnación. Por el contrario,
el realismo es
un intento serio de responder al problema de la Caída. El
concepto clave es
éste: no podemos ser considerados moralmente responsables por un
pecado
cometido por otro. Para ser responsables, debemos haber estado
envueltos
activamente de alguna manera en el pecado mismo. De alguna manera,
debemos
haber estado presentes en la Caída. Realmente presentes. De
ahí el nombre
Realismo.
La idea
realista de la Caída
demanda alguna clase de concepto de la preexistencia del alma humana.
Esto es,
antes de nacer, nuestras almas deben de haber existido ya. Estaban
presentes
con Adán en la Caída. Cayeron juntamente con Adán.
El pecado de Adán no fue
meramente un acto por nosotros; fue un acto con nosotros. Nosotros
estábamos
allí.
Esta
teoría parece
especulativa, quizá grotesca inclusive. Sus defensores, sin
embargo, apelan a
dos textos bíblicos clave como garantía de su idea. El
primero se encuentra en
Ezequiel 18:2-4:
“¿Qué
pensáis vosotros, los que usáis este refrán sobre
la tierra de Israel, que
dice: los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos
tienen la
dentera? Vivo yo, dice el Señor Dios, que nunca más
tendréis por qué usar este
refrán en Israel. He aquí que
todas las almas son mías; como el alma del padre, así el
alma del hijo es mía;
el alma que pecare, ésa morirá”.
Más
adelante
en este capítulo Ezequiel escribe:
“Y si
dijereis: ¿Por qué el
hijo no llevará el pecado de su padre? Porque el hijo hizo
según el derecho y
la justicia, guardó todos mis estatutos y los cumplió, de
cierto vivirá. El
alma que pecare, ésa morirá; el hijo no llevará el
pecado del padre, ni el
padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo
será sobre él y la
impiedad del impío será sobre él” (Ez. 18:19,20).
Aquí
el realista encuentra un
texto definitivo para su argumento. Dios declara claramente que el hijo
no ha
de ser considerado culpable por los pecados de su padre. Esto parece
presentar
serias dificultades para toda la idea de que la gente caiga "en
Adán". El segundo texto clave para el realismo se
encuentra en el
libro de Hebreos en el Nuevo Testamento:
“Y
por decirlo así, en Abraham pagó el diezmo también
Leví, que recibe los
diezmos; porque aún estaba en los lomos de su padre cuando
Melquisedec le salió
al encuentro” (He.
7:9,10).
Este texto
es parte de una
larga disertación por parte del autor de Hebreos con respecto al
papel de
Cristo como nuestro Gran Sumo Sacerdote. El Nuevo Testamento declara
que Jesús
es tanto nuestro rey como nuestro sacerdote. Enfatiza el hecho de que
Jesús
pertenecía al linaje de Judá, a quien se había
prometido la realeza del reino.
Jesús era un hijo de David, que también era del linaje de
Judá.
El
sacerdocio del Antiguo
Testamento no le fue dado a Judá, sino a los hijos de
Leví. Los levitas
constituían el linaje sacerdotal. Hablamos normalmente, por
tanto, del
sacerdocio levítico o del sacerdocio aarónico.
Aarón era levita. Si esto es
así, ¿cómo podía Jesús ser
sacerdote, si no pertenecía al linaje de Leví?
Este
problema preocupaba a
algunos judíos de la antigüedad. El autor de Hebreos
argumenta que en el
Antiguo Testamento se mencionaba otro sacerdocio, el sacerdocio de la
misteriosa figura llamada Melquisedec. Se dice que Jesús era
sacerdote según el
orden de Melquisedec.
Esta larga
porción de Hebreos
no está satisfecha, sin embargo, meramente con probar que
había otro sacerdocio
en el Antiguo Testamento además del sacerdocio levítico.
El punto principal del
argumento aquí es que el sacerdocio de Melquisedec era superior
al sacerdocio
de Leví.
El autor de
Hebreos relata un
fragmento de la historia del Antiguo Testamento para probar este punto.
Llama la
atención al hecho de que Abraham pagó diezmos a
Melquisedec, no Melquisedec a
Abraham. Melquisedec también bendijo a Abraham; Abraham no
bendijo a
Melquisedec. La cuestión es ésta: en la relación
entre Abraham y Melquisedec,
fue Melquisedec quien sirvió de sacerdote, no Abraham.
El
pensamiento clave para el
judío se cita en el versículo 7: "Y sin discusión
alguna, el menor es
bendecido por el mayor." El autor de Hebreos continúa
tejiendo el
hilo de su argumento. Argumenta que, en efecto, el padre es superior al
hijo.
Eso significa que Abraham está por delante de Isaac en el orden
patriarcal. A
su vez, Isaac está por delante de Jacob, y Jacob por delante de
sus hijos,
incluyendo a su hijo Leví. Si desarrollamos esto, significa que
Abraham es
mayor que su bisnieto Leví.
Ahora bien,
si Abraham es
mayor que Leví y Abraham se subordinó a Melquisedec,
entonces ello significa
que el sacerdote Melquisedec es mayor que Leví y todo el linaje
de Leví. La
conclusión es clara. El sacerdocio de Melquisedec es un orden
superior de
sacerdocio que el sacerdocio levítico. Esto da una dignidad
suprema al oficio
sumo sacerdotal de Cristo.
No era el
principal interés
del autor de Hebreos explicar el misterio de la Caída de
Adán con todo esto.
Sin embargo, dice algo de paso que los realistas cazan al vuelo para
probar su
teoría. Escribe que “en Abraham pagó el diezmo
también Leví”. Leví hizo esto
mientras "aún estaba" en los lomos de su padre".
Los
realistas ven esta
referencia a Leví haciendo algo antes aun de nacer como una
prueba bíblica del
concepto de la preexistencia del alma humana. Si Leví pudo pagar
diezmos
mientras estaba aún en los lomos de su padre, eso debe
significar que Leví, en
algún sentido, ya existía.
Este
tratamiento de este
pasaje de Hebreos demanda una cuestión. El texto no
enseña explícitamente que
Leví existiera o preexistiera realmente en los lomos de su
padre. El texto
mismo lo expresa con las palabras: “Por decirlo
así”. El texto no requiere que
nos precipitemos a la conclusión de que Leví "realmente"
preexistiera. Los realistas vienen a este texto, armados con una
teoría que no
han encontrado en el texto, y luego imponen la teoría al texto.
El argumento
basado en el
texto de Ezequiel también pierde de vista la idea. Ezequiel no
estaba
pronunciando un discurso acerca de la Caída de Adán. No
se considera aquí la
Caída. Por el contrario, Ezequiel se está refiriendo a la
excusa corriente que
los hombres utilizan para sus pecados. Estos tratan de culpar a
algún otro de
sus propias malas acciones. Esa actividad humana ha continuado desde la
Caída,
pero eso es todo lo que este pasaje tiene que ver con la Caída.
En la Caída,
Eva culpó a la serpiente, y Adán culpó tanto a
Dios como a Eva por su propio
pecado. Dijo: "La mujer que me diste por compañera me dio del
árbol, y yo
comí" (Gen. 3:12).
Desde
entonces, los hombres
han tratado siempre de echarles a otros la culpa. Aun así,
argumentan los
realistas, se establece un principio en Ezequiel 18 que está
relacionado con
este asunto. El principio es que los hombres no han de ser considerados
responsables por los pecados de otros.
Sin duda, se
establece ese
principio general en Ezequiel. Es un gran principio de la justicia de
Dios. Sin
embargo, no nos atrevemos a convertirlo en un principio absoluto. Si lo
hacemos, entonces el texto de Ezequiel probaría demasiado.
Probaría que la
expiación de Cristo está fuera de lugar. Si es imposible
que una persona pueda
jamás ser castigada por los pecados de otra, entonces no tenemos
Salvador
alguno. Jesús fue castigado por nuestros pecados. Esa es la
esencia misma del
Evangelio. No sólo fue Jesús castigado por nuestros
pecados, sino que su
justicia es la base meritoria de nuestra justificación. Somos
justificados por
una justicia ajena, una justicia que no es nuestra. Si presionamos la
afirmación de Ezequiel hasta un límite absoluto cuando
leemos: "La
justicia del justo será sobre él, y la impiedad del
impío será sobre él",
entonces se nos deja como pecadores que deben justificarse a sí
mismos. Eso nos
pone a todos en un grave problema.
Sin duda, la
Biblia habla de
que Dios "visita" las iniquidades de la persona hasta la tercera y
cuarta generación. Esto se refiere a las consecuencias del
pecado. Un hijo
puede sufrir las consecuencias del pecado de su padre, pero Dios no le
hace
responsable del pecado de su padre.
El principio
de Ezequiel
permite dos excepciones: la Cruz y la Caída. De alguna manera no
nos importa la
excepción de la Cruz. Es la Caída la que nos irrita. No
nos importa que nuestra
culpa se transfiera a Jesús o que su justicia se nos transfiera
a nosotros; es
el hecho de que se nos transfiera la culpa de Adán lo que nos
hace aullar.
Argumentamos que si la culpa de Adán nunca se nos hubiera
transmitido, entonces
la obra de Jesús nunca habría sido necesaria.
La
idea federal o representativa de la Caída
Para la
mayoría, la idea
federal de la Caída ha sido la más popular entre los que
abogan por la idea
reformada de la predestinación. Esta idea enseña que
Adán actuó como
representante de toda la raza humana. Con la prueba que Dios puso ante
Adán y
Eva, Él estaba probando a toda la humanidad. El nombre de
Adán significa
"hombre" o "humanidad". Adán fue el primer ser humano
creado, está a la cabeza de la raza humana. Fue puesto en el
huerto para actuar
no por sí mismo, sino por todos sus futuros descendientes.
Exactamente como un
gobierno federal tiene un portavoz principal que es la cabeza de la
nación, así
Adán era la cabeza federal de la humanidad.
La idea
principal del
federalismo es que, cuando pecó Adán, pecó por
todos nosotros. Su caída fue
nuestra caída. Cuando Dios castigó a Adán
quitándole su justicia original,
todos nosotros fuimos igualmente castigados. La maldición de la
Caída nos
afecta a todos. No sólo fue Adán destinado a ganarse la
vida con el sudor de su
frente, sino que esto es cierto en cuanto a nosotros también. No
sólo fue Eva
destinada a tener dolor en el parto, sino que eso ha sido cierto en
cuanto a
las mujeres de todas las generaciones humanas. La serpiente ofensora en
el
huerto no fue el único miembro de su especie que fue maldecida
con arrastrarse
sobre su pecho.
Cuando
fueron creados, a Adán
y Eva se les dio dominio sobre toda la creación. Como resultado
de su pecado,
el mundo entero sufrió. Pablo nos dice:
“Porque
la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad,
sino por causa
del que la sujetó en esperanza; porque también la
creación misma será libertada
de la esclavitud de
corrupción,
a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la
creación gime a una, y a una está con dolores de parto
hasta ahora” (Ro.
8:20-22).
Toda la
creación gime al
esperar la plena redención del hombre. Cuando el hombre
pecó, las repercusiones
del pecado se sintieron a través de toda la gama del dominio del
hombre. Debido
al pecado de Adán, no sólo sufrimos nosotros, sino que
los leones, los
elefantes, las mariposas y los cachorros de perro también
sufren. Ellos no
pidieron tal sufrimiento. Fueron dañados por la caída de
su amo.
Que sufrimos
como resultado
del pecado de Adán es algo que se enseña
explícitamente en el Nuevo Testamento.
En Romanos 5, por ejemplo, Pablo hace las siguientes observaciones:
"Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado
la muerte"
(v.12).
"Por la trasgresión de aquel uno murieron los muchos" (v.15).
"Por la trasgresión de uno vino la condenación a todos
los hombres"
(v. 18).
"Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos
pecadores" (v.19).
No hay
manera de evitar la
enseñanza obvia de la Escritura en cuanto a que el pecado de
Adán tuvo
terribles consecuencias para sus descendientes. Es precisamente por la
abundancia de tales afirmaciones bíblicas por lo que
prácticamente toda organización
cristiana ha formulado alguna doctrina del pecado original vinculada a
la Caída
de Adán.
Queda
aún una gran cuestión.
Si Dios juzgó en realidad a toda la raza humana en Adán,
¿cómo es eso justo?
Parece manifiestamente injusto que Dios permitiese que no sólo
todos los
subsiguientes seres humanos, sino toda la creación, sufriesen
por causa de
Adán.
Es la
cuestión de la justicia
de Dios la que el federalismo busca responder. El federalismo asume que
en
efecto estábamos representados por Adán y que tal
representación era tanto
justa como exacta. Sostiene que Adán nos representaba
perfectamente.
Dentro de
nuestro sistema
legal, tenemos situaciones que, no perfectamente pero sí
aproximadamente,
tienen un paralelismo con este concepto de representación.
Sabemos que si yo
alquilo a un hombre para matar a alguien y que ese pistolero alquilado
lleva a
cabo el contrato, yo puedo ser justamente juzgado por asesinato en
primer grado
a pesar del hecho de que yo no apreté realmente el gatillo. Soy
juzgado como
culpable por un crimen que algún otro ha cometido porque la otra
persona actuó
en mi lugar.
La evidente
protesta que
surge en este punto es: "Pero nosotros no alquilamos a Adán para
pecar en
nuestro lugar." Eso es cierto. Este ejemplo ilustra meramente que hay
algunos casos en los cuales es justo castigar a una persona por el
crimen de
otro. La idea federal de la Caída aún exhala un
vago olor a tiranía.
Nuestro clamor es: "¡Ninguna condenación sin
representación!" Al
igual que la gente en una nación clama por representantes que
aseguren la
libertad de la tiranía despótica, así
también demandamos que la representación
ante Dios sea justa y equitativa. La idea federal afirma que somos
juzgados
culpables por el pecado de Adán porque él era nuestro
representante equitativo
y justo.
Pero un
momento. Adán puede
habernos representado, pero nosotros no le escogimos.
¿Qué si los padres de la
república americana hubieran demandado una representación
por parte del rey
Queremos el
derecho a
seleccionar a nuestros propios representantes. Queremos ser capaces de
depositar nuestro propio voto, no que haya alguien que deposite ese
voto por
nosotros. La palabra voto viene del latín votum, que
significaba
"deseo" o "elección". Cuando depositamos nuestro voto,
estamos expresando nuestros deseos, manifestando nuestras voluntades.
Supongamos
que hubiésemos
tenido plena libertad de votar a nuestro representante en el
Edén. ¿Nos hubiera
satisfecho eso? ¿Y por qué queremos el derecho a votar a
nuestro representante?
¿Por qué ponemos objeciones si el rey o cualquier otro
soberano quiere designar
a nuestros representantes por nosotros? La respuesta es obvia. Queremos
estar
seguros que nuestra voluntad se cumpla. Si el rey designa a mi
representante,
entonces tendré poca confianza de que mis deseos se cumplan.
Temería que el
representante designado estaría más deseoso de cumplir
los deseos del rey que
mis deseos. No me sentiría representado justamente.
Pero aun si
tenemos el
derecho de escoger a nuestros propios representantes, no tenemos
garantía de
que nuestros deseos serán cumplidos. ¿Quién entre
nosotros no ha sido embaucado
por políticos que prometen una cosa durante una campaña
electoral y hacen otra
cosa después de ser elegidos? Una vez más, la
razón por la que queremos
seleccionar a nuestro propio representante es que queremos estar
seguros de ser
representados justamente.
En
ningún otro momento de la
historia humana hemos sido representados más justamente que en
el huerto del
Edén. Sin duda, nosotros no escogimos a nuestro representante
allí. Nuestro
representante nos fue escogido. Aquel que escogió a nuestro
representante, sin
embargo, no fue el rey
Cuando Dios
escoge a nuestro
representante, lo hace perfectamente. Su elección es una
elección infalible.
Cuando yo escojo a mis propios representantes lo hago faliblemente. A
veces,
selecciono equivocadamente a una persona, y soy entonces injustamente
representado. Adán me representó infaliblemente no porque
él fuera infalible,
sino porque Dios es infalible. Dada la infalibilidad de Dios, nunca
podré
argumentar que Adán fuese una mala elección para
representarme. Lo que
muchos de nosotros asumimos en nuestro conflicto con la Caída es
que, si
hubiésemos estado allí, habríamos hecho una
elección diferente. No habríamos
tomado una decisión que hubiera hundido al mundo en la ruina.
Tal suposición no
es posible dado el carácter de Dios. Dios no comete errores. Su
elección de mi
representante es mejor que mi elección del mío.
Aun si
concedemos que, en
efecto, estábamos perfectamente representados por Adán,
debemos aún preguntar
si es justo ser representados en absoluto con tan alto riesgo.
Solamente puedo
responder que agradó al Señor hacer esto. Sabemos que el
mundo cayó por medio
de Adán. Sabemos que, en algún sentido, Adán nos
representó. Sabemos que
nosotros no le escogimos a él para ser nuestro representante.
Sabemos que la
selección que Dios hizo de Adán fue una selección
infalible. ¿Pero fue justo
todo el proceso?
Sólo
puedo responder a esta
pregunta, en última instancia, haciendo otra pregunta: una que
hizo el apóstol
Pablo. "¿Hay injusticia en Dios?" (Ro. 9:14). La respuesta
apostólica
a esta pregunta retórica es tan clara como enfática. "En
ninguna
manera."
Sí
conocemos algo en absoluto
acerca del carácter de Dios, entonces sabemos que El no es un
tirano y que
nunca es injusto. Su estructuración de las condiciones para
poner a prueba a la
humanidad satisfizo la propia justicia de Dios. Esto debiera ser
suficiente
para satisfacemos.
Sin embargo,
aún disputamos.
Aún contendemos con el Todopoderoso. Aún asumimos que, de
alguna manera, Dios
nos hizo una injusticia y que sufrimos como víctimas inocentes
del juicio de
Dios. Tales sentimientos sólo confirman el grado radical de
nuestra caída.
Cuando pensamos así, estamos pensando como hijos de Adán.
Tales pensamientos
blasfemos sólo subrayan en rojo cuan certeramente estuvimos
representados por
Adán.
Estoy
convencido que la idea
federal de la Caída es sustancialmente correcta. Sólo
ésta, de las tres que
hemos examinado, hace justicia a la enseñanza bíblica
acerca de la caída del
hombre. Me satisface que Dios no es un tirano arbitrario. Sé que
soy una
criatura caída. Esto es, sé que soy una criatura y
sé que estoy caído. También
sé que no es por "culpa" de Dios por lo que soy pecador. Lo que
Dios
ha hecho por mí es redimirme de mi pecado. No me ha redimido de
su pecado.
Aunque la
idea federal
representativa de la Caída es sostenida por la mayoría de
los calvinistas,
debemos recordar que la cuestión de nuestra relación con
la caída de Adán no es
un problema peculiar del calvinismo. Todos los cristianos deben
contender con
él.
Es
también vital ver la
predestinación a la luz de la Caída. Todos los cristianos
están de acuerdo en
que el decreto divino de la predestinación tuvo lugar antes de
la Caída.
Algunos argumentan que Dios predestinó primero a algunos para la
salvación y a
otros para la condenación y entonces decretó la
Caída para asegurarse que
algunos perecerían. A veces, esta terrible idea es aún
atribuida al calvinismo.
Tal idea era repugnante para Calvino y es igualmente repugnante para
todos los
calvinistas ortodoxos. La noción se llama a veces
"hipercalvinismo".
Pero aun eso es un insulto. Esta idea nada tiene que ver con el
calvinismo. Más
bien que hipercalvinismo, es anti-calvinismo.
El
calvinismo, juntamente con
otras ideas acerca de la predestinación, enseña que el
decreto de Dios tuvo
lugar antes de la Caída, y a la luz de la Caída.
¿Por qué es esto importante?
Porque la idea calvinista de la predestinación siempre
acentúa el carácter
benévolo de la redención de Dios. Cuando Dios predestina
a la gente para la
salvación, está predestinando a la salvación a los
que Él sabe que realmente
necesitan ser salvados. Necesitan ser salvados porque son pecadores en
Adán, no
porque Él les forzara a ser pecadores. El calvinismo ve a
Adán pecando por su
propio libre albedrío, no por presión divina.
Sin duda,
Dios sabía antes de
la Caída que habría con toda seguridad una Caída y
emprendió la acción para
redimir a algunos. Ordenó la Caída en el sentido de que
escogió permitirla,
pero no en el sentido de que escogiera presionarla. Su gracia
predestinante es
benévola precisamente porque Él escoge salvar a personas
que sabe de antemano
que estarán espiritualmente muertas.
Una
última ilustración puede
ser de ayuda aquí. Nos enojamos ante la idea de que Dios nos
llame a ser justos
cuando estamos obstaculizados por el pecado original. Decimos: "Pero,
Dios, no podemos ser justos. Somos criaturas caídas.
¿Cómo puedes hacernos
responsables cuando sabes muy bien que nacimos con el pecado original?"
La
ilustración es como sigue.
Supongamos que Dios dijera a un hombre: "Quiero que termines de podar
estos arbustos a las tres de la tarde. Pero ten cuidado. Hay un gran
pozo
abierto al extremo del huerto. Si caes en ese pozo, no podrás
salir por ti
mismo. Así pues, por encima de todo, mantente lejos de ese
pozo."
Supongamos
que tan pronto
Dios sale del huerto, el hombre corre y salta dentro del pozo. A las
tres
regresa Dios y encuentra los arbustos sin podar. Llama al hortelano y
oye un
débil clamor desde el extremo del huerto. Camina hasta el borde
del pozo y ve
al hortelano agitándose desesperadamente en el fondo. Le dice al
hortelano:
"¿Por qué no has podado los arbustos que te dije que
podaras? El hortelano
responde airadamente: "¿Cómo esperas que pode esos
arbustos cuando estoy
atrapado en este pozo? Si no hubieras dejado este pozo vacío
aquí, no estaría
en este apuro."
Adán
saltó al pozo. En Adán
todos hemos saltado al pozo. Dios no nos arrojó en el pozo. A
Adán se le
advirtió claramente acerca del pozo. Dios le dijo que se
mantuviera apartado.
Las consecuencias que Adán experimentó por estar en el
pozo fueron un castigo
directo por saltar a él.
Así
ocurre con el pecado original.
El pecado original es tanto la consecuencia del pecado de Adán
como el castigo
por el pecado de Adán. Nacimos pecadores porque en Adán
todos caímos. Aun la
palabra caída tiene un poco de eufemismo. Es una idea del asunto
con color de
rosa. La palabra caída sugiere algún tipo de accidente.
El pecado de Adán no
fue un accidente. Adán no resbaló simplemente en el
pecado; él saltó al mismo
con los dos pies. Nosotros saltamos de cabeza con él. Dios no
nos empujó. No
nos engañó. Nos hizo una advertencia adecuada y justa. La
culpa es nuestra y
sólo nuestra. No es que Adán se comiera las uvas agrias y
nuestros dientes
quedaron destemplados. La enseñanza bíblica es que en
Adán todos comimos las
uvas agrias. Esa es la razón por la que nuestros dientes
están destemplados.
Resumen
del capítulo 4
1.
La presencia penetrante y universal del pecado no puede explicarse
adecuadamente como un mito.
2.
La pecaminosidad del hombre no puede explicarse por la "sociedad".
3.
La sociedad está formada por individuos, cada uno de los cuales
debe ser
pecador antes que la sociedad como un todo pueda estar corrupta.
4.
El realismo también fracasa como explicación porque
implica un enfoque
fantasioso de la Escritura.
5.
La idea federal de la Caída toma en serio el papel jugado por
Adán como nuestro
representante.
6.
Adán nos representó perfectamente no en virtud de su
perfección, sino en virtud
de la selección perfecta de Dios.
7.
Todos los cristianos deben tener alguna idea de la Caída.
8.
La gracia salvadora de Dios se dirige hacia aquellos que Él sabe
que son
criaturas caídas.
5
Muerte
espiritual y Vida espiritual
Nuevo
Nacimiento y Fe
La
teología reformada es
famosa en el mundo anglosajón por un simple acróstico que
fue designado para
resumir los así llamados "Cinco puntos del Calvinismo".
Está formado
por la palabra TULIP.
T - Total depravity (Depravación total)
U - Unconditional Election (Elección incondicional)
L - Limited Atonement (Expiación limitada)
I - Irresistible Grace (Gracia irresistible)
P - Perseverance of the Saints (Perseverancia de los
santos)
Este
acróstico ha ayudado a
muchas personas a recordar las características distintivas de la
teología
reformada. Desafortunadamente, ha causado también mucha
confusión y muchos
malos entendidos. El problema de los acrósticos es que los
mejores términos que
tenemos para las ideas no siempre comienzan con letras que formen
palabras
pequeñas y hermosas. El acróstico sirve bien como un
recurso para la memoria, pero
poco más que eso. Mi primer problema con el acróstico
TULIP tiene que ver con
la primera letra. Depravación total es un término muy
engañoso. El concepto de
depravación total se confunde a menudo con la idea de
depravación extrema. En
la teología reformada, la depravación total se refiere a
la idea de que toda
nuestra humanidad está caída. Esto es, no hay parte
mía alguna que no haya sido
afectada en alguna manera por la Caída. El pecado afecta mi
voluntad, mi
corazón, mi mente y mi cuerpo. Si Adán nunca hubiera
pecado, supongo que nunca
habría tenido la necesidad de llevar lentes bifocales al
alcanzar una edad
mediana. De hecho, el término mismo edad mediana no
habría tenido sentido para
él. Si Adán no hubiera pecado, nunca habría
muerto. Cuando alguien vive para
siempre, ¿dónde está la edad mediana?
La
depravación total también
enfatiza el hecho de que el pecado llega hasta el centro de nuestro
ser. El
pecado no es algo periférico, un pequeño defecto que
estropea lo que de otra
manera sería un espécimen perfecto. El pecado es radical
en el sentido que
afecta la raíz (radíx) de nuestras vidas.
La
depravación total no es
depravación extrema. La depravación extrema
significaría que somos tan
pecadores como nos sería posible ser. Sabemos que no es
ése el caso. No importa
cuánto hayamos pecado cada uno, somos capaces de pensar en
pecados peores que
podríamos haber cometido. Aun Adolfo Hitler se refrenó de
asesinar a su madre.
Puesto que
la depravación
total se confunde a menudo con la depravación extrema, prefiero
hablar de la
"corrupción radical" del hombre. Eso estropea nuestro
acróstico. ¿Que
es un RULIP? El concepto del carácter radical del pecado es
quizá el concepto
más importante que debemos entender si vamos a sacarle
algún sentido a la doctrina
bíblica de la predestinación. Como mencioné
durante nuestra discusión de la
incapacidad moral del hombre, éste es el punto focal de todo el
debate.
Recuerdo
haber enseñado en
una clase de teología. La clase estaba formada por un grupo
Inter-denominacional
de unos veinticinco estudiantes. Pregunté al comienzo del
estudio sobre la
predestinación, cuántos estudiantes se consideraban
calvinistas en este asunto.
Sólo un estudiante levantó la mano.
Comenzamos
con un estudio de
la pecaminosidad del hombre. Tras haber dado clases durante varios
días sobre
el tema de la corrupción del hombre, hice otra encuesta.
Pregunté:
"¿Cuántos de ustedes están persuadidos de que lo
que acaban de aprender
es, en efecto, la doctrina bíblica de la pecaminosidad humana?"
Se
levantaron todas las manos. Yo dije: "¿Están seguros?"
Ellos
insistieron que estaban verdaderamente seguros. Les di una advertencia
más.
"Tengan cuidado ahora. Esto puede volver a enfrentarlos más
adelante en el
curso." No les importó. Insistieron que estaban convencidos.
En ese
momento de la clase,
fui a una esquina de la pizarra y escribí la fecha. Al lado de
la fecha escribí
el número veinticinco. La rodeé con un círculo y
añadí una nota para el
conserje diciendo que, por favor, se abstuviera de borrar esta
porción de
la pizarra.
Varias
semanas después
comencé un estudio de la predestinación. Cuando
llegué al punto que trata de la
incapacidad moral del hombre, hubo aullidos de protesta. Entonces fui a
la
pizarra y les recordé la encuesta anterior. Me llevó
otras dos semanas
convencerles de que, si realmente aceptaban la idea bíblica de
la corrupción
humana, el debate acerca de la predestinación, a todos los
efectos, había ya
terminado. Intentaré, en resumen, hacer lo mismo aquí.
Procedo con el mismo
cuidado.
La idea
bíblica de la corrupción humana
Comencemos
nuestro estudio
acerca del grado de la caída del hombre mirando Romanos 3.
Aquí escribe el
apóstol Pablo:
No
hay justo, ni aun uno;
No
hay quien entienda,
No
hay quien busque a Dios.
Todos
se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No
hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno
(Ro.
3:10-12).
Aquí
encontramos un breve
resumen de la universalidad de la corrupción humana. El pecado
está tan
extendido que captura a todos en su red. Pablo utiliza palabras
enfáticas para
mostrar que no hay excepciones en este proceso entre los hombres
caídos. No hay
justo alguno; nadie hay que haga el bien.
La
afirmación "no hay
quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno" se opone a nuestras
suposiciones culturales. Crecemos oyendo que nadie es perfecto y que de
humanos
es errar. Estamos bastante dispuestos a reconocer que ninguno de
nosotros es
perfecto. Es fácil admitir que somos pecadores; que ninguno de
nosotros ni
siquiera hace el bien es ya demasiado. Ninguna persona entre mil
estaría
dispuesta a admitir que el pecado sea tan grave.
¿Nadie
hace el bien? ¿Cómo
puede ser eso? Cada día vemos a simples paganos haciendo
algún bien. Los vemos
llevando a cabo actos heroicos de sacrificio, obras industriosas,
prudentes y
honestas. Vemos a incrédulos obedeciendo escrupulosamente los
límites de
velocidad mientras que otros coches pasan zumbando a su lado con
calcomanías
que dicen: 'Toca el claxon si amas a Jesús."
Pablo debe
de estar utilizando
una hipérbole aquí. Debe de estar exagerando
intencionadamente con objeto de
enfatizar un principio. Sin duda, hay personas que hacen el bien.
¡No! El
sobrio juicio de Dios es que nadie hace el bien, no, ni siquiera uno.
Tropezamos
aquí porque
tenemos un entendimiento relativo de lo que es el bien. El bien es,
ciertamente, un término relativo. Una cosa sólo puede ser
juzgada como buena
según alguna clase de norma. Utilizamos el término como
una comparación entre
los hombres. Cuando decimos que un hombre es bueno, queremos decir que
es bueno
comparado con otros hombres. Pero la norma final para la bondad, la
norma por
la cual seremos todos juzgados, es la ley de Dios. Esa ley no es Dios,
pero
procede de Dios y refleja el carácter perfecto de Dios mismo.
Juzgados conforme
a esa norma, nadie es bueno.
Según
las categorías
bíblicas, una buena acción se mide por dos partes. La
primera es por su
conformidad externa a la ley de Dios. Esto significa que si Dios
prohibe robar,
entonces es bueno no robar. Es bueno decir la verdad. Es bueno pagar
nuestras
cuentas a tiempo. Es bueno asistir a las personas necesitadas.
Externamente,
estas virtudes se realizan cada día. Cuando las vemos,
concluimos rápidamente
que los hombres, en efecto, hacen buenas cosas.
Es la
segunda parte de la
medida lo que nos causa problemas. Antes que Dios pronuncie como
"buena" una acción, Él considera no sólo la
conformidad externa o
exterior a su ley, sino también la motivación. Nosotros
observamos sólo las
apariencias externas; Dios lee el corazón. Para que una obra se
considere
buena, ésta debe no sólo conformarse externamente a la
ley de Dios, sino que
debe estar motivada internamente por un sincero amor a Dios.
Recordamos
el Gran
Mandamiento de amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro
corazón, con todas
nuestras fuerzas, y con toda nuestra mente... y amar a nuestro
prójimo tanto
como nos amamos a nosotros mismos. Toda acción que realizamos
debiera proceder
de un corazón que ama a Dios totalmente.
Desde esta
perspectiva es
fácil ver que nadie hace el bien. Nuestras mejores obras
están manchadas por
nuestros motivos, que son menos que puros. Nadie entre nosotros ha
amado jamás
a Dios con todo su corazón o con toda su mente. Hay medio kilo
de carne
mezclada con todas nuestras acciones, haciéndolas menos que
perfectas.
Jonathan
Edwards hablaba del
concepto del interés propio iluminado. El interés propio
iluminado se refiere a
esa motivación que sentimos para realizar actos externos de
justicia y
refrenarnos de los impulsos malvados que hay dentro de nosotros. Hay
ciertos
momentos y lugares en que el crimen no compensa. Cuando el riesgo del
castigo
sobrepasa la posible recompensa de nuestra mala acción, podemos
inclinarnos a
refrenarnos de la misma. Por otro lado, podemos ganar el aplauso de los
hombres
por nuestros actos virtuosos. Podemos ganarnos una palmadita en la
cabeza por
parte de nuestro maestro o el respeto de nuestros iguales si hacemos
ciertas
buenas acciones.
El mundo
entero aplaude a los
artistas cuando se juntan para grabar un álbum especial con
objeto de utilizar
las ganancias para aliviar el hambre en Etiopía. El aplauso
raramente daña la
carrera de un actor de teatro, a pesar de las cínicas
afirmaciones de que la
ética y los negocios no van juntos. Por el contrario, la
mayoría de nosotros
hemos aprendido que la ética realza nuestra reputación en
los negocios.
No soy tan
cínico como para
pensar que el gesto hacia Etiopía por parte de los cantantes se
hizo meramente
por el aplauso personal o como un reclamo publicitario. Sin duda, hubo
fuertes
motivos de compasión y preocupación hacia la gente que se
muere de hambre. Por
otro lado, no soy tan ingenuo como para pensar que los motivos
estuviesen
totalmente libres de interés propio. La compasión puede
sobrepasar con mucho el
interés propio, pero no importa cuan minúsculo,
había al menos un grano de
interés propio mezclado en ello. Siempre lo hay, en todos
nosotros. Si negamos
esto, sospecho que nuestras mismas negaciones están motivadas en
parte por el
interés propio.
Deseamos
negar esta
alegación. Sentimos a veces en nuestros propios corazones un
sentimiento
abrumador de actuar sólo por causa del deber. Nos agrada pensar
que somos
verdaderamente altruistas. Pero nadie nos adula más que nosotros
mismos. El
peso de nuestros motivos puede, a veces, inclinarse grandemente en la
dirección
del altruismo, pero nunca está perfectamente allí.
Dios no
puntúa por una curva.
Él demanda la perfección. Ninguno de nosotros alcanza ese
nivel. No hacemos lo
que Dios manda. Jamás. Por tanto, el apóstol no se
está gratificando a sí mismo
con la hipérbole. Su juicio es exacto. No hay quien haga lo
bueno, no hay ni
siquiera uno. Jesús mismo reafirmó esta idea en su
discusión con el joven rico:
"Ninguno hay bueno, sino sólo Dios" (
Aunque ya de
por sí esta
acusación resulta problemática, hay otro elemento en el
pasaje de Romanos que
puede producimos aún más consternación,
especialmente a los cristianos
evangélicos que hablan y piensan lo contrario. Pablo dice: "No
hay quien
busque a Dios".
¿Cuántas
veces has oído a los
cristianos decir, o has oído las palabras de tu propia boca:
"Fulano de
tal no es cristiano, pero está buscando?" Es una
afirmación común entre
los cristianos. La idea es que hay personas por todas partes que
están buscando
a Dios. Su problema es que simplemente no han sido capaces de
encontrarle. Está
jugando al escondite. Es evasivo.
En el huerto
del Edén, cuando
el pecado entró en el mundo, ¿quién se
escondió? Jesús vino al mundo para
buscar y salvar a los perdidos. No fue Jesús quien se estaba
escondiendo. Dios
no es un fugitivo. Somos nosotros los que estamos huyendo. La Escritura
declara
que el inicuo huye cuando nadie le persigue. Como observó
Lutero: "El
pagano tiembla ante el susurro de una hoja." La enseñanza
uniforme de la
Escritura es que los hombres caídos están huyendo de
Dios. Nadie busca a Dios.
¿Por
qué, pues, a pesar de
una enseñanza bíblica tan clara en sentido contrario, los
cristianos persisten
en pretender que conocen a personas que están buscando a Dios,
pero que aún no
le han encontrado?
Las personas
no buscan a
Dios. Buscan los beneficios que sólo Dios les puede dar. El
pecado del hombre
caído es éste: el hombre busca los beneficios de Dios
mientras que, al mismo
tiempo, huye de Dios mismo. Somos, por naturaleza, fugitivos.
La Biblia
nos dice
repetidamente que busquemos a Dios. El Antiguo Testamento clama:
"Buscad
al Señor mientras puede ser hallado" (Is. 55:6). Jesús
dijo: "Buscad
y hallaréis; llamad y se os abrirá" (Mt. 7:7). La
conclusión que sacamos
de estos textos es que, puesto que se nos llama a buscar a Dios, ello
debe de
significar que, aun en nuestro estado caído, tenemos la
capacidad moral de
efectuar esa búsqueda. ¿Pero a quiénes van
dirigidos estos textos? En el caso
del Antiguo Testamento, es el pueblo de Israel quien es llamado a
buscar al
Señor. En el Nuevo Testamento, son los creyentes quienes son
llamados a buscar
el reino.
Todos hemos
oído a los
evangelistas citando de Apocalipsis: "He aquí, yo estoy a la
puerta y
llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a
él, y cenaré con él, y
él conmigo" (Ap. 3:20). Generalmente, el evangelista aplica este
texto
como una apelación a los inconversos, diciendo: "Jesús
está llamando a la
puerta de tu corazón. Si abres la puerta, Él
entrará." En el texto
original, sin embargo, Jesús dirigió sus observaciones a
la iglesia. No fue una
apelación evangelística.
¿Entonces
qué? La cuestión es
que el buscar es algo que los incrédulos no hacen por sí
mismos. El incrédulo
no busca. El incrédulo no llama. Buscar es un asunto de
creyentes. Edwards
dijo: "La búsqueda del reino de Dios es el principal asunto de
la vida
cristiana." Buscar es el resultado de la fe, no la causa de la misma.
Cuando somos
convertidos a
Cristo, utilizamos un lenguaje de descubrimiento para expresar nuestra
conversión. Hablamos de encontrar a Cristo. Quizá
tengamos una calcomanía que
dice LO ENCONTRÉ. Estas afirmaciones son ciertamente verdaderas.
La ironía es
ésta: una vez que hemos encontrado a Cristo, ello no es el fin
de nuestra
búsqueda, sino el principio. Generalmente, cuando encontramos lo
que estamos
buscando, ello marca el fin de nuestra búsqueda. Pero cuando
"encontramos" a Cristo, ello es el comienzo de nuestra búsqueda.
La
vida cristiana comienza en la conversión; no termina donde
comienza. Crece;
avanza de fe a fe, de gracia a gracia, de vida a vida. Este avance en
el
crecimiento es fomentado por una búsqueda continua de Dios.
Hay algo
más que percibimos
en Romanos 3 y que necesitamos considerar brevemente. No sólo
declara el
apóstol que nadie busca a Dios, sino que añade el
pensamiento: "A una se
hicieron inútiles". Debemos recordar que Pablo está
aquí hablando de los
hombres caídos, los hombres naturales, los hombres inconversos.
Esta es una
descripción de personas que están aún en la carne.
¿Qué
quiere decir Pablo con
inútiles? Jesús habló anteriormente acerca de
siervos inútiles. La utilidad
tiene que ver con valores positivos. El inconverso, obrando en la
carne, nada
consigue de valor permanente. En la carne puede ganar el mundo entero,
pero
pierde lo que tiene más valor para él, su propia alma. La
más valiosa posesión
que una persona puede tener jamás es Cristo. Él es la
perla de gran precio.
Tenerle a Él es tener el máximo beneficio posible.
La persona
que está
espiritualmente muerta no puede, en su propia carne, ganar el beneficio
de
Cristo. Se la describe como alguien que no tiene temor de Dios ante sus
ojos
(Ro. 3:18). Los que no son justos, que no hacen bien, que nunca buscan
a Dios,
que son totalmente inútiles, y que no tienen temor de Dios ante
sus ojos, nunca
inclinan sus propios corazones a Cristo.
Vivificación
a partir de la muerte espiritual
La cura para
la muerte
espiritual es la creación de vida espiritual en nuestras almas
por Dios el
Espíritu Santo. Un resumen de esta obra se nos da en Efesios:
“Y
él os dio vida a
vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los
cuales
anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo,
conforme al
príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora
opera en los hijos de
desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos
en otro tiempo
en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de
los
pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que
los demás.
Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos
amó, aun
estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo
(por
gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y
asimismo nos hizo
sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar
en los siglos
venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con
nosotros
en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la
fe; y esto no de
vosotros, pues es don de Dios; no por obras, par a que nadie se
gloríe. Porque
somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras,
las cuales Dios
preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef.
2:1-10).
Aquí
encontramos un pasaje
por excelencia sobre la predestinación. Notemos que, a lo largo
de este pasaje,
Pablo acentúa grandemente las riquezas de la gracia de Dios.
Nunca debemos
minimizar esta gracia. El pasaje celebra la novedad de vida que el
Espíritu
Santo ha creado en nosotros
Esta obra
del Espíritu es
llamada a veces vivificación. Lo que aquí se llama
vivificar o dar vida es lo
que en otros lugares se llama nuevo nacimiento o regeneración.
El término
regeneración, como sugiere la palabra, indica un "generar de
nuevo".
Generar significa hacer ocurrir o comenzar. Pensamos en el primer libro
de la
Biblia, el libro de los principios, que es llamado Génesis. El
prefijo re
significa simplemente "de nuevo". Por tanto, la palabra
regeneración
significa comenzar algo de nuevo. Es el nuevo principio de vida lo que
nos
interesa aquí, el principio de la vida espiritual. Notamos que
esta imagen de
la vida se contrasta con una imagen de la muerte. El hombre
caído es descrito
aquí como estando "muerto en pecados". Para que alguien que
está
muerto a las cosas de Dios viva para Dios, se debe de hacer algo a
él y para
él. Los muertos no pueden vivir por sí mismos. Los
muertos no pueden crear vida
espiritual dentro de sí mismos. Pablo deja completamente claro
aquí que es Dios
quien hace vivir. Es Dios quien nos vivifica de la muerte espiritual.
El hombre
caído está muerto
en pecado. Se le describe aquí como siendo "por naturaleza hijo
de
ira". Su norma caída es andar "siguiendo la corriente de este
mundo". Su lealtad no está dirigida a Dios sino "al
príncipe de la
potestad del aire". Pablo afirma que éste no es meramente el
estado de los
peores pecadores, sino el estado anterior de sí mismo y de sus
hermanos y
hermanas en Cristo. ("Entre los cuales también todos nosotros
vivimos en
otro tiempo en los deseos de nuestra carne...")
La
mayoría de las ideas no
reformadas acerca de la predestinación no toman en serio el
hecho de que el
hombre caído está espiritualmente muerto. Otras
posiciones evangélicas
reconocen que el hombre está caído y que su caída
es un asunto grave. Conceden
aun que el pecado es un problema radical. Conceden con prontitud que el
hombre
no está meramente enfermo, sino mortalmente enfermo, enfermo de
muerte. Pero no
ha muerto del todo aún. Aún le queda un pequeño
aliento de vida espiritual en
el cuerpo. Aún le queda una pequeña isla de justicia en
su corazón, una pequeña
y débil capacidad moral que permanece en su caída.
He
oído dos ilustraciones por
parte de evangelistas que suplican el arrepentimiento y la
conversión de sus
oyentes. La primera es una analogía de una persona que sufre de
una enfermedad
terminal. Se dice que el pecador está gravemente enfermo, al
borde de la
muerte. No está dentro de su propio poder el curarse de la
enfermedad. Está
tendido en su lecho de muerte casi totalmente paralizado. No puede
recuperarse
a menos que Dios provea la medicina sanadora. El hombre está tan
mal que no
puede ni aun estirar el brazo para recibir la medicina. Se halla en un
estado
casi comatoso. Dios debe no sólo ofrecerle la medicina, sino que
debe ponerla
en una cuchara y colocarla en los labios del hombre moribundo. A menos
que Dios
haga todo eso, el hombre perecerá sin duda. Pero aunque Dios
haga el 99% de lo
necesario, al hombre le queda aún el 1 %. Debe abrir la boca
para recibir la
medicina. Este es el ejercicio necesario del libre albedrío que
hace la
diferencia entre el cielo y el infierno. El hombre que abre la boca
para
recibir el don benévolo de la medicina será salvo. El
hombre que mantiene los
labios fuertemente apretados perecerá.
Esta
analogía hace casi
justicia a la Biblia y a la enseñanza de Pablo acerca de la
gracia de la
regeneración. Pero no totalmente. La Biblia no habla de
pecadores mortalmente
enfermos. Según Pablo, están muertos. No les queda ni un
gramo de vida
espiritual. Si han de vivir, Dios debe hacer algo más que
ofrecerles medicina.
Los muertos no abren la boca para recibir algo. Sus mandíbulas
están cerradas
por la muerte. La rigidez de la muerte se ha apoderado de ellos. Deben
ser resucitados
de los muertos. Deben ser nuevas creaciones, elaborados por Cristo y
nacidos de
nuevo por su Espíritu.
Una segunda
ilustración es
igualmente popular entre los que se dedican a evangelizar. Según
esta idea, al
hombre caído se le ve como un hombre que se está ahogando
y que es incapaz de
nadar. Se ha hundido dos veces y ha salido a la superficie por
última vez. Si
se hunde de nuevo, morirá. Su única esperanza es que Dios
le arroje un
salvavidas. Dios arroja el salvavidas y lo hace llegar precisamente al
alcance
de los dedos estirados del hombre. Lo único que el hombre tiene
que hacer para
salvarse es aferrarse al salvavidas. Si solamente agarra el salvavidas,
Dios
tirará de él. Si rehúsa el salvavidas, ciertamente
perecerá.
Una vez
más, en esta ilustración
se enfatiza el extremo desamparo del pecador sin la asistencia de Dios.
El
hombre que se está ahogando está en una condición
grave. No puede salvarse a sí
mismo. Sin embargo, aún está vivo; puede estirar sus
dedos. Sus dedos son el
vínculo crucial para la salvación. Su destino eterno
depende de lo que haga con
los dedos.
Pablo dice
que el hombre está
muerto. No está meramente ahogándose, se ha hundido ya en
el fondo del mar. Es
inútil arrojar un salvavidas a un hombre que se ha ahogado ya.
Si entiendo a
Pablo, le oigo decir que Dios bucea en el agua y saca al muerto del
fondo del
mar y entonces realiza un acto divino de resucitación boca a
boca. Sopla
aliento de vida en el hombre muerto.
Es
importante recordar que la
regeneración tiene que ver con la nueva vida. Se la llama el
nuevo nacimiento o
nacer de nuevo. Existe mucha confusión acerca de este asunto. El
nuevo
nacimiento está estrechamente vinculado en la Biblia a la nueva
vida que es
nuestra en Cristo. Al igual que en biología natural no puede
haber vida sin
nacimiento, así también en términos sobrenaturales
no puede haber nueva vida
sin un nuevo nacimiento.
El
nacimiento y la vida están
estrechamente relacionados, pero no son exactamente lo mismo. El
nacimiento es
el comienzo de la nueva vida. Es un momento decisivo. Entendemos esto
en
términos biológicos naturales. Cada año celebramos
nuestros cumpleaños. No
somos como la reina en
Así
es con el nuevo
nacimiento espiritual. El nuevo nacimiento produce nueva vida. Es el
comienzo
de una nueva vida, pero no constituye la totalidad de la nueva vida. Es
el
punto crucial de transición desde la muerte espiritual a la vida
espiritual.
Una persona nunca nace de nuevo parcialmente. Está regenerada o
no está
regenerada.
La clara
enseñanza bíblica
acerca de la regeneración es que se trata de la obra de Dios y
la obra de Dios
solamente. No podemos hacernos nacer de nuevo. La carne no puede
producir
espíritu. La regeneración es un acto de creación.
Dios realiza la creación.
En
teología tenemos un
término técnico que puede ser de ayuda y es: monergismo.
Procede de dos raíces.
Mono significa "uno". Un monopolio es un negocio que tiene el mercado
para sí. Un monoplano es un avión con alas sencillas.
Erg, puede que lo
recuerdes de la escuela, se refiere a una unidad de trabajo. De este
término se
deriva nuestra palabra de uso común energía.
Juntando las
dos partes,
obtenemos el significado de "uno trabajando". Cuando decimos que la
regeneración es monergista, queremos decir que sólo uno
está haciendo la obra.
Ese uno es Dios el Espíritu Santo. Él nos regenera;
nosotros no podemos hacerlo
por nosotros mismos o aun ayudarle en la tarea.
Puede sonar
como si
tratásemos a los seres humanos como marionetas. Las marionetas
se hacen de
madera. No pueden responder. Están inertes, sin vida. Se las
mueve mediante
cuerdas. Pero no estamos hablando de marionetas. Estamos hablando de
seres
humanos que son cadáveres espirituales. Estos seres humanos no
tienen corazones
de aserrín; están hechos de piedra. No son manipulados
mediante cuerdas. Están
biológicamente vivos. Actúan.
Anteriormente
hablamos acerca
de la condición del hombre caído y el estado de su
voluntad humana. Afirmamos
que si bien está caído, aún tiene una voluntad
libre en el sentido de que aún
puede hacer elecciones. Su problema, que definimos como incapacidad
moral, es
que carece de un deseo por Cristo. Está indispuesto y
desinclinado hacia
Cristo. A menos o hasta que el hombre se incline hacia Cristo, nunca
escogerá a
Cristo. A menos que primero desee a Cristo, nunca recibirá a
Cristo.
En la
regeneración, Dios
cambia nuestros corazones. Nos da una nueva disposición, una
nueva inclinación.
Planta un deseo por Cristo en nuestros corazones. Jamás podremos
confiar en
Cristo para nuestra salvación, a menos que primero le deseemos.
Esta es la
razón por la que dijimos anteriormente que la
regeneración precede a la fe. Sin
el nuevo nacimiento, no sentimos deseo alguno por Cristo. Sin un deseo
por
Cristo, nunca escogeremos a Cristo. Por tanto, concluimos que antes que
alguien
crea jamás, antes que alguien pueda creer, Dios debe cambiar
primero la
disposición de su corazón. Cuando Dios nos regenera, se
trata de un acto de
gracia. Miremos de nuevo Efesios 2: "Pero
Dios,
que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó,
aun estando
nosotros muertos en pecados, nos dio vida..."
Tengo un
rótulo sobre mi mesa
que me bordó una mujer en una iglesia donde estuve ministrando.
El rótulo dice
simplemente: "Pero". Cuando Pablo relata la condición espiritual
del
hombre caído, ello es suficiente para conducirnos a la
desesperación.
Finalmente, llega a la palabra mágica que nos hace dar un
suspiro de alivio.
Pero. Sin ella estamos destinados a perecer. El "pero" encierra la
esencia de la buena noticia.
Pablo dice:
"Pero Dios,
que es rico en misericordia..." Nótese que no dice: "Pero el
hombre,
que es rico en bondad". Es Dios solamente quien nos da la vida.
¿Cuándo lo
hace? Pablo no lo deja para que lo adivinemos. Dice: "...estando
nosotros
muertos en pecados". Este es el aspecto asombroso de la gracia, que nos
es
dada cuando estamos espiritualmente muertos.
Pablo
concluye que es
cuestión de gracia y no de obras. Su genuino resumen es: "Porqué por gracia sois salvos por medio de
la fe; y
esto no de vosotros, pues es don de Dios". Este pasaje
debería
sellar el asunto para siempre. La fe por la que somos salvados es un
don.
Cuando el apóstol dice que no es de nosotros, no quiere decir
que no sea
nuestra fe. Una vez más, Dios no cree por nosotros. Es nuestra
propia fe, pero
no se origina en nosotros. Nos es dada. El don no se gana o se merece.
Es un
don de pura gracia.
Durante la
Reforma
protestante hubo tres lemas que se hicieron famosos. Son frases
latinas: sola
fide, sola gratia, y soli Deo gloria. Los tres lemas van juntos. Nunca
se les
debe separar. Significan "por la fe sola", "por la gracia
sola" y "sólo para la gloria de Dios".
¿Gracia
irresistible?
La
mayoría de los cristianos
están de acuerdo en que la obra de Dios en la
regeneración es una obra de
gracia. La cuestión que nos divide es si esta gracia es o no
irresistible. ¿Es
posible que una persona reciba la gracia de la regeneración y
aún no llegue a
tener fe? El calvinista responde con un enfático "¡No!",
pero no
porque crea que la gracia salvadora de Dios es literalmente
irresistible. Una
vez mas se nos crea un problema con el antiguo acróstico TULIP.
Ya hemos
cambiado el tulip a rulip, y ahora vamos a cambiarlo aún
más. Ahora lo
llamaremos "RULEP".
El
término gracia
irresistible es engañoso. Todos los calvinistas creen que los
hombres pueden
resistir y de hecho resisten la gracia de Dios. La cuestión es:
"¿Puede la
gracia de la regeneración dejar de cumplir su propósito?"
Recordemos que
los muertos espirituales están aún biológicamente
vivos. Aún tienen una
voluntad que está desinclinada hacia Dios. Harán todo lo
que esté de su parte
para resistir la gracia. La historia de Israel es la historia de un
pueblo duro
de cerviz y de corazón, que resistía la gracia de Dios
repetidamente.
La gracia de
Dios es
resistible en el sentido de que podemos resistirla y de hecho la
resistimos. Es
irresistible en el sentido de que consigue su propósito. Lleva a
cabo el efecto
deseado por Dios. Así pues, prefiero el término gracia
eficaz.
Estamos
hablando de la gracia
de la regeneración. Recordamos que en la regeneración
Dios crea en nosotros un
deseo hacia Él. Pero cuando tenemos ese deseo plantado en
nosotros, continuamos
funcionando como siempre hemos funcionado, haciendo nuestras elecciones
según la
motivación más fuerte en el momento. Si Dios nos da un
deseo por Cristo,
actuaremos según este deseo. Con toda seguridad, escogeremos el
objeto de este
deseo; escogeremos a Cristo. Cuando Dios nos hace vivir
espiritualmente,
llegamos a vivir espiritualmente. No es meramente la posibilidad de
llegar a
vivir espiritualmente lo que Dios crea. Él crea vida espiritual
dentro de
nosotros. Cuando Dios llama algo para que sea, llega a ser.
Hablamos del
llamamiento
interno de Dios. El llamamiento interno de Dios es tan poderoso y
eficaz como
su llamamiento para crear el mundo. Dios no invitó al mundo a
que existiese.
Mediante su divino mandato, clamó: "Sea la luz". Y hubo luz. No
podía
haber sido de otra manera. La luz tenía que comenzar a brillar.
¿Podía
haber permanecido
Lázaro en la tumba cuando Jesús le llamó?
Jesús clamó: "¡Lázaro, ven
fuera!" El hombre rompió su mortaja y salió de la tumba.
Cuando Dios crea,
ejerce un poder que sólo Dios tiene. Sólo Él tiene
el poder de sacar algo de la
nada y vida de la muerte.
Existe mucha
confusión acerca
de este punto. Recuerdo la primera lección que oí una vez
de John Gerstner. Era
acerca del tema de la predestinación. Poco después de
comenzar su lección, el
Dr. Gerstner fue interrumpido por un estudiante que estaba agitando la
mano en
el aire. Gerstner se detuvo y reconoció al estudiante. El
estudiante preguntó:
"Dr. Gerstner, ¿se puede asumir con seguridad que usted es
calvinista?" Gerstner respondió: "Sí", y continuó
de nuevo con
la lección. Unos momentos después apareció en los
ojos de Gerstner un destello
de reconocimiento y dejó de hablar a mitad de una frase y
preguntó al
estudiante: "¿Cuál es tu definición de un
calvinista?"
El
estudiante respondió:
"Un calvinista es alguien que cree que Dios fuerza a algunas personas a
escoger a Cristo e impide que otras personas escojan a Cristo."
Gerstner
quedó horrorizado. Dijo: "Si eso es ser calvinista, entonces
puedes estar
seguro que no soy calvinista."
El concepto
erróneo del
estudiante acerca de la gracia irresistible está muy extendido.
Una vez oí al
presidente de un seminario presbiteriano declarar: "No soy calvinista
porque no creo que Dios lleve a algunas personas, pataleando y gritando
contra
sus voluntades, al reino, mientras que excluye de su reino a otros que
desesperadamente quieren estar allí."
Me
quedé asombrado cuando oí
estas palabras. No creía posible que el presidente de un
seminario
presbiteriano pudiera tener un concepto tan crasamente erróneo
de la teología
de su propia iglesia. Estaba recitando una caricatura que estaba tan
lejos del
calvinismo como sería posible.
El
calvinismo no enseña, y
nunca ha enseñado, que Dios lleve a la gente pataleando y
gritando al reino, o
que haya excluido jamás a alguien que quisiera estar
allí. Recordemos que el
punto cardinal de la doctrina reformada de la predestinación se
apoya en la
enseñanza bíblica de la muerte espiritual del hombre. El
hombre natural no
quiere a Cristo. Solamente querrá a Cristo si Dios planta un
deseo por Cristo
en su corazón. Una vez que está plantado el deseo, los
que vienen a Cristo no
vienen pataleando y gritando contra sus voluntades. Vienen porque
quieren
venir. Ahora desean a Jesús. Se lanzan al Salvador. El
significado de la gracia
irresistible es que el nuevo nacimiento vivifica a alguien a la vida
espiritual
de tal manera que ahora se ve a Jesús en su dulzura
irresistible. Jesús es
irresistible para aquellos que han recibido vida para apreciar las
cosas de
Dios. Toda alma cuyo corazón late con la vida de Dios dentro de
sí anhela al
Cristo viviente. Todos aquellos a quienes el Padre dé a Cristo
vienen a Cristo
(Jn. 6:37).
El
término "gracia
eficaz" puede ayudar a evitar alguna confusión. La gracia eficaz
es una
gracia que efectúa lo que Dios desea. ¿En qué
difiere esta idea de otras ideas
no reformadas acerca de la regeneración? La idea alternativa
más popular se
apoya en el concepto de gracia precedente.
Gracia
precedente
Como el
nombre sugiere, la
gracia precedente es una gracia que "viene antes" de algo. Se la
define normalmente como una obra que Dios hace para todos. Él da
a todos
suficiente gracia para responder a Jesús. Esto es, es suficiente
gracia para
hacer posible que la gente escoja a Cristo. Los que cooperan con esta
gracia y
asienten a la misma son "elegidos". Los que rehúsan cooperar con
esta
gracia están perdidos.
La fuerza de
esta idea es que
reconoce que la condición espiritual del hombre caído es
lo suficientemente
severa como para requerir que la gracia de Dios le salve. La debilidad
de la posición
puede verse de dos maneras. Si esta gracia precedente es meramente
externa al
hombre, entonces falla de la misma manera que las analogías de
la medicina y el
salvavidas. ¿Qué bien procura la gracia precedente si se
ofrece externamente a
criaturas espiritualmente muertas? Por otro lado, si la gracia
precedente se
refiere a algo que Dios hace dentro del corazón del hombre
caído, entonces
debemos preguntar por qué no es siempre eficaz. ¿A
qué se debe que algunas
criaturas caídas escojan cooperar con la gracia precedente y
otras escojan no
hacerlo? ¿Obtienen todos, la misma cantidad?
Pensemos
acerca de ello de
esta manera, en términos personales. Si eres cristiano, sin duda
serás
consciente de otras personas que no son cristianas. ¿A
qué se debe que tú hayas
escogido a Cristo y ellos no? ¿Por qué dijiste tú
sí a la gracia precedente
mientras que ellos no lo hicieron? ¿Fue porque tú eras
más justo que ellos? Si
es así, entonces ciertamente tienes algo de qué jactarte.
¿Fue aquella mayor
justicia algo que conseguiste por ti mismo o fue don de Dios? Si fue
algo que
tú conseguiste, entonces en el fondo tu salvación depende
de tu propia
justicia. Si la justicia fue un don, ¿entonces por qué no
le dio Dios el mismo
don a todos? Quizá no fue porque fueses más justo.
Quizá fue porque eras más
inteligente. ¿Porqué eres más inteligente?
¿Porque estudias más (lo que
realmente significa que eres más justo)? ¿O eres
más inteligente porque Dios te
dio un don de inteligencia que no dio a otros?
Sin duda, la
mayoría de los
cristianos que sostienen la idea de la gracia precedente
rehusarían dar tales
respuestas. Ven la arrogancia implícita en ellas. Por el
contrario, es más
probable que digan: "No, yo escogí a Cristo porque
reconocí la apremiante
necesidad que tenía de Él."
Eso
ciertamente suena más
humilde. Pero debo insistir en la pregunta. ¿Por qué
reconociste tu apremiante
necesidad de Cristo mientras que tu prójimo no lo hizo?
¿Fue porque tú eras más
justo que tu prójimo, o más inteligente?
La
cuestión fundamental para
los defensores de la gracia precedente es por qué algunos
cooperan con ella y
otros no. La manera en que respondamos revelará cuan
misericordiosa creemos que
es nuestra salvación realmente. La cuestión
fundamentalísima es: "¿Enseña
la Biblia una doctrina tal como la de la gracia precedente? Si
así es,
¿dónde?"
Concluimos
que nuestra
salvación es del Señor. Él es quien nos regenera.
Aquellos a quienes Él
regenera van a Cristo. Sin regeneración, nadie irá
jamás a Cristo. Con la
regeneración, nadie le rechazará jamás. La gracia
salvadora de Dios efectúa lo
que Él se propone efectuar mediante ella.
Resumen del
capítulo 5
1.
Nuestra salvación fluye de una iniciativa divina. Es Dios el
Espíritu Santo
quien libera a los cautivos. Es Él quien sopla dentro de
nosotros la vida
espiritual y nos resucita de la muerte espiritual.
2.
Nuestra condición antes de, ser vivificados es de muerte
espiritual. Es más
grave que una mera enfermedad mortal. No hay ni un gramo de vida
espiritual en
nosotros hasta que Dios nos da la vida.
3.
Sin el nuevo nacimiento, nadie irá a Cristo. Todos los que nacen
de nuevo van a
Cristo. Los que están muertos a las cosas de Dios permanecen
muertos a las
cosas de Dios a menos que Dios les haga vivir. Aquellos a quienes Dios
hace
vivir viven. La salvación es del Señor.
6
Presciencia y predestinación
La inmensa mayoría de los cristianos que
rechazan la
idea reformada de la predestinación adoptan lo que a veces se
llama la idea de
la presciencia (presciencia, conocimiento previo) acerca de la
predestinación.
Brevemente expresada, esta idea enseña que desde toda la
eternidad Dios sabía
cómo viviríamos. Sabía de antemano si
recibiríamos a Cristo o lo rechazaríamos.
Sabía nuestras elecciones libres antes de que las
hiciéramos. La elección de
Dios en cuanto a nuestro destino eterno se hizo, pues, sobre la base de
lo que
Él sabía que escogeríamos. Él nos escoge
porque sabe de antemano que nosotros
le escogeremos a Él. Los elegidos, pues, son aquellos que Dios
sabía que
escogerían libremente a Cristo.
En este concepto, tanto el decreto eterno de Dios
como la libre elección del hombre quedan intactos. Según
esta idea, nada hay de
arbitrario acerca de las decisiones de Dios. No se habla aquí de
ser reducidos
a marionetas o de que nuestro libre albedrío sea forzado. Dios
es claramente
absuelto de cualquier indicio de mala acción. La base para
nuestro juicio final
se apoya, en última instancia, sobre nuestra decisión a
favor o en contra de
Cristo.
Hay mucho de loable en esta idea de la
predestinación. Es bastante satisfactoria y tiene los beneficios
mencionados
anteriormente. Además de esto, parece tener al menos una fuerte
garantía
bíblica. Si dirigimos nuestra atención de nuevo a la
carta de Pablo a los Romanos,
leemos:
“Porque
a los que antes conoció, también los predestinó
para que fuesen hechos
conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el
primogénito entre muchos
hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también
llamó; y a los que llamó, a
éstos también justificó; y a los que
justificó, a éstos también glorificó”
(Ro.
8:29,30).
Este pasaje tan bien conocido de Romanos ha sido
llamado la "Cadena de Oro de la Salvación". Notamos una especie
de
orden aquí que comienza con la presciencia de Dios y
continúa hasta la
glorificación del creyente. Es crucial para la idea de la
presciencia que en
este texto la presciencia de Dios venga antes de la
predestinación de Dios.
Siento un gran aprecio por la idea de la presciencia
en cuanto a la predestinación. En tiempos la sostuve antes de
rendirme a la
idea reformada. Pero abandoné esta idea por varias razones.
Entre éstas no es
la menos importante el haber llegado al convencimiento de que la idea
de la
presciencia no es tanto una explicación de la doctrina
bíblica de la
predestinación como una negación de la doctrina
bíblica. No incluye todo el
consejo de Dios en el asunto.
Quizá la mayor debilidad de la idea de la
presciencia es el texto citado como su mayor fuerza. Tras un
análisis más
minucioso, el pasaje de Romanos citado anteriormente viene a ser un
grave
problema para la idea de la presciencia. Por un lado, los que apelan al
mismo
para apoyar la idea de la presciencia encuentran demasiado poco. Esto
es, el
pasaje enseña menos de lo que los defensores de la presciencia
quisieran que
enseñase y, sin embargo, enseña más de lo que
ellos quisieran que enseñase.
¿Cómo puede ser esto? En primer lugar, la
conclusión
de que la predestinación de Dios está determinada por la
presciencia de Dios no
se enseña en el pasaje. Pablo no sale diciendo que Dios escoge a
la gente sobre
la base de su conocimiento previo de las elecciones de ellos. Esa idea
ni se
afirma ni se implica en el texto. Lo único que el texto declara
es que Dios
predestina a los que conoce antes. Nadie disputa en este debate que
Dios tiene
presciencia. Aun Dios no podría escoger a personas de las cuales
nada supiera.
Antes de poder escoger a Jacob, tuvo que tener alguna idea en su mente
acerca
de Jacob. Pero el texto no enseña que Dios escogió a
Jacob sobre la base de la
elección que hizo Jacob.
En justicia, debe decirse que al menos el orden de
presciencia-predestinación que encontramos en Romanos 8 es
compatible con la
idea de la presciencia. Es el resto del pasaje lo que crea
dificultades. Nótese
el orden de los acontecimientos en el pasaje.
Presciencia-predestinación-llamamiento-justificación-glorificación.
El problema crucial aquí tiene que ver con la
relación entre el llamamiento y la justificación.
¿Qué quiere decir Pablo aquí
con "llamamiento?" El Nuevo Testamento habla del llamamiento divino
en más de una manera. En teología distinguimos entre el
llamamiento externo de
Dios y el llamamiento interno de Dios. Encontramos el llamamiento
externo de
Dios en la predicación del Evangelio. Cuando se predica el
Evangelio, todos los
que lo oyen son llamados o invitados a Cristo. Pero no todos responden
positivamente. No todos los que oyen el llamamiento externo del
Evangelio
llegan a ser creyentes. A veces, el llamamiento del Evangelio cae en
oídos
sordos.
Ahora bien, sabemos que sólo aquellos que
responden
con fe al llamamiento externo del Evangelio son justificados. La
justificación
es por la fe. Pero una vez más, no todos cuyos oídos oyen
la predicación
externa del Evangelio responden con fe. Por tanto, debemos concluir que
no
todos los que son llamados externamente son justificados.
Pero
Pablo dice en Romanos que los que Dios llama, a éstos
también
justifica. Ahora bien, concedemos que la Biblia no dice
explícitamente que Él
justifica a todos los que llama. Estamos supliendo la palabra todos.
Quizá
seamos tan culpables de leer algo en el texto que no está
allí como aquellos
que abogan por la idea de la presciencia.
Cuando suplimos la palabra todos aquí, estamos
respondiendo a una implicación del texto. Estamos haciendo una
inferencia. ¿Es
ésta una inferencia legítima? Pienso que lo es. Si Pablo
no quiere decir que
todos los que son llamados son justificados, la única
alternativa sería que
algunos de los que son llamados son justificados. Si suplimos la
palabra
algunos en lugar de la palabra todos aquí, entonces debemos
suplirla a todo lo
largo de la Cadena de Oro. Entonces se leería de la siguiente
manera:
“A algunos
de los que antes conoció, también los predestinó.
A algunos de los que
predestinó, a éstos también llamó. A
algunos de los que llamó, a éstos también
justificó. A algunos de los que justificó, a éstos
también glorificó”.
Esta lectura del texto nos deja con una
monstruosidad teológica, una pesadilla. Significaría que
sólo algunos de los
predestinados oyen jamás el Evangelio, y que sólo algunos
de los justificados
son finalmente salvados. Estas nociones están totalmente en
conflicto con lo
que enseña el resto de la Biblia sobre estos temas.
Sin embargo, la idea de la presciencia sufre un
problema aun mayor al suplir la palabra algunos. Si la
predestinación de Dios
se basa en su presciencia de cómo la gente responderá al
llamamiento externo
del Evangelio, ¿cómo es que sólo algunos de los
predestinados son siquiera
llamados? Ello demandaría que Dios predestinase a algunos que no
son llamados.
Si algunos de los predestinados son predestinados sin ser llamados,
entonces
Dios no estaría basando su predestinación en un
conocimiento previo a la
respuesta de ellos a su llamamiento. ¡No podrían dar
respuesta alguna a un
llamamiento que nunca recibieron! Dios no puede tener presciencia de la
no
respuesta de una persona a un no llamamiento.
Si seguimos todo eso, entonces veremos cómo nos
vocifera la conclusión. Pablo no puede estar implicando la
palabra algunos. Por
el contrario, la Cadena de Oro necesariamente implica la palabra todos.
Revisemos la propuesta. Si suplimos la palabra algunos en la Cadena de
Oro, el
resultado es fatal para la idea de la presciencia en cuanto a la
predestinación, porque haría que Dios predestinase a
algunos que no son
llamados. Puesto que la idea enseña que la predestinación
de Dios se basa en la
presciencia de Dios en cuanto a las respuestas positivas de la gente al
llamamiento del Evangelio, entonces la idea se hunde claramente si
algunos son
predestinados sin un llamamiento.
Suplir la palabra todos es igualmente fatal para la
idea de la presciencia. Esta dificultad se centra en la relación
entre el
llamamiento y la justificación. Si todos los que son llamados
son justificados,
entonces el pasaje podría significar una de dos cosas: (A) Todos
los que oyen
el Evangelio externamente son justificados; o (B) Todos los que son
llamados
por Dios internamente son justificados.
Si respondemos con la opción A, entonces la
conclusión a la que debemos llegar es que todos los que oyen el
Evangelio son
predestinados para ser salvos. Por supuesto, la inmensa mayoría
de los que
sostienen la idea de la presciencia en cuanto a la
predestinación también sostienen
que no todos los que oyen el Evangelio son salvos. Algunos son
universalistas.
Creen que todos serán salvos, tanto si oyen el Evangelio como si
no lo oyen.
Pero debemos recordar que el principal debate entre los
evangélicos acerca de
la predestinación no es acerca de la cuestión del
universalismo. Tanto los
defensores de la idea reformada de la predestinación como los
defensores de la
idea de la presciencia están de acuerdo en que no todos son
salvos. Están de
acuerdo en el hecho de que hay personas que oyen el Evangelio
externamente (el
llamamiento externo de Dios), que no responden con fe y que, por tanto,
no son
justificados. La opción A repugna tanto a los defensores de la
idea de la
presciencia como a los defensores de la idea reformada.
Eso nos deja con la opción B: todos los que son
llamados internamente por Dios son justificados. ¿Cuál es
el llamamiento
interno de Dios? El llamamiento externo se refiere a la
predicación del
Evangelio. La predicación es algo que hacemos como seres
humanos. El
llamamiento externo puede también ser "oído" leyendo la
Biblia. La
Biblia es la Palabra de Dios, pero nos llega mediante documentos
escritos por
seres humanos. En ese sentido es externa. Ningún ser humano
tiene poder para
obrar internamente en otro ser humano. No puedo llegar al interior del
corazón
de una persona para obrar en él una influencia inmediata. Puedo
hablar palabras
que son externas. Esas palabras pueden penetrar en el corazón,
pero no puedo
hacer que ocurra eso por mi propio poder. Sólo Dios puede llamar
a una persona
internamente. Sólo Dios puede obrar inmediatamente en lo
más recóndito del
corazón humano para influir una respuesta positiva de fe.
Así pues, si la opción B es lo que quiere
decir el
apóstol, entonces las implicaciones son claras. Si todos los que
Dios llama
internamente son justificados, y todos los que Dios predestina son
llamados
internamente, entonces se sigue que la presciencia de Dios tiene que
ver con
algo más que una mera conciencia previa de las decisiones libres
que los seres
humanos tomen. Sin duda, Dios conoce desde toda la eternidad
quiénes
responderán al Evangelio y quiénes no. Pero tal
conocimiento no es el de un
mero observador pasivo. Dios conoce desde la eternidad a quienes
llamará
internamente. Él justifica a todos los que llama internamente.
Dije anteriormente que la Cadena de Oro enseña
algo
más de lo que la idea de la presciencia quiere que
enseñe. Enseña que Dios
predestina un llamamiento interno. Todos los que Dios predestina a ser
llamados
internamente serán justificados. Dios está aquí
haciendo algo en los corazones
de los elegidos para asegurar su respuesta positiva.
Si la opción B constituye el entendimiento
correcto
de la Cadena de Oro, entonces está claro que Dios hace una clase
de llamamiento
a algunos que no hace a todos. Puesto que todos los que son llamados
son
justificados, y puesto que no todos son justificados, entonces se sigue
que el
llamamiento es una actividad divina bastante significativa que algunos
seres
humanos reciben y otros no.
Ahora nos vemos forzados a tratar de nuevo una
importante cuestión no muy diferente de nuestra cuestión
original. ¿A qué se
debe que algunos sean predestinados para recibir este llamamiento de
Dios y
otros no? ¿Reside la respuesta en el hombre o en los
propósitos de Dios? Un
defensor de la idea de la presciencia tendría que responder que
la razón por la
que Dios llama sólo a algunos internamente es que sabe de
antemano quiénes
responderán positivamente al llamamiento interno y
quiénes no. Por tanto, no
malgasta el llamamiento interno, sólo lo hace a aquellos que
Él sabe que
responderán favorablemente al mismo.
¿Cuánto poder hay en el llamamiento
interno de Dios?
¿Tiene alguna ventaja recibirlo? Si sólo es dado a
aquellos que Dios conoce que
responderán a Él por su propio poder, parecería
ser una influencia interna sin
una influencia real. Si no tiene influencia alguna en la persona que
oye el
llamamiento externo, entonces Dios está predestinando una
ventaja para algunos
de que está privando a otros. Si no tiene influencia alguna
sobre la decisión
humana, entonces simplemente no es una influencia en absoluto. Si no es
una
influencia en absoluto, entonces nada significa en cuanto a la
salvación y
constituye una parte absurda de la Cadena de Oro.
Es crucial recordar que el llamamiento interno de
Dios se hace a las personas antes que crean, antes que respondan con
fe. Si
influye en la respuesta de alguna manera, entonces Dios está
predestinando una
ventaja para los elegidos. Si no influye en la decisión humana,
¿entonces qué
hace? Este dilema es penoso para la idea de la presciencia, penoso y
sin
alivio.
La idea
reformada de la predestinación
En contraste con la idea de la presciencia en cuanto
a la predestinación, la idea reformada asevera que la
decisión final en cuanto
a la salvación descansa en Dios y no en el hombre. Enseña
que desde toda la
eternidad Dios ha escogido intervenir en las vidas de algunos y
llevarlos a la
fe salvadora, y ha escogido no hacer eso por otros. Desde toda la
eternidad,
sin tener en cuenta previamente nuestra conducta humana, Dios ha
escogido a
algunos para elección y a otros para reprobación. El
destino final de la
persona está decidido por Dios antes que la persona haya
siquiera nacido y sin
depender finalmente de la elección humana. Sin duda, existe una
elección
humana, una elección humana libre, pero la elección se
hace porque, en primer
lugar, Dios escoge influir en los elegidos para que hagan la
elección correcta.
La base de la elección de Dios no se apoya en el hombre, sino
únicamente en el
beneplácito de la voluntad divina.
En la idea reformada de la predestinación, la
elección de Dios precede a la elección del hombre.
Nosotros le escogemos a El
solamente porque Él nos ha escogido primero a nosotros. Sin la
predestinación
divina y sin el llamamiento interno divino, la idea reformada sostiene
que
nadie escogería jamás a Cristo. Esta es la idea de la
predestinación que irrita
a tantos cristianos. Esta es la idea que suscita importantes cuestiones
acerca
del libre albedrío del hombre y acerca de la equidad de Dios.
Esta es la idea
que provoca tantas respuestas enojadas y acusaciones de fatalismo,
determinismo, etc.
La idea reformada de la predestinación entiende
la
Cadena de Oro como sigue: Desde toda la eternidad, Dios conoció
de antemano a
sus elegidos. Él tenía una idea de la identidad de ellos
en su mente antes de
crearlos. No sólo los conoció de antemano en el sentido
de tener una idea
previa de su identidad personal, sino que también los
conoció de antemano en el
sentido de amarlos de antemano. Debemos recordar que cuando la Biblia
habla de
"conocer", distingue a menudo entre una simple conciencia mental de
una persona y un profundo e íntimo amor de la persona. La
idea reformada cree que todos aquellos a quienes Dios ha conocido
así de
antemano también los ha predestinado para ser llamados
internamente, para ser
justificados y para ser glorificados. Dios, en su soberanía,
hace que se lleve
a cabo la salvación de sus elegidos y sólo de sus
elegidos.
Resumen
del capítulo 6
1.
La
presciencia no es una explicación válida de la
predestinación.
2.
Hace
que la redención sea, en última instancia, una obra
humana.
3.
La
predestinación es soslayada y virtualmente vaciada de
significado.
4.
La
Cadena de Oro muestra que nuestra justificación depende del
llamamiento de Dios.
5.
El
llamamiento de Dios se apoya en una predestinación previa.
6.
Sin
predestinación, no hay justificación.
7.
No
son nuestras elecciones futuras, sin embargo, las que inducen a
Dios a escogernos.
8.
Es
la decisión soberana de Dios a nuestro favor.
7
¿Existe
la doble Predestinación?
Doble
predestinación. Las
palabras mismas suenan ominosas. Una cosa es contemplar el
benévolo plan de Dios
para la salvación de los elegidos. Pero, ¿qué de
aquellos que no son elegidos?
¿Están también predestinados? ¿Existe un
horrible decreto de reprobación?
¿Destina Dios a algunos desgraciados al infierno?
Estas
cuestiones salen a
colación inmediatamente tan pronto como se menciona la doble
predestinación.
Tales cuestiones hacen que algunos consideren el concepto de la doble
predestinación como un terreno prohibido. Otros, si bien creen
en la
predestinación, declaran enfáticamente que creen en una
predestinación simple.
Esto es, si bien creen que algunos son predestinados para
salvación, no ven la
necesidad de suponer que otros sean igualmente predestinados para
condenación.
En resumen, la idea es que algunos son predestinados para
salvación, pero todos
tienen la oportunidad de ser salvos. Dios se asegura que algunos la
alcancen
proveyendo ayuda adicional, pero el resto de la humanidad aún
tiene una
oportunidad.
Aunque hay
un fuerte
sentimiento para hablar solamente de la predestinación simple y
evitar
cualquier discusión sobre la doble predestinación,
aún debemos afrontar las
cuestiones sobre la mesa. A menos que concluyamos que todo ser humano
está
predestinado para salvación, debemos afrontar la otra cara de la
elección. Si
existe en absoluto tal cosa como la predestinación, y si esa
predestinación no
incluye a todos, entonces no debemos rehuir la necesaria inferencia de
que la
predestinación tiene dos lados. No es suficiente hablar acerca
de Jacob;
debemos también considerar a Esaú.
Igualdad
final
Existen
ideas diferentes
acerca de la doble predestinación. Una de ellas es tan
aterradora que muchos
rehúyen totalmente el término, de forma que su idea de la
doctrina no se
confunda con la idea temible. Esta idea se llama la igualdad final. La
igualdad
final se basa en un concepto de simetría. Procura un equilibrio
completo entre
la elección y la reprobación. La idea clave es
ésta: al igual que Dios
interviene en las vidas de los elegidos para crear fe en sus corazones,
así
también Dios interviene igualmente en las vidas de los
réprobos para crear u
obrar incredulidad en sus corazones. La idea de que Dios obre
activamente la
incredulidad en los corazones de los réprobos se deduce de
afirmaciones
bíblicas acerca del hecho de que Dios endurece los corazones de
las personas.
La igualdad
final no es la
idea reformada o calvinista de la predestinación. Algunos la han
llamado
"hiper-calvinismo". Yo prefiero llamarla "sub-calvinismo"
o, mejor aún, "anti-calvinismo". Aunque el calvinismo
ciertamente tiene
una idea de la doble predestinación, la doble
predestinación que sostiene no es
la de la igualdad final.
Para
entender la idea
reformada acerca del asunto, debemos prestar estrecha atención a
la crucial
distinción entre los decretos positivos y negativos de Dios. Lo
positivo tiene
que ver con la intervención activa de Dios en los corazones de
los elegidos. Lo
negativo tiene que ver con el hecho de que Dios pasa por alto a los no
elegidos. La idea reformada enseña que Dios interviene positiva
o activamente
en las vidas de los elegidos para asegurar su salvación. A los
restantes seres
humanos Dios los abandona a su libre albedrío. No crea
incredulidad en sus
corazones. Esa incredulidad está ya allí. No los fuerza a
pecar. Pecan por
elección propia. Según la idea calvinista, el decreto de
elección es positivo;
el decreto de reprobación es negativo.
La idea del
hiper-calvinismo
acerca de la doble predestinación puede llamarse
predestinación
positiva-positiva. La idea del calvinismo ortodoxo puede llamarse
predestinación positiva-negativa. Observémosla en forma
de diagrama.
Calvinismo
Hiper-calvinismo
Positiva-negativa
Positiva-positiva
Idea asimétrica
Idea
simétrica
Desigualdad final
Igualdad final
Dios pasa por alto a los réprobos.
Dios
obra
incredulidad
en los corazones de los réprobos
El terrible
error del
hiper-calvinismo es que implica a Dios en forzar el pecado. Esto hace
una
violencia radical a la integridad del carácter de Dios. El
ejemplo
bíblico primario que pudiera tentarnos al hiper-calvinismo es el
caso de
Faraón. Repetidamente leemos en el relato del Éxodo que
Dios endureció el
corazón de Faraón. Dios dijo a Moisés de antemano
que haría esto:
“Tu
dirás todas las cosas que yo te mande, y Aarón tu hermano
hablará a Faraón,
para que deje ir de su tierra a los hijos de Israel. Y yo
endureceré el
corazón de Faraón y multiplicaré en la tierra
de Egipto mis señales y mis
maravillas. Y Faraón no os oirá; mas yo pondré mi
mano sobre Egipto, y sacaré a
mis ejércitos, mi pueblo, los hijos de Israel, de la tierra de
Egipto, con
grandes juicios. Y sabrán los egipcios que yo soy el
Señor, cuando extienda mi
mano sobre Egipto, y saque a los hijos de Israel de en medio de
ellos”
(Ex.
7:2-5).
La Biblia
enseña claramente
que Dios endureció, efectivamente, el corazón de
Faraón. Ahora bien, sabemos
que Dios hizo esto para su propia gloria y como señal tanto a
Israel como a
Egipto. Sabemos que el propósito de Dios en todo esto era un
propósito
redentor. Pero nos queda aún un difícil problema. Dios
endureció el corazón de
Faraón y después juzgó a Faraón por su
pecado. ¿Cómo puede hacer Dios
responsable a Faraón o a cualquier otro de un pecado que fluye
de un corazón
que Dios mismo ha endurecido?
Nuestra
respuesta a esa
pregunta depende de cómo entendemos el acto de endurecimiento
por parte de
Dios. ¿Cómo endureció el corazón de
Faraón? La Biblia no responde a esa
pregunta explícitamente. Al pensar acerca de ello, nos damos
cuenta que, básicamente,
sólo hay dos maneras en que podía haber endurecido el
corazón de Faraón: activa
o pasivamente.
Un
endurecimiento activo
implicaría la intervención directa de Dios en el interior
del corazón de
Faraón. Dios se entremetería en el corazón de
Faraón y crearía nueva maldad en
él. Esto ciertamente garantizaría que Faraón
produciría el resultado deseado
por Dios. También garantizaría que Dios es el autor del
pecado.
El
endurecimiento pasivo es
totalmente otra historia. El endurecimiento pasivo implica un juicio
divino
sobre el pecado que ya está presente. Lo único que Dios
necesita hacer para
endurecer el corazón de una persona cuyo corazón ya es
perverso es
"entregarle a su pecado". Encontramos este concepto del juicio divino
repetidamente en la Escritura.
¿Cómo
funciona esto? Para
entenderlo adecuadamente debemos considerar primero brevemente otro
concepto,
el de la gracia común de Dios. Esto se refiere a esa gracia de
Dios que todos
los hombres gozan en común. La lluvia que refresca la tierra y
riega nuestras
cosechas cae igualmente sobre justos e injustos. Los injustos,
ciertamente, no
merecen tales beneficios, pero gozan de ellos igualmente. Así
ocurre con el Sol
y los arco iris. Nuestro mundo es un escenario de gracia común.
Uno de los
elementos más
importantes de la gracia común que gozamos es el refrenamiento
del mal en el
mundo. Ese refrenamiento fluye de muchas fuentes. El mal es refrenado
por los
policías, las leyes, la opinión pública, el
equilibrio de poder, etc. Aunque el
mundo en que vivimos está lleno de iniquidad, no es tan inicuo
como podría ser.
Dios utiliza los medios mencionados anteriormente, al igual que otros
medios
para mantener controlado el mal. Por su gracia, controla y refrena la
cantidad
de maldad en este mundo. Si se dejase al mal totalmente descontrolado,
entonces
la vida en este planeta sería imposible.
Lo
único que Dios tiene que
hacer para endurecer los corazones de las personas es quitar los
frenos. Les da
más libertad de acción. En lugar de refrenar su libertad
humana, la incrementa.
Les deja seguir su propio camino. En un sentido, les da la soga con que
ahorcarse. No es que Dios ponga su mano en ellos para crear nueva
maldad en sus
corazones; meramente, su santa mano deja de refrenarlos y les permite
hacer su
propia voluntad.
Si
hubiéramos de determinar
cuáles son los hombres más inicuos y diabólicos de
la historia humana, ciertos
nombres aparecerían en la lista de casi todos. Veríamos
los nombres de Hitler,
Nerón, Stalin y otros que han sido culpables de masacres y otras
atrocidades.
¿Qué tienen esas personas en común? Fueron todos
dictadores. Todos tenían,
virtualmente, un poder y autoridad ilimitados dentro de la esfera de
sus
dominios.
¿Por
qué decimos que el poder
corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente? (Sabemos que
esto no
se refiere a Dios, sino sólo al poder y la corrupción de
los hombres.) El poder
corrompe, precisamente, porque eleva a una persona por encima de los
frenos
normales que restringen al resto de nosotros. Yo soy refrenado por los
conflictos de interés con personas que son tan poderosas o
más poderosas que
yo. Aprendemos pronto en la vida a restringir nuestra beligerancia
hacia
aquellos que son mayores que nosotros. Tendemos a entrar en conflictos
de forma
selectiva. La discreción tiende a prevalecer sobre el valor
cuando nuestros
oponentes son más poderosos que nosotros.
Faraón
era el hombre más
poderoso del mundo cuando Moisés fue a verle. Casi el
único freno que había
contra la iniquidad de Faraón era el santo brazo de Dios. Lo
único que Dios
tenía que hacer para endurecer más a Faraón era
quitar su brazo. Las malvadas
tendencias de Faraón hicieron el resto. En el acto del
endurecimiento
pasivo, Dios toma la decisión de quitar los frenos; la parte
inicua del proceso
es realizada por Faraón mismo. Dios no hace violencia a la
voluntad de Faraón.
Como hemos dicho, simplemente le da a Faraón más
libertad.
Vemos el
mismo tipo de cosa
en el caso de Judas y de los inicuos que Dios y Satanás
utilizaron para afligir
a Job. Judas no fue una pobre víctima inocente de la
manipulación divina. No
era un hombre justo a quien Dios forzó a traicionar a Cristo y
después lo
castigó por la traición. Judas traicionó a Cristo
porque quería treinta monedas
de plata. Como declara la Escritura, Judas era el hijo de
perdición desde el
principio. Sin duda, Dios utiliza las malvadas tendencias y las
malvadas
intenciones de los hombres caídos para llevar a cabo sus propios
propósitos
redentores. Sin Judas no hay cruz. Sin la cruz no hay redención.
Este no es un
caso en que Dios fuerza la maldad. Por el contrario, es un caso
glorioso del
triunfo redentor de Dios sobre la maldad. Los deseos malvados de los
corazones
de los hombres no pueden frustrar la soberanía de Dios. En
realidad, están sujetos
a la misma.
Cuando
estudiamos el modelo
del castigo divino de los inicuos, vemos emerger una especie de
justicia
poética. En la escena del juicio final del libro de Apocalipsis
leemos lo
siguiente:
“El
que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea
inmundo todavía;
y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es
santo,
santifíquese todavía”
(Ap.
22:11).
En su acto
final de juicio,
Dios entrega a los pecadores a sus pecados. En efecto, los abandona a
sus
propios deseos. Así ocurrió con Faraón. Mediante
este acto de juicio, Dios no
manchó su propia justicia creando nueva maldad en el
corazón de Faraón. Él
estableció su propia justicia castigando la maldad que ya
había en
Faraón. Así es como debemos entender la doble
predestinación. Dios
muestra misericordia a los elegidos obrando la fe en sus corazones.
Él
administra justicia a los réprobos dejándolos en sus
propios pecados. No hay
simetría aquí. Un grupo recibe misericordia. El otro
grupo recibe justicia.
Nadie es víctima de injusticia. Nadie puede quejarse de que haya
injusticia en
Dios.
Romanos 9
El pasaje
más significativo
en el Nuevo Testamento que tiene que ver con la doble
predestinación se
encuentra en Romanos 9.
“Porque
la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara
tendrá un
hijo. Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca
concibió de uno, de Isaac
nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni
habían hecho aún ni bien ni mal,
para que el propósito de Dios conforme a la elección
permaneciese, no por las
obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al
menor Como está
escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.
¿Qué,
pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera.
Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga
misericordia, y me
compadeceré del que yo me compadezca.
Así
que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que
tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón Para esto
mismo te he
levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea
anunciado por
toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al
que
quiere endurecer, endurece” (Rom.
9:9-18).
En este
pasaje tenemos la
expresión bíblica más clara que podemos encontrar
para el concepto de la doble
predestinación. Se expresa sin reservas y sin ambigüedad.
"De manera que
de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer,
endurece."
Algunos reciben misericordia, otros reciben justicia. La
decisión en cuanto a
esto está en la mano de Dios.
Pablo
ilustra el carácter
doble de la predestinación mediante su referencia a Jacob y
Esaú. Estos dos
hombres eran hermanos gemelos. Estuvieron en el mismo vientre y al
mismo
tiempo. Uno recibió la bendición de Dios y el otro no.
Uno recibió una porción
especial del amor de Dios, el otro no. Esaú fue "aborrecido" por
Dios.
El odio
divino que aquí se
menciona no es expresión de una actitud insidiosa de malicia. El
odio divino no
es malicioso. Implica una retención de favor. Dios está
"por"
aquellos a quienes ama. Vuelve su rostro contra aquellos inicuos que no
son
objeto de su favor redentor especial. Aquellos a quienes ama reciben su
misericordia. Aquellos a quienes "aborrece" reciben su justicia. Una
vez más, nadie es tratado injustamente.
¿Por
qué escogió Dios a Jacob
y no a Esaú? ¿Previo Dios en Jacob algún acto
justo que justificaría este favor
especial? ¿Observó Dios los corredores del tiempo y vio a
Jacob haciendo la
elección acertada y a Esaú haciendo la elección
equivocada?
Si esto era
lo que el apóstol
se proponía enseñar, no hubiera sido difícil
aclarar este punto. Aquí tenía
Pablo una magnífica oportunidad de enseñar una idea de
presciencia en cuanto a
la predestinación, si hubiese querido. Parece extraño
ciertamente que no
aproveche tal oportunidad. Pero esto no es un argumento de silencio.
Pablo no
guarda silencio sobre el tema. Él elabora lo contrario. Enfatiza
el hecho de
que la decisión de Dios se tomó antes del nacimiento de
estos gemelos y sin
tomar en consideración sus acciones futuras.
La frase de
Pablo en el
versículo 11 es crucial. "Pues no habían aún
nacido, ni habían hecho
aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios
conforme a la elección
permaneciese, no por las obras sino por el que llama". ¿Por
qué dice
esto el apóstol? El acento aquí se pone claramente en la
obra de Dios. Niega
enfáticamente que la elección sea resultado de la obra
del hombre, prevista o
de cualquier otra forma. Es el propósito de Dios conforme a su
elección lo que
aquí se considera.
Si Pablo
quería decir que la
elección se basa en alguna decisión humana prevista,
¿por qué no lo dijo así?
Por el contrario, declara que el decreto se hizo antes que los hijos
nacieran y
antes que hubieran hecho algún bien o mal. Ahora bien,
concedemos que una idea
de la presciencia en cuanto a la predestinación es consciente de
que el decreto
divino se hizo anteriormente al nacimiento. Pero esa idea insiste en
que la
decisión de Dios no se basó en su conocimiento de
elecciones futuras. ¿Por qué no
afirma esto Pablo aquí? Lo único que dice es que el
decreto se hizo antes del
nacimiento y antes que Jacob y Esaú hubieran hecho algún
bien o mal.
Concedemos
que en este pasaje
Pablo no dice expresamente que la decisión de Dios no se
basó en el futuro bien
o mal de ellos. Pero no necesitaba decir eso. La implicación
está clara a la
luz de lo que sí dice. Pone el acento donde corresponde, en el
propósito de
Dios y no en la obra del hombre. La carga aquí está sobre
aquellos que quieren
añadir la noción modificadora crucial de elecciones
previstas. La Biblia no la
añade aquí ni en lugar alguno.
La
cuestión es ésta: Si Pablo
creía que la predestinación de Dios se basaba en
elecciones humanas previstas,
éste era el contexto en que podía expresarlo.
Debemos dar un paso más.
Aunque Pablo guarda silencio acerca de la cuestión de elecciones
futuras aquí,
no continúa haciéndolo. En el versículo 16 lo deja
claro. "Así que no
depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene
misericordia." Este es el golpe de gracia al arminianismo y a
todas
las demás ideas no reformadas de la predestinación. Esta
es la Palabra de Dios
que requiere que todos los cristianos desistan de las ideas acerca de
la
predestinación que hacen que la decisión final para la
salvación dependa de la
voluntad del hombre. El apóstol declara: "No depende del que
quiere".
Las ideas no reformadas deben decir que depende del que quiere. Esto es
una
contradicción violenta de la enseñanza de la Escritura.
Este versículo por sí
solo es absolutamente fatal para el arminianismo.
Es nuestro
deber honrar a
Dios. Debemos confesar con el apóstol que nuestra
elección no se basa en
nuestras voluntades, sino en los propósitos de la voluntad de
Dios. Pablo
suscita dos preguntas retóricas en este pasaje que debemos
considerar. La
primera es: "¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay
injusticia en Dios?" ¿Por
qué anticipa Pablo esta pregunta? Nadie suscita esa pregunta a
un arminiano. Si
nuestra elección se basa, en última instancia, en
decisiones humanas, no hay
necesidad de suscitar tal objeción.
Sin embargo,
acerca de la
doctrina bíblica de la predestinación sí se
suscita esta pregunta. Es la
predestinación basada en el propósito soberano de Dios,
en su decisión sin
tener en cuenta las elecciones de Jacob o Esaú, la que incita el
clamor:
"¡Dios no es justo!" Pero el clamor se basa en un entendimiento
superficial del asunto. Es la protesta del hombre caído
quejándose de que Dios
no es lo suficientemente benévolo. ¿Cómo
responde Pablo a la pregunta? No
se da por satisfecho con decir meramente: "No, no hay injusticia en
Dios." Por el contrario, su respuesta es tan enfática como le es
posible
hacerla. Dice: "¡En ninguna manera!"
La segunda
objeción que Pablo
anticipa es ésta: "Me dirás: ¿Por qué,
pues, inculpa? porque ¿quién ha
resistido a su voluntad?" Una vez más nos preguntamos por
qué anticipa
el apóstol esta objeción. Esta es otra objeción
que nunca se suscita contra el
arminianismo. Las ideas no reformadas de la predestinación no
tienen que
preocuparse acerca de afrontar preguntas como ésta. Dios,
evidentemente,
inculparía a aquellos que sabía que no escogerían
a Cristo. Si la base final
para la salvación depende del poder de la elección
humana, entonces se puede
achacar la culpa fácilmente, y Pablo no tendría que
enfrentarse con esta
objeción anticipada. Pero se enfrenta con ella porque la
doctrina bíblica de la
predestinación exige que se enfrente con ella.
¿Cómo responde Pablo a
esta pregunta? Examinemos su respuesta:
“Mas
antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que
alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de
barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho
así? ¿O no tiene potestad el
alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra
y oír o
par a deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira
y hacer notorio su
poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados
para
destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria,
las mostró para
con los vasos de misericordia que él preparó de antemano
para gloria, a los
cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo
de los judíos, sino
también de los gentiles?” (Ro.
9:20-24).
Esta es una
respuesta de
peso. Debo confesar que tengo un conflicto con ella. Mi conflicto, sin
embargo,
no es acerca de si este pasaje enseña la doble
predestinación. Esta claro que
lo hace. Mi conflicto tiene que ver con el hecho de que este texto
suministra
municiones a los defensores de la igualdad final. Suena a que Dios
está
haciendo pecadores a los hombres activamente. Pero el texto no requiere
eso. Él
hace vasos de ira y vasos de honra de la misma masa de barro. Pero si
observamos atentamente el texto, veremos que el barro con que trabaja
el
alfarero es un barro "caído". Una porción de barro recibe
misericordia con objeto de llegar a ser vasos de honra. Esa
misericordia
presupone un barro que es ya culpable. De la misma manera, Dios debe
"soportar" los vasos de ira preparados para destrucción porque
son
vasos culpables de ira.
Una vez
más, el acento en
este pasaje recae en el propósito soberano de Dios, y no sobre
las elecciones
libres y buenas del hombre. Aquí vienen al caso las mismas
suposiciones que en
la primera pregunta.
La respuesta
arminiana
Algunos
arminianos
responderán indignadamente a mi tratamiento de este texto.
Están de acuerdo en
que el pasaje enseña una firme idea de la soberanía
divina. Su objeción tiene
que ver con otro punto. Insisten en que Pablo no está ni
siquiera hablando
acerca de la predestinación de individuos en Romanos 9. Romanos
9 no tiene que
ver con individuos sino con la elección de naciones por parte de
Dios. Pablo
está hablando aquí acerca de Israel como pueblo escogido
de Dios. Jacob
representa meramente a la nación de Israel. Su nombre mismo fue
cambiado a
Israel, y sus hijos llegaron a ser los padres de las doce tribus de
Israel.
El hecho de
que Dios
favoreciera a Israel por encima de las demás naciones no se
disputa. Jesús
procedía de Israel. Fue de Israel de quien recibimos los Diez
Mandamientos y
las promesas del pacto con Abraham. Sabemos que la salvación es
de los judíos.
Todo eso es
cierto de Romanos
9. Debemos considerar, sin embargo, que al elegir a una nación,
Dios eligió a
individuos. Las naciones están formadas por individuos. Jacob
era un individuo.
Esaú era un individuo. Aquí vemos claramente que Dios
eligió en su soberanía a
individuos al igual que a una nación. Debemos apresurarnos a
añadir que Pablo
amplía este tratamiento de la elección más
allá de Israel en el versículo 24,
cuando declara: "A los cuales también ha llamado, esto es, a
nosotros, no
sólo de los judíos, sino también de los gentiles."
Elección
incondicional
Volvamos por
un momento a
nuestro famoso acróstico, TULIP. Ya hemos altercado con la T y
la I y lo hemos
cambiado a RULEP. Si bien prefiero el término elección
soberana a elección
incondicional, no dañaré más el acróstico.
Si lo cambiásemos a RSLEP ni
siquiera rimaría con TULIP.
La
elección incondicional
quiere decir que nuestra elección es decidida por Dios conforme
a su propósito,
conforme a su voluntad soberana. No se basa en alguna condición
prevista que
algunos de nosotros cumpliríamos y otros no. No se basa en
nuestro querer o en
nuestro correr, sino en el propósito soberano de Dios.
El
término elección
incondicional puede despistar y ser utilizado erróneamente. En
cierta ocasión
conocí a un hombre que nunca había cruzado la puerta de
una iglesia y que no
mostraba evidencia alguna de ser cristiano. No hacía
profesión de fe ni estaba
implicado en actividad cristiana alguna. Me dijo que creía en la
elección
incondicional. Estaba confiado en que era elegido. No tenía que
confiar en
Cristo, no tenía que arrepentirse, no tenía que obedecer
a Cristo.
Declaraba ser un elegido y que eso era suficiente. No necesitaba
más condiciones
de salvación. Estaba, en su opinión, salvado, santificado
y satisfecho.
Debemos
tener cuidado de
distinguir entre las condiciones que son necesarias para la
salvación y las
condiciones que son necesarias para la elección. Con frecuencia
hablamos de la
elección y la salvación como si fueran sinónimas,
pero no son exactamente lo
mismo. La elección es para salvación. La salvación
es, en su sentido más pleno,
la obra completa de la redención que Dios realiza en nosotros.
Hay toda
clase de condiciones
que deben ser cumplidas por alguien para ser salvo. La principal entre
ellas es
que debe tener fe en Cristo. La justificación es por la fe. La
fe es un
requisito necesario. Sin duda, la doctrina reformada de la
predestinación
enseña que todos los elegidos son ciertamente llevados a la fe.
Dios se encarga
de que se cumplan las condiciones necesarias para la salvación.
Cuando
decimos que la
elección es incondicional, queremos decir que el decreto
original de Dios por
el cual escoge a algunos para ser salvos no depende de alguna
condición futura
en nosotros que Dios prevé. Nada hay en nosotros que Dios
pudiera prever y que
le indujera a escogernos. Lo único que prevería en las
vidas de criaturas
caídas abandonadas a su propia suerte sería el pecado.
Dios nos escoge
simplemente conforme al beneplácito de su voluntad.
¿Es
Dios
arbitrario?
Que Dios nos
escoja no por lo
que encuentre en nosotros, sino conforme a su beneplácito,
suscita la acusación
de que esto hace a Dios arbitrario. Sugiere que Dios hace su
selección de
manera antojadiza o caprichosa. Parece como si nuestra elección
fuese el
resultado de un sorteo ciego y frívolo. Si somos elegidos, ello
se debe
solamente a que tenemos suerte. Dios sacó nuestros nombres de un
sombrero
celestial.
Ser
arbitrario es hacer algo
por ninguna razón. Ahora bien, está claro que no hay en
nosotros razón alguna
para que Dios nos escoja. Pero eso no es lo mismo que decir que Dios no
tiene
alguna razón en sí mismo. Dios no hace nada sin tener
alguna razón para ello.
No es caprichoso o antojadizo. Dios es tan sobrio como soberano.
Un sorteo
depende
intencionadamente del azar. Dios no obra por azar. Él
sabía a quiénes
seleccionaría. Conocía y amaba de antemano a sus
elegidos. No fue una suerte
ciega porque Dios no es ciego. Sin embargo, debemos aún insistir
en que la
razón decisiva para su elección no fue algo que
conociera, viera o amara de
antemano en nosotros.
A los
calvinistas no nos
gusta, en general, hablar de suerte. En lugar de desear a la gente
"buena
suerte", preferimos decir: "bendiciones providenciales". Sin
embargo, si hubiésemos de hablar de nuestro "día de
suerte",
señalaríamos aquel día en la eternidad cuando Dios
decidió escogernos.
Volvamos nuestra atención a la enseñanza de Pablo sobre
este asunto en Efesios:
“Bendito
sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo
con toda
bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,
según nos escogió en
él antes de la fundación del mundo, para que
fuésemos santos y sin mancha delante
de él, en amor habiéndonos predestinado para ser
adoptados hijos suyos por
medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,
para alabanza
de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Ef.
1:3-6).
Según
el
puro afecto de su voluntad. Esta es la
afirmación
apostólica que parece sugerir arbitrariedad divina. Pero cuando
la Biblia habla
del afecto de Dios, el término no se usa con frivolidad.
Aquí afecto significa
simplemente "lo que agrada". Dios nos predestina según lo que le
agrada. La Biblia habla del puro afecto de Dios. El puro afecto de Dios
nunca
debe confundirse con un afecto erróneo. Lo que agrada a Dios es
la bondad. Lo
que nos agrada a nosotros no siempre es la bondad. Dios nunca se
deleita en la
iniquidad. Nada hay de inicuo acerca del puro afecto de su voluntad.
Aunque la
razón para escogernos no reside en nosotros sino en el afecto
soberano de Dios,
podemos estar seguros de que el afecto soberano de Dios es un afecto
bueno.
Recordamos
también cómo instruyó
el apóstol a los cristianos filipenses. Les dijo: "...ocupaos
en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que
en vosotros
produce así el querer como el hacer,
por su buena
voluntad” (Fil. 2:12,13). En este pasaje,
Pablo no está
enseñando que la elección es una empresa conjunta entre
Dios y el hombre. La
elección es exclusivamente la obra de Dios. Es, como hemos
visto, monergista.
Pablo está hablando aquí acerca de la puesta en
práctica de nuestra salvación
que sigue a nuestra elección. Se está refiriendo
específicamente aquí al
proceso de nuestra santificación. La santificación no es
monergista es
sinergista. Esto es, demanda la cooperación del creyente
regenerado. Somos
llamados a trabajar para crecer en la gracia. Hemos de trabajar
duramente,
combatiendo contra el pecado hasta la sangre si es necesario, golpeando
nuestros cuerpos si eso es lo que se requiere para subyugarlos.
Somos
llamados a esta obra
seria de la santificación por exhortación divina. La obra
ha de ser llevada a
cabo en un espíritu de temor y temblor. Nuestra
santificación no es un asunto
ocasional. No lo enfocamos de forma caballeresca, diciendo simplemente:
"Eso es cosa de Dios." Dios no lo hace todo por nosotros.
Tampoco, sin embargo, nos deja Dios ocuparnos en nuestra
salvación por nosotros
mismos, en nuestra propia fuerza. Somos consolados por su segura
promesa de
producir en nosotros así el querer como el hacer lo que a
él le agrada.
Recientemente
oí un sermón
del gran predicador escocés Eric
Mis
propósitos no siempre
incluyen el bien de Dios. Yo soy pecador. Afortunadamente para
nosotros, Dios
no es pecador. Él es totalmente justo. Sus propósitos son
siempre y en todo
lugar justos. Sus propósitos obran para mi bien, aun cuando sus
propósitos
estén en conflicto con mis propósitos. Quizá
debería decir:
"Especialmente, cuando sus propósitos están en conflicto
con mis
propósitos". Lo que le agrada a Él es bueno para
mí. Esa es una de las
lecciones más difíciles que los cristianos aprendan
jamás.
Nuestra
elección es
incondicional excepto por una cosa. Hay un requisito que debemos
cumplir antes
que Dios nos elija jamás. Para ser elegidos, debemos primero ser
pecadores. Dios no elige a los justos para salvación. No
necesita elegir
a los justos para salvación. Los justos no necesitan ser
salvados. Sólo los
pecadores necesitan un salvador. Los que están sanos no tienen
necesidad de
médico.
Cristo vino
a buscar y a
salvar a los que estaban realmente perdidos. Dios le envió al
mundo no sólo
para hacer posible nuestra salvación, sino para hacerla segura.
Cristo no ha
muerto en vano. Sus ovejas son salvadas a través de su vida
impecable y su
muerte expiatoria. Nada hay de arbitrario en eso.
Resumen
1. 1.
No todos los hombres son predestinados para salvación.
2. 2.
Hay dos aspectos o lados de la cuestión. Hay aquellos que son
elegidos y
aquellos que no son elegidos.
3. 3.
La predestinación es "doble".
4. 4.
Debemos tener cuidado de no pensar en términos de igualdad
final.
5. 5.
Dios no crea el pecado en los corazones de los pecadores.
6. 6.
Los elegidos reciben misericordia. Los no elegidos reciben justicia,
7. 7.
Nadie recibe injusticia por parte de Dios.
8. 8.
El "endurecimiento de los corazones" por parte de Dios es en sí
mismo
un justo castigo por el pecado que ya está presente.
9. 9.
La elección que Dios hace de los elegidos es soberana, pero no
arbitraria.
10. Todas
las decisiones de Dios
fluyen de su santo carácter.
8
¿Podemos
saber que somos salvos?
El
ministerio de Evangelismo
Explosivo tiene como clave para la presentación del Evangelio
dos preguntas
cruciales. La primera es: "¿Has alcanzado una posición en
tu vida
espiritual en la que sepas con seguridad que cuando mueras irás
al cielo?"
Los obreros con experiencia dicen que la inmensa mayoría de las
personas
responden a esta pregunta negativamente. La mayoría de la gente
no está segura
de su salvación futura. Muchos, si no la mayoría,
expresan serias dudas acerca
de si tal seguridad es inclusive posible. Cuando yo estaba en el
seminario, se
hizo una estadística entre mis compañeros de clase. Entre
aquel grupo concreto
de seminaristas, aproximadamente el 90% de ellos dijeron que no estaban
seguros
de su salvación. Muchos expresaron enojo ante la pregunta,
viendo en ella una
especie de presunción implícita. Parece arrogante a
algunos aun hablar acerca
de la seguridad de la salvación.
Sin duda,
afirmar nuestra
seguridad de salvación puede ser un acto de arrogancia. Si
nuestra confianza en
nuestra salvación se apoya en una confianza en nosotros mismos,
es un acto de
arrogancia. Si estamos seguros de ir al cielo porque pensamos merecer
ir al
cielo, entonces nuestra actitud es increíblemente arrogante.
Con respecto
a la seguridad
de la salvación, hay básicamente cuatro clases de
personas en el mundo. (1) Hay
quienes no son salvos y saben que no son salvos. (2) Hay quienes son
salvos y
no saben que son salvos. (3) Hay quienes son salvos y saben que son
salvos. (4)
Hay quienes no son salvos y "saben" que son salvos. Si hay quienes no
son salvos que "saben" que son salvos, ¿cómo pueden saber
los que son
salvos que son realmente salvos?
Para
responder a esa
pregunta, debemos hacer primero otra pregunta. ¿Por qué
tienen algunos una
falsa seguridad de su salvación? En realidad, es relativamente
fácil. La falsa
seguridad se deriva, principalmente, de un falso entendimiento de lo
que la
salvación requiere o implica. Supongamos, por ejemplo, que
alguien es
universalista. Cree que todas las personas son salvas. Si esa premisa
es
correcta, entonces el resto de su deducción lógica es
fácil. Su razonamiento es
el siguiente:
Todas
las personas son salvas.
Yo
soy una persona.
Por
tanto, soy salvo.
El
universalismo es mucho más
prevaleciente de lo que muchos de nosotros nos damos cuenta. Cuando mi
hijo
tenía cinco años, le hice las dos preguntas de
Evangelismo Explosivo. Respondió
a la primera pregunta afirmativamente. Estaba seguro de que cuando
muriera iría
al cielo. Procedí entonces a hacerle la segunda pregunta. "Si
murieras
esta noche y Dios te dijera: '¿Por qué debería
dejarte entrar en mi cielo?',
¿qué responderías?" Mi hijo no dudó.
Respondió inmediatamente: "¡Porque
estoy muerto!"
Por el
tiempo en que mi hijo
tenía cinco años, ya había percibido un mensaje
muy claro. El mensaje era que
todos los que mueren van al cielo. Su doctrina de la
justificación no era
justificación por la fe sola. No era siquiera
justificación por obras o una
combinación de fe y obras. Su doctrina era mucho más
simple; creía en la
justificación por la muerte. Tenía una falsa seguridad de
su salvación.
Si el universalismo está extendido en nuestra cultura,
así lo está el concepto
de la justificación por obras. En un sondeo estadístico
entre más de mil
personas a quienes se hizo la misma pregunta que yo le hice a mi hijo,
más del
80% dieron una respuesta que implicaba alguna clase de "obras de
justicia". La gente decía cosas como: "He ido a la iglesia
durante
treinta años", "he asistido regularmente a la escuela
dominical", o "nunca he hecho ningún daño grave a nadie".
Aprendí
algo claramente en mi
experiencia en la evangelización: el mensaje de la
justificación por la fe sola
no ha penetrado en nuestra cultura. Multitudes de personas están
basando sus
esperanzas en cuanto al cielo en sus propias buenas obras. Están
bastante
dispuestos a admitir que no son perfectos, pero dan por supuesto que
son lo
suficientemente buenos. Han hecho "lo mejor posible" y eso, suponen
trágicamente, es suficientemente bueno para Dios.
Recuerdo a
un estudiante
protestando a John Gerstner acerca de una puntuación que
recibió en un examen
trimestral. Puntualizó su queja diciendo: "Dr. Gerstner, hice lo
mejor que
pude". Gerstner le miró y dijo suavemente: "Joven, tú
nunca has hecho
lo mejor que has podido." Sin duda, no creemos haber hecho lo
mejor
que hemos podido. Si revisamos nuestra actuación durante las
últimas
veinticuatro horas, sabremos que no hemos hecho lo mejor que hemos
podido. No
es necesario revisar nuestra vida entera para ver cuan plausible es
dicha
afirmación.
Sin embargo,
aun si
concedemos lo que de hecho nunca concederíamos, que la gente
hace lo mejor que
puede, sabemos que aun eso no es lo suficientemente bueno. Dios
requiere la
perfección para dejarnos entrar en su cielo. O bien encontramos
esa perfección
en nosotros mismos, o la encontramos en algún otro lugar, en
alguna otra
persona. Si pensamos que podemos encontrarla en nosotros mismos, nos
engañamos
a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Vemos, pues,
que es bastante
fácil tener una falsa sensación de seguridad acerca de
nuestra salvación. Pero
¿y si entendemos correctamente lo que requiere la
salvación? ¿Garantiza eso que
evitaremos una falsa seguridad de salvación?
De ninguna
manera. El diablo
mismo sabe lo que se requiere para la salvación. Sabe
quién es el Salvador.
Entiende la parte intelectual de la salvación mejor que
nosotros. Pero no pone
su confianza personal en Cristo para su salvación. Odia a
Jesús quien es el
Salvador. Podemos entender correctamente lo que es la salvación
y, sin embargo,
engañarnos a nosotros mismos acerca de si cumplimos o no los
requisitos de la
salvación. Podemos pensar que tenemos fe cuando, de hecho, no
tenemos fe.
Podemos pensar que estamos creyendo en Cristo, pero el Cristo que
abrazamos no
es el Cristo bíblico. Podemos pensar que amamos a Dios, pero el
Dios que amamos
es un ídolo.
¿Amamos
a un Dios que es
soberano? ¿Amamos a un Dios que envía a la gente al
infierno? ¿Amamos a un Dios
que demanda obediencia absoluta? ¿Amamos a un Cristo que
dirá a algunos en el
último día: "Apartaos de mí, nunca os
conocí"? No estoy preguntando
si amamos a este Dios y a este Cristo perfectamente; estoy preguntando
si
amamos a este Dios y a este Cristo en absoluto.
Una de mis
anécdotas
favoritas de todos los tiempos la relata el Dr. James Montgomery Boice.
El Dr.
Boice habla de un escalador que se soltó de su cuerda y estaba a
punto de caer
miles de metros y morir. Presa del pánico, agarró un
endeble arbusto que crecía
en una roca en la ladera de la montaña. Este detuvo
momentáneamente su caída,
pero comenzó a desprenderse lentamente por las raíces. El
escalador miró al
cielo y gritó: "¿Hay alguien allí que me pueda
ayudar?" Desde el
cielo se oyó una profunda voz de bajo. "Sí, te
ayudaré. Confía en mí.
Suelta el arbusto." El escalador miró la caverna que
tenía debajo y gritó
una vez más: "¿Hay alguien más allí que
pueda ayudarme?"
Es posible
que el Dios en quien
creemos es "alguien más". He hablado con frecuencia a un grupo
de
personas asociadas con Young Life (Vida Joven), el ministerio que lleva
a cabo
una importante misión entre los adolescentes. La fuerza de Young
Life es al
mismo tiempo su mayor peligro. Young Life tiene un índice
terriblemente elevado
de jóvenes que hacen profesiones de fe y posteriormente repudian
esa profesión.
Young Life
ha llevado a cabo
una obra destacada para alcanzar a los adolescentes. Son maestros en
hacer
atractivo el Evangelio. El peligro es, sin embargo, que Young Life es
tan
atractivo, tan primoroso, que los jóvenes pueden ser convertidos
a Young Life y
nunca relacionarse con el Cristo bíblico. En ninguna manera
busca ser esto una
crítica de Young Life. No estoy sugiriendo que, por tanto,
deberíamos hacer el
Evangelio repulsivo. Ya hacemos eso suficientemente. Es sólo
para indicar que a
todos se nos debe recordar que la gente puede responderá
nosotros, o a nuestro
grupo, como un sustituto de Cristo y, de esa manera, obtener una falsa
seguridad de salvación. Bajo un punto de vista
bíblico, debemos darnos
cuenta que no sólo nos es posible tener una auténtica
seguridad de nuestra
salvación, sino que es nuestro deber buscar tal seguridad. Si la
seguridad es
posible, y si se nos manda tenerla, no es arrogante buscarla. Es
arrogante no
buscarla.
El
apóstol
Pedro escribe:
“Por
lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra
vocación y elección;
porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de
esta manera os será
otorgada amplia y generosa entrada en el reino de nuestro Señor
y Salvador
Jesucristo”
(2 P. 1:10,11).
Aquí
vemos el mandato de
hacer firme nuestra elección. Hacer esto requiere diligencia.
Tenemos aquí una
preocupación pastoral. Pedro vincula la seguridad con estar
libres de tropiezo.
Uno de los factores más importantes que contribuyen al
crecimiento espiritual
del cristiano, un crecimiento espiritual consecuente, es la seguridad
de la
salvación. Hay muchos cristianos que están, ciertamente,
en un estado de
salvación que carece de seguridad. Carecer de seguridad es un
grave obstáculo
al crecimiento espiritual. La persona que no está segura de su
estado de gracia
se expone a dudas y temores en su alma. Carece de ancla para su vida
espiritual. Su incertidumbre le hace andar con Cristo tentativamente.
No
sólo es importante que
alcancemos una auténtica seguridad, sino que es importante que
la alcancemos al
principio de nuestra experiencia cristiana. Es un elemento clave en
nuestro
crecimiento hacia la madurez. Los pastores necesitan ser conscientes de
eso y
ayudar a sus rebaños en la búsqueda diligente de la
seguridad. Nunca sé con
seguridad si las personas que encuentro son elegidas o no. No puedo
penetrar en
las almas de los demás. Como seres humanos, nuestra idea acerca
de los demás
está restringida a las apariencias externas. No podemos ver el
corazón. La
única persona que puede saber con seguridad que eres un elegido
eres tú.
¿Quién
puede saber con
seguridad que no es un elegido? Nadie. Puedes estar seguro que en este
momento
no te halles en un estado de gracia. No puedes saber con seguridad que
mañana
no te hallarás en un estado de gracia. Hay multitudes de
elegidos a nuestro
alrededor que no están aún convertidos. Una persona
así podría decir: "No
sé si soy un elegido o no, y no me preocupa lo más
mínimo”. Apenas puede haber
mayor necedad. Si no sabes aún si eres un elegido, no puedo
pensar en una
cuestión más urgente que esa. Si no estás
seguro, el mejor consejo sería
que te aseguraras. Nunca des por supuesto que no eres un elegido. Haz
de tu
elección objeto de certeza.
El
apóstol Pablo estaba
seguro de su elección. Frecuentemente utilizaba el
término nosotros cuando
hablaba de los elegidos. Dijo hacia el final de su vida:
“Porque
yo ya estoy para ser
sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado
la buena
batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás,
me está
guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor,
juez justo, en aquel
día; y no sólo a mí, sino también a todos
los que aman su venida” (2 Ti.
4:6-8).
Anteriormente
en la misma epístola declaró:
“Por
lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo
sé a quién he
creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi
depósito para aquel día”
(2 Ti. 1:12).
¿Coma
podemos nosotros, al
igual que Pablo, tener verdadera seguridad, una seguridad que no sea
espuria?
La verdadera seguridad se fundamenta en las promesas de Dios para
nuestra
salvación. Nuestra seguridad procede, ante todo, de nuestra
confianza en el
Dios que hace estas promesas. En segundo lugar, nuestra seguridad es
realzada
por la evidencia interna de nuestra propia fe. Sabemos que jamás
podríamos
tener un verdadero afecto por Cristo si no hubiéramos nacido de
nuevo. Sabemos
que no podríamos nacer de nuevo si no fuéramos elegidos.
Un conocimiento de la
sana teología es vital para nuestra seguridad.
Si tenemos
un entendimiento
correcto de la elección, ese entendimiento nos ayudará a
interpretar estas evidencias
internas. Sé internamente que no amo totalmente a Cristo. Pero
al mismo tiempo
sí sé que le amo. Me regocijo interiormente al pensar en
su triunfo. Me
regocijo interiormente al pensar en su venida. Deseo su
exaltación. Sé que
ninguno de estos sentimientos que encuentro en mí podrían
jamás estar ahí si no
fuera por su gracia. Cuando un hombre y una mujer están
enamorados, damos por
supuesto que son conscientes de ello. Una persona es generalmente capaz
de
discernir si está o no enamorada de otra persona. Esto procede
de una seguridad
interna.
Además
de la evidencia
interna de la gracia, hay también una evidencia externa.
Deberíamos poder ver
fruto visible de nuestra conversión. La evidencia externa, sin
embargo, puede
también ser causa de nuestra falta de seguridad. Podemos ver el
pecado que
permanece en nuestras vidas. Tal pecado no contribuye a nuestra
seguridad. Nos
vemos a nosotros mismos pecando y nos preguntamos: "¿Cómo
puedo hacer
estas cosas si realmente amo a Cristo?" Para tener seguridad
debemos
hacer un sobrio análisis de nuestras vidas. No sirve de mucho
compararnos con
los demás. Siempre podremos encontrar a otros que hayan avanzado
más en su
santificación que nosotros. Podemos también encontrar a
otros que hayan
avanzado menos. No hay dos personas que se encuentren jamás en
el mismo grado
de crecimiento espiritual.
Debemos
preguntarnos si vemos
un cambio real en nuestra conducta, una evidencia externa real de la
gracia.
Esto es un proceso precario, porque podemos mentirnos a nosotros
mismos. Es una
tarea difícil de realizar, pero de ninguna manera imposible.
Tenemos un método
más vital para alcanzarla seguridad. Se nos habla en la
Escritura acerca del
testimonio interno del Espíritu Santo. Pablo afirma que "el Espíritu mismo da testimonio a nuestro
espíritu, de que somos
hijos de Dios" (Ro. 8:16).
El principal
medio por el
cual el Espíritu nos testifica es a través de su Palabra.
Nunca tengo mayor
seguridad que cuando estoy meditando en la Palabra de Dios. Si
descuidamos este
medio de gracia, es difícil tener una seguridad de nuestra
salvación que sea
duradera o fuerte. Un teólogo reformado, A. A. Hodge,
ofrece la siguiente
lista de distinciones entre la verdadera y la falsa seguridad:
Verdadera
seguridad
Falsa
seguridad
Engendra
una humildad genuina
Engendra
orgullo espiritual
Conduce
a la diligencia en la
Conduce
a una indulgencia
santidad
indolente
Conduce
a un auto-examen sincero
Evita
una evaluación exacta
Conduce
a desear una comunión
Es
fría en cuanto a la
más
íntima con Dios
comunión
con Dios
La seguridad
de la salvación
puede aumentar o disminuir. Podemos incrementar nuestra seguridad o
podemos
reducirla. Podemos inclusive perderla totalmente, al menos por un
tiempo. Hay
muchas cosas que pueden hacer que se nos escape nuestra seguridad.
Podemos
volvemos descuidados en preservarla. La diligencia a la que somos
llamados para
hacer firme nuestra elección es una diligencia continua. Si nos
volvemos
indolentes en nuestra seguridad y comenzamos a darla por supuesto,
corremos el
riesgo de perder esa seguridad.
El mayor
peligro para nuestra
seguridad continua es una caída en algún pecado grave e
indecoroso. Conocemos
el amor que cubre una multitud de pecados. Sabemos que no tenemos que
ser
perfectos para tener seguridad de salvación. Pero cuando caemos
en unos tipos
especiales de pecados, nuestra seguridad es brutalmente sacudida. El
pecado de
adulterio de David le hizo temblar de terror delante de Dios. Si leemos
su
oración de confesión en el salmo 51, podemos oír
el lamento de un hombre que
está luchando por conseguir de nuevo su seguridad.
Después que Pedro maldijo y
negó a Cristo y los ojos de Cristo se fijaron en él,
¿en qué estado se hallaba la
seguridad de Pedro?
Todos
experimentamos períodos
de frialdad espiritual en los cuales nos sentimos como si Dios hubiera
quitado
totalmente de nosotros la luz de su rostro. Los santos lo han llamado
la
"noche oscura del alma". Hay tiempos en que nos sentimos como si Dios
nos hubiera abandonado. Pensamos que ya no oye nuestras oraciones. No
sentimos
la dulzura de su presencia. En tiempos como éstos, cuando
nuestra seguridad ha
decaído, debemos inclinarnos hacia El con toda nuestra fuerza.
El nos promete
que, si nos acercamos a El, El a su vez se acercará a nosotros.
Finalmente,
podemos ser sacudidos en nuestra seguridad si nos vemos expuestos a un
gran
sufrimiento. Una enfermedad grave, un doloroso accidente, la
pérdida de un ser
querido pueden perturbar nuestra seguridad. Sabemos que Job
clamó: "Aunque
él me matare, en él esperaré". Ese fue el clamor
de un hombre adolorido.
Dijo estar seguro de que su Redentor vivía, pero estoy seguro
que Job tuvo
momentos en que las dudas le asaltaron.
Una vez
más, es la Palabra de
Dios la que nos conforta en tiempos de prueba. Nuestras tribulaciones
no
tienen, en última instancia, el efecto de destruir nuestra
esperanza, sino de
establecerla. Pedro escribió:
“Amados,
no os
sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si
alguna cosa
extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois
participantes de los
padecimientos de Cristo, par a que también en la
revelación de su gloria os
gocéis con gran alegría” (1P. 4:12,13).
Cuando
estamos atentos a las
promesas de Dios, nuestro sufrimiento puede ser utilizado para
incrementar
nuestra seguridad en vez de disminuirla. No es necesario que tengamos
una
crisis de fe. Nuestra fe puede ser fortalecida a través del
sufrimiento. Dios
promete que nuestro sufrimiento, en última instancia, no
tendrá meramente como
resultado el gozo, sino un gozo con gran alegría.
¿Podemos
perder nuestra
salvación?
Ya hemos
afirmado que es
posible perder nuestra seguridad de salvación. Eso no significa,
sin embargo,
que perdamos la salvación misma. Estamos considerando ahora la
cuestión de la
seguridad eterna. ¿Puede una persona justificada perder su
justificación?
Sabemos cómo ha respondido a la pregunta la Iglesia
Católica Romana. Roma
insiste en que la gracia de la justificación puede, de hecho,
perderse. El
sacramento de la penitencia, que exige la confesión, fue
establecido por esta
misma razón. Roma llama al sacramento de la penitencia la
"segunda tabla
de justificación para los que han naufragado en cuanto a sus
almas".
Según
Roma, la gracia
salvífica se destruye en el alma cuando una persona comete un
pecado
"mortal". El pecado mortal se llama así porque tiene el poder de
matar la gracia. La gracia puede morir. Si es destruida por el pecado
mortal,
debe ser restaurada mediante el sacramento de la penitencia o el
pecador mismo
perecerá finalmente. La fe reformada no cree en el pecado mortal
a la manera en
que lo hace Roma. Nosotros creemos que todos los pecados son mortales
en el
sentido de merecer la muerte, pero que ningún pecado es mortal
en el sentido de
que destruya la gracia de la salvación en los elegidos.
(Posteriormente
consideraremos el "pecado imperdonable" acerca del cual nos
advirtió
Jesús.)
La idea
reformada de la
seguridad eterna recibe el nombre de "perseverancia de los santos",
la P en TULIP. La idea aquí es: "Una vez en la gracia, siempre
en la
gracia. Otra forma de afirmarlo es: "Si la tienes, nunca la
perderás; si
la pierdes, nunca la tuviste." Nuestra confianza en la
perseverancia
de los santos no se apoya en nuestra confianza o en la capacidad de los
santos
para perseverar por sí mismos. Una vez más, me
gustaría modificar el acróstico
TULIP ligeramente. La misma letra, pero nueva palabra. Prefiero hablar
de la
preservación de los santos.
La
razón por la que los
verdaderos cristianos no caen de la gracia es que Dios
benévolamente los guarda
de caer. La perseverancia es lo que nosotros hacemos. La
preservación es lo que
Dios hace. Nosotros perseveramos porque Dios preserva. La
doctrina de la
seguridad eterna o perseverancia se basa en las promesas de Dios.
Algunos de
los pasajes bíblicos clave se mencionan a continuación:
“Estando
persuadido
de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la
perfeccionará hasta
el día de Jesucristo” (Fil. 1:6).
“Mis
ovejas oyen mi
voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no
perecerán
jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre me
las dio, es mayor que
todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”
(
“Bendito
el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande
misericordia nos hizo
renacer para una esperanza viva, por la resurrección de
Jesucristo de los
muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible,
reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder
de Dios
mediante la fe, par a alcanzar la salvación que está
preparada para ser
manifestada en el tiempo postrero” (1 P.
1:3-5).
“Porque
con una
sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”
(He. 10:14).
“¿Quién
acusará a
los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿ Quién
es el que condenará ?
Cristo es el que murió; más aún, el que
también resucitó, el que además está a
la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.
¿Quién nos separará
del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o
persecución, o hambre, o
desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por
causa de ti somos
muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes,
en todas
estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos
amó. Por lo
cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles ni
principados,
ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo
profundo, ni ninguna
otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en
Cristo Jesús
Señor nuestro (Rom.
8:33-39).
Vemos por
estos pasajes que
el fundamento de nuestra confianza en la perseverancia es el poder de
Dios.
Dios promete acabar lo que comienza. Nuestra confianza no se apoya en
la
voluntad del hombre. Esta diferencia entre la voluntad del hombre y el
poder de
Dios separa a los calvinistas de los arminianos. El arminiano sostiene
que Dios
elige personas para vida eterna sólo bajo la condición de
su cooperación
voluntaria con la gracia y la perseverancia en la gracia hasta la
muerte, como
El las ha previsto. La Iglesia Católica Romana, por ejemplo, ha
decretado lo
siguiente: "Si alguien dice que un hombre una vez justificado no puede
perder
la gracia y, por tanto, que el que cae y peca nunca fue verdaderamente
justificado, sea anatema" (Concilio de Trento: 6:23).
Los
protestantes arminianos
hicieron una declaración similar: "Hay personas verdaderamente
regeneradas
que, al descuidar la gracia y contristar al Espíritu Santo con
el pecado, se
apartan totalmente y, a la larga, finalmente, caen de la gracia a la
reprobación eterna" (ver Conferencia de los Remonstrantes 11:7).
Un argumento
principal
ofrecido por los arminianos es que es inconsecuente con el libre
albedrío del
hombre que Dios "fuerce" su perseverancia. Sin embargo, los
arminianos mismos creen que los creyentes no caerán de la gracia
en el cielo.
En nuestro estado de glorificación, Dios nos hará
incapaces de pecar. Sin embargo,
los santos glorificados en el cielo son aún libres. Si la
preservación y la
libre voluntad son condiciones consecuentes en el cielo, es imposible
que sean
condiciones inconsecuentes aquí en la Tierra. Los arminianos,
una vez más,
intentan probar demasiado con su idea de la libertad humana. Si Dios
puede
preservarnos en el cielo sin destruir nuestra libre voluntad, puede
preservarnos en la Tierra sin destruir nuestra libre voluntad.
Podemos
perseverar sólo
porque Dios obra dentro de nosotros, con nuestra libre voluntad. Y
porque Dios
actúa en nosotros, es seguro que perseveraremos. Los decretos de
Dios con
respecto a la elección son inmutables. Estos no cambian porque
El no cambia. A
todos los que justifica los glorifica. Ninguno de los elegidos se
pierde jamás.
¿Porqué,
pues, nos parece que
muchos caen de la gracia? Todos hemos conocido a personas que han
comenzado con
la fe cristiana celosamente, sólo para repudiar su fe
posteriormente. Hemos
oído acerca de grandes dirigentes cristianos que han cometido
graves pecados y
escandalizado su profesión de fe. La fe reformada reconoce
prontamente que las
personas hacen profesiones de fe y luego las repudian. Sabemos que los
cristianos se "enfrían". Sabemos que los cristianos pueden
cometer, y
de hecho cometen, pecados graves y detestables.
Creemos que
los verdaderos
cristianos pueden caer grave y radicalmente. No creemos que puedan caer
total y
finalmente. Observamos el caso del rey David, que fue culpable no
sólo de
adulterio, sino de conspiración en la muerte de Urías, el
marido de Betsabé.
David utilizó su poder y autoridad para asegurarse de que
Urías muriese en la
batalla. Esencialmente, David fue culpable de asesinato en primer
grado,
premeditado y con malicia preconcebida. La conciencia de David
estaba tan
cauterizada, su corazón tan endurecido, que requirió nada
menos que una
confrontación directa con un profeta de Dios el volverle a su
sentido. Su
arrepentimiento subsiguiente fue tan profundo como su pecado. David
pecó
radicalmente, pero no total y finalmente. Fue restaurado.
Consideremos
la historia de
dos personajes famosos en el Nuevo Testamento. Ambos fueron llamados
por Jesús
para ser discípulos. Ambos caminaron al lado de Jesús
durante su ministerio
terrenal. Ambos traicionaron a Jesús. Sus nombres son Pedro y
Judas.
Después de traicionar Judas a Cristo, salió y
cometió suicidio. Después de
traicionar Pedro a Cristo, se arrepintió y fue restaurado,
surgiendo como un
pilar de la Iglesia primitiva. ¿Cuál era la diferencia
entre estos dos hombres?
Jesús predijo que ambos le traicionarían. Cuando
terminó de hablar con Judas,
le dijo: "Lo que vas ha hacer, hazlo más pronto."
Jesús
habló de forma
diferente a Pedro. Le dijo: "Simón,
Simón, he aquí
Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero yo he
rogado por ti
que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus
hermanos” (Luc.
22:31,32).
Notemos
cuidadosamente lo que
dijo Jesús. No dijo si, sino una vez. Jesús estaba
confiado en que Pedro
volvería. Su caída sería radical y grave, pero no
total y final. Está
claro que la confianza de Jesús en la vuelta de Pedro no se
basaba en la fuerza
de Pedro. Jesús sabía que Satanás
zarandearía a Pedro como a trigo. Esto es
como decir que Pedro era "pan comido" para Satanás. La confianza
de
Jesús se basaba en el poder de la intercesión de
Jesús. Es por la promesa de
Cristo de que El sería nuestro Gran Sumo Sacerdote, nuestro
Abogado para con el
Padre, nuestro Justo Intercesor, por lo que creemos que perseveraremos.
Nuestra
confianza es en nuestro Salvador y nuestro Sacerdote que ora por
nosotros.
La Biblia
registra una
oración que Jesús ofreció por nosotros en
“...guárdalos
en tu
nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con
ellos en el
mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los
guardé, y
ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición,
para que la Escritura se
cumpliese” (
Una vez
más leemos:
“Padre,
aquellos
que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos
estén conmigo, para
que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de
la
fundación del mundo” (v.24).
Nuestra
preservación es una
obra trinitaria. Dios el Padre nos guarda y preserva. Dios el Hijo
intercede
por nosotros. Dios el Espíritu Santo habita en nosotros y nos
asiste. Se nos ha
dado el "sello" y las "arras" del Espíritu Santo (2 Ti.
2:19; Ef. 1:14; Rom. 8:23). Estas figuras son figuras de una
garantía divina.
El sello del Espíritu es una marca indeleble, como la
impresión en cera del
anillo de sellar de un monarca. Indica que somos su posesión.
Las arras del
Espíritu no son idénticas al depósito que se paga
en las transacciones modernas
de fincas. Tal depósito puede perderse. En términos
bíblicos, las arras del
Espíritu son un depósito con una promesa de pagar el
resto. Dios no pierde sus
arras. No deja sin acabar los pagos que comenzó. Las primicias
del Espíritu garantizan
que los últimos frutos vendrán.
Una
analogía de la obra
preservadora de Dios puede verse en la imagen de un Padre tomando la
mano de su
hijo pequeño al caminar juntos. En la idea arminiana, la
seguridad del hijo se
apoya en la fuerza con que el hijo se aferra a la mano del padre. Si el
hijo se
suelta, perecerá. En la idea calvinista, la seguridad del hijo
se apoya en la
fuerza con que el padre agarra al hijo. Si el hijo deja de agarrarse,
el padre
le agarra firmemente. El brazo del Señor no se ha acortado.
Nos
preguntamos aún por qué
parece que algunos, en efecto, se apartan total y finalmente.
Aquí debemos
hacernos eco de las palabras del apóstol
Repetimos
nuestro aforismo:
Si la tenemos, nunca la perdemos; si la perdemos, nunca la tuvimos.
Reconocemos
que la Iglesia de Jesucristo es un cuerpo mixto. Hay cizaña que
crece al lado
del trigo; cabritos que viven al lado de las ovejas. La parábola
del sembrador
deja claro que las personas pueden experimentar una falsa
conversión. Pueden
tener una fe aparente, pero esa fe puede no ser genuina.
Conocemos a
personas que han sido "convertidas" muchas veces. Cada vez que hay un
avivamiento en la iglesia, pasan al frente y se "salvan". Un ministro
habló de un hombre en su congregación que había
sido "salvado"
diecisiete veces. Durante una reunión de avivamiento, el
evangelista hizo un
llamamiento para pasar al frente a todos los que quisieran ser llenos
del
Espíritu. El hombre que había sido convertido con tanta
frecuencia avanzó hacia
el frente de nuevo. Una mujer en la congregación gritó:
"¡No lo llenes,
Señor. Tiene un escape!"
Todos
tenemos un escape hasta
cierto punto. Pero ningún cristiano está total y
finalmente vacío del Espíritu
de Dios. Los que se vuelven "inconversos" nunca fueron convertidos en
un principio. Judas era un hijo de perdición desde el principio.
Su conversión
fue espuria. Jesús no oró por su restauración.
Judas no perdió al Espíritu
Santo, porque nunca tuvo al Espíritu Santo. Por supuesto,
nada hay de
malo en los repetidos llamamientos a un compromiso con Cristo. Podemos
pasar al
frente muchas veces o responder a invitaciones repetidamente y no estar
exactamente seguros de cuál de las respuestas fue verdaderamente
genuina. Dos
beneficios de respuestas repetidas a llamamientos evangelísticos
han de
fortalecer nuestra seguridad de salvación y profundizar nuestro
compromiso con
Cristo.
Advertencias
bíblicas acerca
de la apostasía
Probablemente,
los argumentos
más fuertes que ofrecen los arminianos contra la doctrina de la
perseverancia
de los santos proceden de las múltiples advertencias en la
Escritura contra la
apostasía. Pablo, por ejemplo, escribe: "Sino que
golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido
heraldo
para otros, yo mismo venga a ser eliminado" (1 Co. 9:27). Pablo
habla en otra parte acerca de hombres que han sido apóstatas: "Y su palabra carcomerá como gangrena; de
los cuales son
Himeneo y Filete, que se desviaron de la verdad, diciendo que la
resurrección
ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2
Ti. 2:17,18).
Estos
pasajes sugieren que es
posible que los creyentes sean "eliminados" o que su fe sea
"trastornada". Es importante, sin embargo, ver cómo Pablo
concluye su
declaración a Timoteo. "Pero el
fundamento de Dios
está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los
que son suyos; y:
Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de
Cristo” (v.19).
Pedro habla también de puercos lavados revolcándose de
nuevo en el cieno y de
perros que vuelven a su vómito, comparándolos con
personas que se han apartado
tras ser instruidos en el camino de la justicia. Estos son falsos
convertidos
cuyas naturalezas nunca han sido cambiadas (2 P. 2:22).
Hebreos 6
El texto que
contiene la más
solemne advertencia contra la apostasía es también el
más controversial con respecto
a la doctrina de la perseverancia. Se encuentra en Hebreos 6:
“Porque
es
imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don
celestial, y
fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo
gustaron de la buena
palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean
otra vez
renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí
mismos al Hijo de
Dios y exponiéndole a vituperio” (vs. 4-6).
Ese pasaje
sugiere
fuertemente que los creyentes pueden apostatar y lo hacen, total y
finalmente.
¿Cómo hemos de entenderlo? El significado pleno del
pasaje es difícil por
varias razones. La primera es que no sabemos con seguridad qué
caso de
apostasía está implicado en este texto, pues no estamos
seguros acerca del autor
o los destinatarios de Hebreos. Había dos asuntos candentes en
la Iglesia
primitiva que podían haber provocado esta terrible advertencia.
El primer
asunto era el
problema de los así llamados relapsos. Los relapsos eran
aquellos que durante
una severa persecución no guardaron la fe. No todos los miembros
de la Iglesia
fueron a los leones cantando himnos. Algunos se vinieron abajo y se
retractaron
de su fe. Algunos traicionaron inclusive a sus camaradas y colaboraron
con los
romanos. Cuando acababan las persecuciones algunos de los que
habían sido
traidores se arrepentían y buscaban la readmisión en la
Iglesia. Cómo habían de
ser recibidos era una controversia no pequeña.
El otro
asunto candente
estaba provocado por los judaizantes. La influencia destructiva de este
grupo
se trata en varias partes del Nuevo Testamento, muy especialmente en el
libro
de Galatas. Los judaizantes querían profesar a Cristo y, al
mismo tiempo,
propugnaban las ceremonias de culto del Antiguo Testamento.
Insistían, por ejemplo,
en la circuncisión ceremonial. Creo que era la herejía
judaizante la que
preocupaba al autor de Hebreos.
Un segundo
problema es
identificar la naturaleza de aquellos que están siendo
advertidos contra la
apostasía en Hebreos. ¿Son verdaderos creyentes o son
cizaña creciendo entre el
trigo? Debemos recordar que hay tres clases de personas que nos
interesan aquí.
Hay (1) creyentes, (2) incrédulos en la Iglesia, e (3)
incrédulos fuera de la
Iglesia.
El libro de Hebreos traza varios paralelos con el Israel del Antiguo
Testamento, especialmente con aquellos en el campamento que eran
apóstatas.
¿Quiénes son estas personas en Hebreos?
¿Cómo se les describe? Hagamos una
lista de sus atributos:
1.
Una vez iluminados
2.
3.
Partícipes del Espíritu Santo
4.
4.
No pueden ser renovados otra vez para arrepentimiento
A primera
vista, esta lista
ciertamente parece describir a verdaderos creyentes. Sin embargo, puede
también
estar describiendo a miembros de iglesia que no son creyentes, personas
que han
hecho una falsa profesión de fe. Todos estos atributos pueden
ser poseídos por
no creyentes. La cizaña que viene a la iglesia cada semana oye
la Palabra de
Dios enseñada y predicada, y de esta manera es "iluminada".
Participan de todos los medios de gracia. Se unen a los demás en
la Cena de
Señor. Participan del Espíritu Santo en el sentido de
gozar la cercanía de su
presencia inmediata especial y sus beneficios. Han realizado inclusive
alguna
clase de arrepentimiento, al menos externamente.
Muchos
calvinistas encuentran
así una solución a este pasaje, relacionándolo con
los no creyentes en la
Iglesia que repudian a Cristo. No estoy totalmente satisfecho con esa
interpretación.
Pienso que este pasaje bien puede estar describiendo a verdaderos
cristianos.
La frase más importante para mí es "otra vez renovados
para
arrepentimiento". Sé que hay una falsa clase de arrepentimiento
que el
autor en otro lugar llama el arrepentimiento de Esaú. Pero
aquí habla de
renovación. El nuevo arrepentimiento, si es renovado, debe ser
como el antiguo
arrepentimiento. El arrepentimiento renovado del cual habla es
ciertamente de
tipo genuino. Doy por supuesto, por tanto, que el antiguo era
igualmente
genuino.
Creo que el
autor está
argumentando en un estilo que llamamos ad hominem. Un argumento ad
hominem se
lleva a cabo tomando la posición de nuestro oponente y
llevándola a su
conclusión lógica. La conclusión lógica de
la herejía judaizante es destruir
cualquier esperanza de salvación. La lógica es la
siguiente. Si una
persona abrazaba a Cristo y confiaba en su expiación por el
pecado, ¿qué
tendría esa persona si volviera al pacto de Moisés? En
efecto, estaría
repudiando la obra consumada de Cristo. Sería una vez más
un deudor a la ley.
Si ese fuera el caso, ¿a dónde se volvería para la
salvación? Ha repudiado la
cruz, no podría volverse a ella. No tendría esperanza de
salvación, porque no
tendría Salvador. Su teología no permite una obra
consumada de Cristo. La clave
de Hebreos 6 se encuentra en el versículo 9. "Pero
en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores,
y que
pertenecen a la salvación, aunque hablamos así."
Aquí
el autor mismo nota que
está hablando de forma inusual. Su conclusión difiere de
los que encuentran
aquí un texto para la apostasía. Concluye con una
confianza en cosas mejores
por parte de los amados, cosas que pertenecen a la salvación. El
autor no dice
que algún creyente realmente apostate. De hecho, dice lo
contrario, que está
confiado en que no apostatarán.
Pero si
nadie apostata, ¿por
qué molestarse aún en advertir a la gente contra ello?
Parece frívolo exhortar
a la gente a que evite lo imposible. Aquí es donde debemos
entender la relación
entre la perseverancia y la preservación. La perseverancia es
tanto una gracia
como un deber. Hemos de luchar con todas nuestras fuerzas en nuestro
caminar
espiritual. Humanamente hablando, es posible apostatar. Sin embargo, al
luchar
hemos de mirar a Dios que nos está preservando. Es imposible que
El deje de
guardamos. Consideremos de nuevo la analogía del hijo caminando
con su padre.
Es posible que el hijo se suelte. Si el padre es Dios, no es posible
que lo
suelte. Aun dada la promesa del padre de no soltarle, es todavía
el deber del
hijo aferrarse fuertemente. De esta manera, el autor de Hebreos
advierte a los
creyentes contra la apostasía. Lutero llamaba a esto el "uso
evangélico de
la exhortación". Nos recuerda nuestro deber de ser diligentes en
nuestro
caminar con Dios.
Finalmente,
con respecto a la
perseverancia y la preservación, debemos mirar la promesa de
Dios en el Antiguo
Testamento. A través del profeta Jeremías, Dios promete
hacer un nuevo pacto
con su pueblo, un pacto que es eterno. Dice:
“Y
haré con ellos
pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y
pondré mi temor en el
corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer
32:40).
Resumen del
capítulo 8
1.
Concluimos que la
seguridad de nuestra salvación es vital para nuestras vidas
espirituales. Sin
ella, nuestro crecimiento se retrasa y nos asaltan dudas punzantes.
2. Dios nos
llama a hacer firme nuestra
elección, para encontrar el consuelo y la fuerza que Dios ofrece
en la
seguridad. En Romanos 15, Pablo declara que es Dios la fuente y el
origen de
nuestra perseverancia y ánimo (v.5) y de nuestra esperanza
(v.13). Encontrar
nuestra seguridad es tanto un deber como un privilegio.
3.
Ningún verdadero creyente pierde jamás su
salvación. Sin duda, los cristianos caen a veces seria y
radicalmente, pero
nunca plena y finalmente. Perseveramos no por nuestra fuerza, sino por
la
gracia de Dios que nos preserva.
9
Cuestiones
y objeciones acerca de la predestinación
Quedan
varios problemas y
cuestiones alrededor de la predestinación que debemos al menos
tocar.
¿Es
fatalismo la predestinación?
Una
frecuente objeción que se
levanta contra la predestinación es el ser una forma religiosa
de fatalismo. Si
examinamos el fatalismo en su sentido literal, vemos que está
tan lejos de la
doctrina bíblica de la predestinación como el este del
oeste. El fatalismo
significa literalmente que los asuntos de los hombres son controlados
bien por
sub-deidades caprichosas (las hadas) o, más popularmente, por
las fuerzas
impersonales del azar.
La
predestinación no se basa
ni en una idea mitológica de diosas jugando con nuestras vidas
ni en la idea de
un destino controlado por la colisión casual de los
átomos. La predestinación
está arraigada en el carácter de un Dios personal y
justo, un Dios que es el
Señor soberano de la historia. El que mi destino esté, en
última instancia, en
las manos de una fuerza indiferente u hostil es aterrador. Que
esté en las
manos de un Dios justo y amante es un asunto totalmente diferente. Los
átomos no
contienen justicia; en el mejor de los casos, son amorales. Dios es
totalmente
santo. Prefiero que mi destino esté con El.
La gran
superstición de los
tiempos modernos tiene que ver con el papel que se le da al azar en los
asuntos
humanos. El azar es la nueva deidad reinante en la mente moderna. El
azar
habita en el castillo de los dioses. Al azar se le atribuye la
creación del
universo y la aparición de la raza humana a partir del cieno. El
azar es un
sibolet. Es una palabra mágica que utilizamos para explicar lo
desconocido. Es
el poder favorito de la causalidad para aquellos que atribuyen poder a
cualquier cosa o persona excepto a Dios. Esta actitud supersticiosa
hacia el
azar no es nueva. Leemos acerca de su atracción muy al principio
de la historia
bíblica.
Recordamos
el incidente en la
historia judía cuando el arca sagrada del pacto fue capturada
por los
filisteos. Aquel día la muerte visitó la casa de
Elí y la Gloria fue traspasada
de Israel. Los filisteos estaban jubilosos por su victoria, pero pronto
aprendieron a lamentar el día. Dondequiera que tomaban el arca,
la calamidad
les sobrevenía. El templo de Dagón fue humillado. La
gente fue devastada por
tumores. Durante siete meses el arca fue enviada a las grandes ciudades
de los
filisteos con los mismos resultados catastróficos en cada
ciudad.
Desesperadamente, los reyes de los filisteos se juntaron para tomar
consejo y
decidieron devolver el arca a los judíos con un rescate
también, para calmar la
ira de Dios. Sus palabras finales de consejo son dignas de
mención:
“
Ya hemos
notado que el azar
nada puede hacer porque nada es. Permítaseme desarrollar esto.
Utilizamos la
palabra azar para describir las posibilidades matemáticas. Por
ejemplo, cuando
lanzamos una moneda al aire, decimos que hay un 50% de posibilidades de
que
salga cara. Si al lanzar la moneda elegimos cara y sale cruz, podemos
decir que
tuvimos mala suerte y que perdimos nuestra oportunidad.
¿Cuánta influencia
tiene el azar en el lanzamiento de una moneda? ¿Qué hace
que salga cara o cruz?
¿Cambiaría la situación si supiéramos con
qué cara de la moneda se comenzó,
cuánta presión fue ejercida por el pulgar, cuan densa era
la atmósfera y
cuántas vueltas dio la moneda en el aire? Con este conocimiento,
nuestra
capacidad para predecir el resultado excedería con mucho el 50%.
Pero la mano
es más rápida
que el ojo. No podemos medir todos estos factores en el normal
lanzamiento de
la moneda. Puesto que podemos reducir el posible resultado a dos,
simplificamos
las cosas hablando acerca del azar. La cuestión a recordar, sin
embargo, es que
el azar no ejerce influencia alguna en absoluto sobre el lanzamiento de
la
moneda. ¿Por qué no? Como estamos repitiendo, el azar
nada puede hacer porque
nada es. Antes que algo pueda ejercer poder o influencia debe ser
primeramente
algo. Debe ser alguna clase de entidad, bien sea física o no
física. El azar no
es ninguna de las dos. Es meramente una construcción mental. No
tiene poder
porque no tiene ser. Es nada.
Decir que
algo ha ocurrido
por azar es decir que es una coincidencia. Esto es simplemente una
confesión de
que no podemos percibir todas las fuerzas y poderes causales que
actúan en un
incidente. Al igual que no podemos ver todo lo que está
ocurriendo en el
lanzamiento de una moneda a simple vista, así los complejos
asuntos de la vida
están también fuera del alcance de nuestra capacidad de
percepción. Inventamos,
pues, el término azar para explicarlos. El azar realmente nada
explica. Es
meramente una palabra que utilizamos como taquigrafía por
nuestra ignorancia.
Escribí
recientemente sobre
el tema de causa y efecto. Un profesor de filosofía me
escribió quejándose de
mi ingenuo entendimiento de la ley de causa y efecto. Me
regañó por no tener en
cuenta los "acontecimientos sin causa". Le di las gracias por su
carta y dije que estaría dispuesto a abordar su objeción
si me escribía citando
sólo un ejemplo de un acontecimiento sin causa. Todavía
estoy esperando.
Esperaré por siempre porque ni aun Dios puede producir un
acontecimiento sin
causa. Esperar un acontecimiento sin causa es como esperar un
círculo cuadrado.
Nuestros
destinos no están
controlados por el azar. Digo esto dogmáticamente, con todo el
énfasis que me
es posible. Sé que mi destino no está controlado por el
azar porque sé que nada
puede ser controlado por el azar. El azar nada puede controlar porque
nada es.
¿Cuáles son las posibilidades de que el universo fuese
creado por azar o que
nuestros destinos sean controlados por el azar? No hay posibilidad
alguna.
El fatalismo
encuentra su más
popular expresión en la astrología. Nuestros
horóscopos diarios están
compilados sobre la base del movimiento de las estrellas. La gente en
nuestra
sociedad sabe más acerca de los doce signos del zodiaco que lo
que saben acerca
de las doce tribus de Israel. Sin embargo, Rubén tiene que ver
más con mi
futuro que Acuario, Judá más que Géminis.
¿No
dice la
Biblia que Dios no quiere que ninguno perezca?
El
apóstol Pedro afirma
claramente que Dios no quiere que ninguno perezca.
“El
Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por
tardanza, sino que es
paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que
todos
procedan al arrepentimiento”
(2
P. 3:9).
¿Cómo
podemos armonizar este
versículo con la predestinación? Si no es la voluntad de
Dios elegir a todos
para salvación, ¿cómo puede decir la Biblia, pues,
que Dios no quiere que
ninguno perezca? En primer lugar, debemos entender que la Biblia
habla de
la voluntad de Dios en más de una manera. Por ejemplo, la Biblia
habla de lo
que llamamos la voluntad eficaz y soberana de Dios. La voluntad
soberana de Dios
es la voluntad por la cual Dios hace que ocurran las cosas con absoluta
certeza. Nada puede resistir la voluntad de Dios en este sentido. Por
su
soberana voluntad El creó el mundo. La luz no podría
haber rehusado
resplandecer.
La segunda
manera en que la
Biblia habla de la voluntad de Dios es con respecto a lo que llamamos
su
voluntad preceptiva. La voluntad preceptiva de Dios se refiere a sus
mandatos,
sus leyes. Es la voluntad de Dios que hagamos las cosas que El manda.
Tenemos
la capacidad de desobedecer esta voluntad. De hecho, quebrantamos sus
mandamientos. No podemos hacerlo impunemente. Lo hacemos sin su permiso
o
aprobación. Sin embargo, lo hacemos. Pecamos.
Una tercera
manera en que la
Biblia habla de la voluntad de Dios se refiere a la disposición
de Dios, a lo
que le agrada. Dios no se deleita en la muerte del inicuo. Hay un
sentido en
que el castigo del inicuo no produce gozo a Dios. Escoge hacerlo porque
es
bueno castigar la maldad. Se deleita en la justicia de su juicio, pero
le "entristece"
que tal justo juicio deba ser llevado a cabo. Es algo así como
un juez
sentándose en un tribunal y sentenciando a su propio hijo a la
cárcel.
Apliquemos
estas tres
posibles definiciones al pasaje en 2 Pedro. Si tomamos la
afirmación general:
"Dios no quiere que ninguno perezca", y le aplicamos la voluntad
eficaz y soberana, la conclusión es obvia. Nadie
perecerá. Si Dios decreta
soberanamente que nadie perezca, y Dios es Dios, entonces ciertamente
nadie
perecerá jamás. Esto sería pues, un texto
probatorio no para el arminianismo,
sino para el universalismo. El texto, pues, probaría demasiado
para los
arminianos.
Supongamos
que aplicamos la
definición de la voluntad preceptiva de Dios a este pasaje.
Entonces el pasaje
significaría que Dios no permite que nadie perezca. Esto es,
prohíbe que la
gente perezca. Es contra su ley. Si las personas, pues, siguieran
adelante y
perecieran, Dios tendría que castigarlas por perecer. Su castigo
por perecer
sería perecer más. ¿Pero cómo puede alguien
perecer más que perecer? Esta
definición no funciona en este pasaje. No tiene sentido.
La tercera
alternativa es que
Dios no se deleita en que la gente perezca. Esto encaja con lo que la
Biblia
dice en otros lugares acerca de la disposición de Dios hacia los
perdidos. Esta
definición podría encajar en este pasaje. Pedro puede
estar diciendo aquí,
simplemente, que Dios no se deleita en que alguien perezca. Aunque la
tercera
definición es posible y atractiva para usarla en resolver este
pasaje con lo
que la Biblia enseña acerca de la predestinación, hay,
sin embargo, otro factor
a considerar. El texto dice más que, simplemente, Dios no quiere
que nadie
perezca. La cláusula entera es importante: "...sino
que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca,
sino que
todos procedan al arrepentimiento."
¿Cual
es el antecedente de
ninguno? Es claramente nosotros. ¿Se refiere nosotros a todos
nosotros los
seres humanos? ¿O se refiere a nosotros los cristianos, el
pueblo de Dios? A
Pedro le agrada hablar de los elegidos como un grupo especial de
personas. Creo
que lo que está diciendo aquí es que Dios no quiere que
ninguno de nosotros
(los elegidos) perezca. Si eso es lo que quiere decir, entonces el
texto
requeriría la primera definición y sería un fuerte
pasaje más a favor de la
predestinación.
De dos
maneras diferentes el
texto puede armonizar fácilmente con la predestinación.
De ninguna manera apoya
el arminianismo. Su otro único posible significado sería
el universalismo, que
lo haría entonces entrar en conflicto con todo lo demás
que la Biblia dice en
contra del universalismo. En nuestra consideración de la
seguridad de la
salvación y la perseverancia de los santos, tocamos la
cuestión del pecado
imperdonable. El hecho de que Jesús advierte contra la
comisión de un pecado
que es imperdonable es incuestionable. Las preguntas que hemos de
afrontar son,
pues, éstas: ¿Cuál es el pecado imperdonable?
¿Pueden los cristianos cometer
este pecado? Jesús lo definió como una blasfemia contra
el Espíritu Santo:
“Por
tanto os digo:
todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la
blasfemia contra
el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que
dijere alguna palabra
contra el Hijo del hombre, le será perdonado; pero al que hable
contra el Espíritu
Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el
venidero” (Mt.
12:31,32).
En este
texto Jesús no
facilita una explicación detallada de la naturaleza de este
terrible pecado.
Declara que existe tal pecado y hace una ominosa advertencia acerca del
mismo.
El resto del Nuevo Testamento añade poco a manera de
explicación adicional.
Como resultado de este silencio, ha habido mucha especulación
acerca del pecado
imperdonable. Dos pecados han sido mencionados frecuentemente
como
candidatos al pecado imperdonable: el adulterio y el asesinato. El
adulterio es
escogido sobre la base de que representa un pecado contra el
Espíritu Santo,
porque el cuerpo es el templo del Espíritu Santo. El adulterio
era un crimen
capital en el Antiguo Testamento. El razonamiento es que, puesto que
merecía la
pena de muerte e implicaba una violación del templo del
Espíritu Santo, éste
debe de ser el pecado imperdonable.
El asesinato
es escogido por
razones similares. Puesto que el hombre ha sido creado a imagen de
Dios, un
ataque contra la persona humana es considerado un ataque contra Dios
mismo.
Matar al portador de la imagen es insultar a Aquel cuya imagen se
porta. De
igual manera, el asesinato es un pecado capital. Añadimos a esto
el hecho de
que el asesinato es un pecado contra la santidad de la vida. Puesto que
el
Espíritu Santo es la "fuerza vital" en última instancia,
matar a un
ser humano es insultar al Espíritu Santo.
A pesar de
ser atractivas
estas teorías para los especuladores, no han obtenido el
consentimiento de la
mayoría de los eruditos bíblicos. Una idea más
popular tiene que ver con la
resistencia final a la aplicación por parte del Espíritu
Santo de la obra
redentora de Cristo. La incredulidad final es vista, pues, como el
pecado
imperdonable. Si una persona repudia el Evangelio repetida, plena y
finalmente,
entonces no hay esperanza de perdón en el futuro.
De lo que
estas tres teorías
carecen es de una consideración seria del significado de
blasfemia. La
blasfemia es algo que hacemos con la boca. Tiene que ver con lo que
decimos en
voz alta. Ciertamente, también puede hacerse con la pluma, pero
la blasfemia es
un pecado verbal. Los Diez Mandamientos incluyen una
prohibición contra
la blasfemia. Se nos prohíbe hacer un uso frívolo o
irreverente del nombre de
Dios. A los ojos de Dios, el abuso verbal de su santo nombre es un
asunto lo
suficientemente grave como para incluirlo en su lista de los diez
máximos
mandamientos. Esto nos dice que la blasfemia es un asunto grave a los
ojos de
Dios. Es un pecado detestable blasfemar a cualquier miembro de la
Divinidad.
¿Significa esto que cualquiera que haya abusado jamás del nombre de Dios no tiene posible esperanza de perdón, ahora o jamás? ¿Significa que si una persona maldice una vez, utilizand